domingo, 19 de julio de 2015

LA SANTA PREDESTINACION


                                                  
            Quiero decirles a ustedes, en forma enfática, que los ciclos de actividad masculina o femenina, están gobernados por el planeta Urano. Esto quiere decir que Urano con sus dos polos: negativo y positivo, determina las épocas de actividad triunfal masculina y las épocas de actividad triunfal femenina.
            Cuando el polo positivo o masculino de Ura­no, apunta hacia el Sol, triunfa en el mundo Tierra el sexo masculino. Esas son las épocas de la piratería, las épocas de los Napoleón Bonaparte (etc., etc., etc.) y también la época de las gestas de independencia.
            Cuando el polo negativo o femenino de Urano apunta hacia el Sol, la energía (que fluye de Urano) entonces da el triunfo a la mujer, y descolla entonces, triunfa, sube al tope de la escalera, el sexo femenino manda.
            Recordemos nosotros la época de las Amazo­nas. Entonces, éstas tuvieron una época de es­plendor: se levantaron por doquiera Templos a la Diosa-Luna, países soberanos, gober­nados por el sexo femenino, etc. El Imperio de las Amazonas se extendió por gran parte de Europa y del Medio Oriente, hasta el Asia. Quienes ejercían el sacerdocio, quienes ejer­cían el gobierno, quienes formaban parte de las Fuerzas Armadas, eran las mujeres.
            ¿Que construyeron una poderosa civiliza­ción? ¡Nadie me lo puede negar: es cierto y de toda verdad! Indubitablemente, hubo algo de crueldad también: los niños varones eran incapacitados en alguna forma, para que no pudieran triunfar. Bien se les hería en un brazo, se les hería en una pierna, o en fin, se ha­cía algún daño al cuerpo para que no pudieran ejercer más tarde el dominio. ¿Que eso era cruel? No podemos negarlo. Pero eso es así: que han pertenecido a la Historia y que ya pa­saron.
            En la guerra las Amazonas se distinguieron extraordinariamente. Recordemos a la Amazo­na Camila, de la cual da testimonio nada menos que Virgilio, el poeta de Mantua. Obvia­mente Virgilio, gran Maestro de Dante Ali­ghieri, habla maravillas sobre la Amazona Camila. En la guerra, ella fue extraordina­ria: puede llamársele como "una de las mejo­res Generales de la época", muy similar en el tiempo a cualquier otro gran guerrero del sexo masculino.


            En la Ciencia, las Amazonas descollaron triunfalmente. Su imperio fue poderoso y se extendió, de occidente a oriente. Si más tarde ese imperio declinó, si decayó, se debió preci­samente, al aspecto sexual: cierto grupo de Amazonas llegaron a Grecia, y aunque se ais­laron por un tiempo, no está demás decirles que se unieron sexualmente a distintos jóvenes griegos y que cambiaron desde entonces sus modales.
            Esas Amazonas, ya cambiadas, influyeron sobre el resto, pues, de las Amazonas que ha­bían establecido el imperio (el Imperio de las Amazonas) y poco a poco, pues, fueron per­diendo el poder, hasta que descolló completa­mente el sexo masculino, y es que ya había pasado su época.
            Cuarenta y dos años son de actividad masculina y cuarenta y dos de actividad femenina. En estos momentos, por ejemplo, en los que nosotros nos encontramos, está dominando el sexo femenino, está en su ciclo de dominio, de mando. Más tarde, cuando se cumple este ciclo de cuarenta y dos años, volverá una nueva época de dominio del sexo masculino.
            Ahora le toca el peso del mando al sexo femenino, esto no lo podemos negar, es indubi­table. Actualmente la mujer manda, se impone en la Ciencia, se impone en el mundo del comercio, se impone en el Gobierno, se impone en las religiones, se impone en el hogar, se im­pone en todas partes, esta es su época.
            Urano gobierna directamente las glándulas sexuales; en la mujer, gobierna la actividad de los ovarios.
            Así que, son cuarenta y dos años de dominio masculino y cuarenta y dos años de dominio femenino. La mujer, obviamente, puede aprovechar esta época para transformarse, si así lo desea.
            Por estos tiempos, se lucha por la emancipa­ción de la mujer. Conceptúo, en realidad, que la mujer, de por sí, tiene el cetro de poder, en este tiempo que se haya dentro de la actividad del ciclo femenino de Urano.
            Considerando estas cuestiones, me parece que el sexo femenino tiene derecho a la digni­ficación y a la transformación. El sexo feme­nino debe aprovechar el momento actual, en el que Urano la está ayudando, sacar el máxi­mum de provecho de la vibración del planeta Urano. La mujer tiene derecho a pasar a un nivel superior del Ser, y esto es po­sible sabiendo amar.
            "Amor es ley, pero amor consciente"... "El amor es el summum de la sabiduría", así lo dijo Hermes Trismegisto en su "Tabla de Esmeralda", el tres veces grande Dios Ibis de Thot. El amor es el fundamento de todo lo que es, ha sido y será. La mujer mediante el amor, no solamente puede transformarse a si misma, sino que también puede transformar a los demás.
            Por estos tiempos, asombra saber que algu­nas naciones ya están pensando en enviar, pre­cisamente, comités femeninos a luchar por la paz universal. Tengo entendido que la O.N.U. está considerando muy difícil el problema de la paz, y seriamente piensa en promover como una especie de propaganda pro paz, mediante comités femeninos.
            Creo, sencillamente, que la mujer en estos momentos desplaza al hombre y tiene dominio, mando completo, y a esto se añade que el sexo masculino está muy degenerado actualmente. Entonces, es la mujer la que tiene que regene­rar al hombre.
            El estado de degeneración masculina es in­negable, irrefutable, irrebatible. Toca a la mu­jer darle la mano al varón, levantarlo. Si el hombre ha perdido actualmente poder, se debe sencillamente a su degeneración. La mujer tiene pues, en estos momentos, un deber inelu­dible, cual es el de ayudar a regenerar al hom­bre y de luchar por la paz universal.
            Uno de los problemas más inquietantes de la época, es el problema sexual. No hay duda de que la Sexología, en sí misma, es fundamen­tal para cualquier civilización.
            El sexo masculino, repito, se encuentra en estado involutivo, decadente; ha abusado del sexo y eso le ha hecho perder el dominio sobre la Tierra, sobre el universo. El sexo masculi­no marcha en forma decadente.
            Cuando uno estudia la energía creadora, la energía sexual, a la luz de un Sigmund Freud, por ejemplo, el autor del Psicoanálisis, o de un Jung, o de un Adler, o a la luz de los Tantras, Sánscritos, o Tibetanos, o Hin­dúes, o posiblemente de la Escuela Amarilla China, puede descubrir, con gran asombro que, mediante la energía creadora es posible la transformación del ser humano.
            La mujer tiene perfecto dominio sobre la biología orgánica del varón; por eso puede re­generarlo. La mujer lo que tiene es que cono­cer un poco más los Misterios del Sexo. Antes, esos Misterios se consideraban "tabú" o "pe­cado", y motivo de vergüenza o disimulo. Aho­ra, en los países cultos, el sexo se estudia a la luz de la Ciencia. Freud dio el ejemplo con su Psicoanálisis. Adler, Jung y demás seguidores de Freud, han demostrado al mundo la realidad de las teorías freudianas.
            Considero, pues, vital, tratar este escabroso asunto, este delicado asunto, relacionado con la Sexología Trascendental, que es la única que puede transformar a la mujer y al mundo.
            Obviamente, la energía creadora fluye en todo lo que es, en todo lo que ha sido, en todo lo que será. La energía creadora permite a las plantas reproducirse, mediante sus pistilos, etc., que vibran y palpitan en el cáliz de la flor. La energía creadora permite a las aves reproducirse, formar sus hijos. La energía creadora permite, a todas las es­pecies vivientes del inmenso mar, la reproducción siempre incesante. Dicha energía, como la electricidad, como el magnetismo, como la fuerza de la gravedad, etc., es una energía que nosotros debemos aprender a transmutar sabia­mente; es una energía veloz, instantánea, más rápida que la mente, mucho mas rápida que las emociones, o que cualquier otro movimien­to orgánico.
            Muchas veces les habrá sucedido a ustedes, las mujeres, al encontrarse (por ejemplo) con un varón, instantáneamente, sin saber por que, instintivamente, saben si simpatizan o no sim­patizan con tal hombre: si él puede servir de complemento para ustedes: si él podría mere­cer su simpatía. Más si no es el complemento exacto, de hecho, de inmediato, no despierta en ustedes ningún interés. Y asombra el ver la rapidez con la que una mujer puede reconocer a un hombre y saber si éste le puede servir como complemento en su vida, o no. Y surge en segundos, en milésimas de segundo, lo que demuestra que el sentido sexual es demasiado rápido, más veloz que la fuerza de la mente, o que las actividades motrices del organismo.
            En segundos, una mujer puede reconocer si un varón puede o no servirle de complemento para su vida. Esto se debe a que la energía creadora fluye y va de un lugar a otro, las ondas electrosexuales son muy veloces. El centro sexual de una mujer, instintivamente capta la realidad de cualquier hombre, y eso es claro.
            No hay nada más misterioso, que esa energía tan veloz. Muchas veces, ella habla en el hombre. Por eso, de pronto, aún teniendo es­posa, los varones no se sienten en plenitud, no se sienten íntegros, no se sienten con ellas uni­totales, presienten que les falta algo. Suele suceder, en estos casos, que en cualquier sala, o Templo, o calle, encuentre el marido a tal o cual mujer que le simpatiza de inmediato. Incuestionablemente, falla al cometer adulterio, más, en el fondo, lo que sucede es que todas las partes de su Ser nece­sitan complementación. Posiblemente, en la nueva mujer encuentren algo que antes no te­nían, algo que los ayuda a complementarse. Esos son misterios que se relacionan con el sexo, y que bien vale la pena conocer.
            En la energía creadora está la vida de toda máquina orgánica, y nuestro cuerpo es una máquina.
            Los ovarios, en la mujer, son de por si prodigiosos, maravillosos. Un par de cordones nerviosos, se dirigen siempre desde los ovarios hasta el cerebro y se enroscan en la espina dorsal, formando el santo ocho, el Cadu­ceo de Mercurio. Por ese par de cordo­nes nerviosos, que no son completamente físi­cos, pues en parte, podríamos decir, son tetra­dimensionales, asciende la energía sexual, propiamente dicha, como fuerza eléctrica muy sutil hasta el cerebro.


            Esta fuerza, de por si, llega al organismo a través de diversos procesos. Originalmente de­viene del Tercer Logos, del Maha­choan. Indubitablemente, para hablar esta vez en términos cristianos, podría decirles que tal energía es divinal y que el Tercer Lo­gos, en sí mismo, es lo que nosotros denomi­namos, en puro cristianismo, el Espíritu Santo.
            La fuerza del Espíritu Santo es portentosa. El universo entero no podría existir sin esa fuerza magnífica: las semillas no lograrían germinar, los animales sin esa fuerza no se reproducirían, los árboles no darían su fruto. el universo entero no viviría, no podría existir.
            Así pues, la fuerza del Espíritu Santo, la energía prodigiosa del Tercer Logos, es algo digno de ser analizado. Hay escuelas que se han dedicado a tal análisis. Existen esas escue­las en todo el Oriente, y muy especialmente en el Budismo Tántrico del Tíbet. Aprender a manejar ese potencial electro-sexual es indispensable, cuando se quiere lograr una transformación.
            Sin la energía creadora, no sería posible que un par de gametos, masculino y femenino, es decir, un zoospermo y un óvulo, se integraran para originar la concepción fetal, y bien sabemos nosotros lo que es la función del menstruo en el sexo femenino. Indubitablemente, este último se provoca debido a que un óvulo (maduro) se desprende del ovario: la herida que queda, pues, en aquel lugar donde el óvulo se desprendió, sangra, ese es el proceso del menstruo. Indubitablemente, en ese lugar que sangra existe también lo que en Medicina se denomina "cuerpo amarillo", y que a la larga sirve para evi­tar una sangría continua. Lo interesante es ver cómo el óvulo descien­de pues al útero, y aguarda allí el momento de ser fecundado. Cuando ese óvulo se encuentra depositado en su región correspondiente, sien­te la mujer, en realidad de verdad y en forma, dijéramos, intensiva el impulso sexual. Todo ese impulso obedece a una mecánica, relacionada con la economía de la naturaleza. Y es que el óvulo pide, llama, desea a un zoospermo, para que exista una creación más, ne­cesaria para los fines económicos del Planeta Tierra. En ese estado hay ansiedad, de parte del sexo femenino para el masculino, y esa ansiedad no tiene otra causa sino en el óvulo, que desea cuanto antes la unión con un zoospermo.
            Obsérvese algo muy interesante: de seis o siete millones de zoospermos que se escapan durante la cópula, tan sólo un afortunado zoospermo logra llegar hasta el gameto femenino: pierde la cola, penetra completamente dentro del ga­meto y se inicia el proceso de la gestación. De esos millones de zoospermos, sólo uno logra penetrar en el óvulo. ¿Quién fue el que hizo esa operación matemática? Además, téngase en cuenta que el zoospermo lleva, en sí mismo, veinticuatro cromosomas, y que el óvulo lleva otros veinticuatro. Entonces, he ahí cuarenta y ocho cromosomas formando la célula germinal, la célu­la básica, fundamental, mediante la cual de­viene un nuevo organismo humano.
            Pero ¿por qué un zoospermo, y sólo uno, logra entrar en el óvulo? ¿Quién dirige a ese zoospermo? ¡Hay un principio inteligente que lo dirige! ¿Cuál será?, ¿por qué ha sido seleccionado? Indubitablemente, ese principio inteligente no es otro que la energía creadora del Tercer Logos, la ener­gía sexual. Entonces hallamos, en la energía sexual, una inteligencia, y esto resulta formidable. Así se inicia el proceso de gesta­ción, de nueve meses.
            Obviamente, la mujer ha sido elegida para la santa predestinación: la de ser madre. Ser madre, en realidad de verdad, es un sacerdocio de la naturaleza, un sacerdocio divino, inefable. Una madre, merece la entera veneración de todos los seres que pueblan la faz de la Tierra.
            En la Doctrina Secreta de Aná­huac, se rinde culto a las mujeres que mue­ren de parto. Incuestionablemente, ellas son verdaderas mártires. Se nos ha dicho pues, en Náhuatl, que ellas van, no al Mictlán, como suponen algunos, sino al Tlalocan, al Paraíso de Tláloc.
            Algunos piensan que esas son doctrinas de nuestros antepasados y que hoy en día somos "muy cristianos" y no podemos ya volver atrás. La cruda realidad de los hechos es que tal afir­mación de los Adeptos Náhuatl, o Zapotecas, o Toltecas, reposan sobre bases muy sólidas.
            ¿Con qué derecho nos atreveríamos noso­tros, por ejemplo, a refutar la doctrina de nuestros antepasados Aztecas, si nosotros mis­mos devenimos de ellos? ¿O es que creemos, acaso, que los españoles fueron más sabios que nuestros antepasados de Anáhuac?
            ¡Pues bien sabemos que no! Antes bien, ellos vinieron a destruir una cultura, estuvie­ron quemando, en la plaza pública, todos los códices antiguos y privaron al mundo de ricos tesoros esotéricos. Afortunadamente, unos cuantos códices se salvaron, lo que ha permi­tido a los grandes historiadores mexicanos, a los grandes antropólogos, reconstruir parte de la historia antigua.
            El Tlalocan, el Paraíso de Tláloc, es una realidad. Se ha dicho que las mu­jeres que mueren de parto, se afirmó en forma enfática, que ingresaban, pues, al Paraíso de Tláloc. Lo merecían, pues habían dado su vida a la naturaleza, habían muerto en el cumplimiento de ese gran sacrificio, cual es el de ser madres: habían cumplido con su misión. la mujer ha nacido para esa santa predestinación.
            ¡Tan grande es la dicha que siente la mu­jer que lleva a su niño en sus brazos, que le alimenta con sus pechos, que le brinda su amor! Ella, en ese momento, está haciendo el papel que hace la Gran Madre Natura con to­dos los hijos; es una verdadera sacerdotisa que merece todo respeto y gran veneración.
            Es mediante esa energía creadora, que flu­ye y palpita en toda la naturaleza, que fluye por los árboles, que se manifiesta a través de los órganos creadores de los peces y de los an­fibios, y de los cuadrúpedos y de las aves que vuelan a través del espacio infinito, como po­demos nosotros transformarnos radicalmente. Si la mujer aprende a manejar esa prodigiosa energía, puede cambiar el Nivel del Ser, puede convertirse en algo distinto, en algo diferente.
            La mujer, ante todo, necesita conocer los Misterios del Sexo. Ya pasaron los tiempos en que se consideraba el sexo como "pecado", ya pasaron los tiempos en que el sexo era consi­derado "tabú". Sólo conociendo la mujer los Misterios del Sexo, aprendiendo a manejar la energía creadora, podrá ella transformarse y transformar el mundo.
            Desgraciadamente, hoy por hoy el hombre no sólo se ha degenerado, sino que también ha inducido procesos degenerativos en el sexo fe­menino: ha metido a la mujer por el camino de la fornicación, y hasta de la prostitución, motivos más que suficientes como para que la mujer estudie los Misterios del Sexo. Es así, sólo así, como podrá ella, no solamente trans­formarse, sino transformar al varón.
            No hay duda que en la copula quími­ca o metafísica, para hablar en un lenguaje que no escandalice a ninguna de las hermanas, aquí presentes, está el secreto de la transformación humana. La cópula química o metafísica, incuestio­nablemente está relacionada con la gran copula universal. Bien sabemos que el eterno masculino hace fecundar al eterno femenino para que surja la vi­da, esto es indubitable. Esos dos principios per­tenecen a lo divinal. Con justa razón se dijo: "Existen dos vástagos de toda seriedad; el uno viene de arriba, de Urano, y es masculino; el otro asciende y es femenino". "En la unión de estos dos vástagos, está la clave de todo poder".
            Observen ustedes al signo de la santa cruz: dos palos cruzados. El uno, es vertical y repre­senta al principio masculino; el otro, es hori­zontal y representa al sexo femenino. En el cruce de ambos, se halla la clave de la redención.
            En una antigua Escuela de Misterios grie­gos, se menciona un acto precioso, místico, que puede transformar al mundo y a la humanidad. Para no escandalizar mucho, diré a ustedes la clave en latín: "Inmiscio miembrum virilis in vaginae feminam sine eyaculation seminis"...
            En todo caso, en la inserción del falo vertical dentro del cteis formal se encuentra la clave de todo poder. Desafortunadamente, tanto varones como mujeres lo único que han hecho, hasta la fecha actual, es aprovechar el cruce de esos dos "vástagos" pa­ra la reproducción animal.
            Así como la mujer es capaz de poner un hijo sobre el tapete de la existencia, de decirle: "¡Sea!", y es: así como la mujer es capaz de formar a un Napoleón dentro de su vientre, o a un Jesús de Nazaret, o a un Hermes Tris­megisto, para luego decirle: "¡Existe, existe!", y éste pasa a existir a la luz del Sol, así también, cualquier mujer puede ser capaz de una autocreación extraordinaria, puede crearse a sí misma, puede transformarse en algo distinto, diferente, con base íntima en la cópula química o metafísica.
            Lo interesante sería que ella comprendiera el proceso de las energías creadoras, especial, e incuestionablemente, cuando el varón se le acerca, cuando el Adán-Eva se están amando, cuando se hallan unidos en la cópula quí­mica o metafísica.
            En momentos en que el phalus varón, vertical, se cruza con el cteis for­mal, hay fuerzas prodigiosas, universales, cósmicas, que envuelven a la pareja con una luz muy brillante, luminosa, extraordinaria. Esas fuerzas prodigiosas, que fueron capaces de crear el mundo, de hacerlo surgir de entre el Caos, rodean a la pareja, les envuelve. En tales momentos, hombre y mujer, bien unidos, forman el andrógino perfecto, el Elohim, una criatura soberana.
            Obviamente, hombre y mujer, unidos, son un solo Ser que tiene poder sobre la vida y sobre la materia, que puede hacer surgir una nueva criatura dentro del Caos. En tales momentos, si se conociera la ciencia maravillosa del Tercer Logos, se realizarían prodigios.
            En tales momentos, debemos retener esa fuerza extraordinaria para purificarnos, para transformarnos, para desarrollar en nosotros otras facultades del Ser, para desenvolver en nosotros, prodigios que ni remotamente sospechamos, para convertirnos en Angeles, en Seres inefables.
  La mujer tiene la llave de la ciencia mágica, más debe aprovecharla y abrir el arca donde está el tesoro de la sabiduría pura.
            Desgraciadamente, tanto la mujer como el varón pierden las fuerzas divinales, cuando cometen el error de llegar hasta eso que se denomina "orgasmo" o "espas­mo" en alta biología orgánica.
            Más si la mujer, en esos instantes, le enseñase al varón la necesidad de ser "conti­nente"; si en vez de llegar a la consuma­ción final de la inmensa pasión, tuviera el va­lor de refrenar el impulso animal, para evitar lo que en Fisiología Orgánica, o en Biología, se denomina "orgasmo" o "espasmo", retendría esas fuerzas místicas del Tercer Logos, del Mahachoan, del Shiva indostá­nico.
            Con tan sutiles fuerzas, podría ella hacer de sí misma, algo diferente: se convertiría en triunfadora, pasaría a un Nivel del Ser extraordinario, no volvería jamás a tener mise­ria, ni dolor, no habrían para ella sufrimien­tos, múltiples facultades aflorarían en todo su organismo, sería completamente distinta.
            Una mujer así, transformada por sus propias energías creadoras, podría transformar al hombre y transformar al mundo, porque la mujer tiene un poder único: formar a las criaturas dentro de su misma matriz.
            Ya han hecho grandes hombres, que han descollado en la historia: un Krishna, en el indostán, un Buddha, un Hermes Trismegisto, un Jesús de Nazaret, un Francisco de Asís, o un Antonio de Padua, etc., etc., etc.
            ¿Dónde se formaron? ¿En el aire, acaso? Los grandes hombres que han surgido en todas las épocas, ¿de dónde salieron? Esos que liber­taron naciones, como los hay en nuestra patria, México, como un Hidalgo, ¿cuál es su origen?
            Muy masculinos, muy inteligentes, muy geniales, pero salieron de un vientre femenino, fue la mujer la que los formó en su vientre, la que les dio la vida y la que los puso sobre el tapete mismo de la existencia.
            El mismo Superhombre, de un Nietzche, no pudo salir de ninguna otra parte que del vientre de la mujer. Por eso fue que, sabias mujeres se dirigieron a Jesús de Nazaret y le dijeron: "Bendito el vientre que te formó y los pechos que te alimentaron".
            Así pues, los varones no tenemos mucho de qué enorgullecemos, porque por mucha sa­piencia que tengamos, mucha erudición o capacidad intelectual que hayamos adquirido, nos formó una mujer en su vientre, nos dio la vida y nos puso sobre el tapete mismo de la existencia.
            Lo cierto es que la mujer puede transformar al mundo, si así lo quiere, tiene en sus manos la llave del poder. Hasta la misma biología masculina puede ser controlada por la mujer, y de hecho la mujer controla las activi­dades biológicas del varón, tiene ese poder, y es extraordinario, formidable.
            Ella lo único que tiene que hacer es retener esa fuerza prodigiosa, esa energía creadora del Tercer Logos, no dejarla escapar, no permitir que se funda dentro de las corrientes universa­les. Por eso es que la mujer casada, en la cópu­la química, o metafísica, debe asumir una actitud edificante y esencialmente  dignificante.
            Obviamente, el sacerdocio del amor dimana de los tiempos más arcaicos de la Tie­rra. Recordemos (en una Grecia, pues) a las Sacerdotisas del Amor, a las Hetai­ras. Ellas eran sagradas, en el sentido más completo de la palabra, y sabían suministrar eso que se llama "amor", y los varones de­bían obedecer a ellas. Recordemos allá en las tierras del Japón, a las Sacerdotisas Niponas. Ellas suministran eso que se llama "amor".
            Desgraciadamente, las gentes de la época moderna han perdido, dijéramos, el sentido del verdadero amor. Las mujeres modernas deben volver a la sapiencia antigua, deben comenzar por educar al varón. El sexo es sagrado en un ciento por ciento, y deben enseñarle al varón lo que es la veneración, el amor y el respeto al sexo. Si la mujer así actúa, podría transformar el mundo en forma definitiva.
            Todo el secreto consiste en retener esa ener­gía maravillosa, ese elixir sagrado, vital para el hombre. Repito: si la mujer aprendiera a evitar el espasmo (o el orgasmo, como se dice en medicina), a sí misma se transforma­ría, en sí misma originaría sentidos novísimos de percepción extrasensorial, que le darían acceso a la dimensión desconocida, y empezaría la mujer a adquirir una nueva inte­ligencia que le permitiría orientar a sus hijos sabiamente.
            No deben olvidar ustedes que la mujer debe ser también, además de madre, educadora de sus propios hijos. La mujer está llamada a educar a sus hijos, bueno, ese es mi concepto.
            La mujer está llamada a darle al hijo la primera educación. En modo alguno me parecería correcto que fuese el "Kinder" el llama­do a dar las primeras nociones de cultura a la criatura que ha nacido. Pienso que es la ma­dre, la llamada a eso: a acabar de formar el fruto de sus entrañas. Más tarde, podría tal "fruto" entrar en las escuelas superiores de humanidades, en la universidad; pero su orientación básica, del hogar. La madre es el eje del hogar, la maestra del hogar, la llamada a educar a sus hijos.
            Hoy por hoy, todo eso se ha perdido. En los tiempos antiguos (en la Atlántida y en la Lemuria), las madres educaban a sus hijos dentro del hogar y los formaban. Por estos tiempos decadentes en que nos encontramos, debido a la degeneración del varón, la mujer ha perdido, hoy por hoy, muchas de sus hermosas cualidades.
            El varón ha creado una civilización falsa, una vida mecanicista, absurda. También ha cometido el crimen de sacar a la mujer del ho­gar. Ahora la mujer, para poder sobrevivir en este caos absurdo del siglo veinte, no le ha que­dado más remedio que desplazar al hombre en la oficina, en la Industria, en la Banca, en el comercio, en los talleres, en la ciencia, etc.
            Está tan degenerado el varón ultra moder­no, que ya no es capaz de sostener ni su mismo hogar, motivos más que suficientes por los que no le ha quedado, a la mujer, más remedio que lanzarse a la lucha. Veamos el ejemplo de los Estados Unidos, donde las mujeres están en los talleres mecánicos, en la Aviación, en el Ejército etc.
            Una raza no degenerada, una raza progresista, es diferente. En una raza progresista, la mujer es el eje del hogar, la sacerdotisa. La base fundamental sobre la cual el hogar repo­saba en los antiguos tiempos, no era el patriarcado, sino el matriarcado.
            Ahora la mujer tiene que volver a su hogar, pero esto no sería posible, y no es posible, hasta tanto no se regenere el varón, que ya no es capaz ni de mantener a la mujer, ni a su hogar.
            Día llegará, pues, en que comenzará una nueva historia. Cuando eso sea, el sexo será sagrado otra vez, y el varón (regenerado) irá hacia el campo, a arar la tierra, y "con el sudor de su frente" dará de comer a su mujer y a sus hijos, como lo mandan las Sagradas Escrituras.
            Hoy en día, da dolor decirlo, es tan grande la degeneración, que muchas mujeres tienen que trabajar para mantener a su marido. Viendo todas estas cosas, en tratándose de asuntos tan importantes y de fina exposición, veo la necesidad urgente e inaplazable, de enseñarle a la mujer los Misterios del Sexo.
            Antes que todo, la mujer debe liberarse de muchas ataduras absurdas, debe enfocar los estudios del sexo desde un nuevo ángulo, no se­guir considerando la sexología como "tabú" o "pecado", como motivo de vergüenza o disimu­lo, etc. Si la mujer tiene que regenerar al varón, debe afrontar (directamente) los Miste­rios del Sexo, debe enseñarle al varón tales Misterios.
            Desgraciadamente, el animal intelectual equivocadamente llamado "hombre", ni siquiera sabe respetar a la mujer: adultera como animal, fornica incesantemente, malgasta el dinero, el que tiene para su hogar, en la canti­na, en las casas de juego, etc.
            Incuestionablemente, la cruda realidad de los hechos es que la mujer está llamada a asu­mir un nuevo papel: necesita transformarse (mediante la energía creadora) y enseñarle al varón el camino de la regeneración. Mas esto no sería posible si ella no tuviera un poten­cial eléctrico-sexual superior, que le permitiera realizar tan magnífica labor.
            En tanto la mujer continúe llegando al es­pasmo u orgasmo fisiológico, no tendrá la potencia eléctrica que necesita para poder convencer al hombre, pues cuando se trata de convencer a otro, de regenerarlo, de indicarle el camino de la salvación, se necesita tener al­guna autoridad, y no es posible tener autoridad alguna en tanto la mujer se descargue eléctri­camente.
            La mujer necesita ahorrar sus propias ener­gías creadoras. Sólo así podrá aumentar su po­tencial eléctrico, como para tener la suficiente fuerza o autoridad que le permitirá transfor­mar al varón, sacarlo de las cantinas y enseñarle el camino de la responsabilidad, indicar­le el camino de la regeneración.
            Hoy, reunido con estas damas que me escuchan, quiero decirles, en forma enfática, que en esta Sede Patriarcal del Movimiento Gnóstico, laboramos por la regeneración humana. Son llamadas todas las damas a nues­tros cursos, a nuestros estudios; son invitadas, con el propósito de trabajar por un mundo mejor.
            Bien vale la pena reconsiderar, no sólo los asuntos biológicos, sino también los psíquicos, relacionados con la mujer, el hombre y el ho­gar. La mujer debe volverse un poco más ma­dura, desde el punto de vista psicológico. Muchas damas, por ejemplo, "se afanan" por casarse y más tarde fracasan. Debe saber, la mujer, cuál es el hombre que va a elegir, pues esto es básico para el resto de su existencia.
            Un día cualquiera, no importa cuál, llegué a un Banco. Necesitaba, pues, cambiar algunos cheques. La cajera, muy solícita, me atendió. Mas, cuan gran dolor sentí, al saber cómo me miraba de arriba a abajo, tan detenidamente, estudiando mis meras apariencias físicas. Volví una segunda vez, y hallé la misma repeti­ción.
            Una tercera, y la misma repetición y una extraña coquetería. Pero ¿qué miraba en mí? ¿Acaso mis estados psicológicos, mi parte aní­mica o espiritual, o qué? ¡Nada de eso; era sólo mera coquetería, simplona! Tratar de ver las apariencias de un rostro, o de un cuerpo masculino, con el propósito de elegirlo más tarde como posible marido, o por lo menos co­mo pretendiente, es absurdo en un ciento por ciento, no pude menos que sentir un gran dolor.
            Algunas damas, por ejemplo, que aspiran a tener marido, se preocupan por ver un rostro, el tamaño de un cuerpo, si es alto o bajo, gordo o flaco, si él es bien parecido, si es guapo, o sencillamente si es feo u horrible, pero nada, absolutamente nada les interesa la cuestión psicológica. Eso es tan absurdo como ver un mueble: si éste es bonito o feo, si sirve para la cocina o para la sala.
            El matrimonio es lo más grande que hay en la vida. Voy a decirles a ustedes que hay tres momentos importantes en la vida, tres eventos extraordinarios: el primero, el nacimien­to; el segundo, el matrimonio, y el ter­cero, la muerte. He ahí los tres eventos más extraordinarios.
            La mujer debe cuidarse de elegir hombre por mera apariencia; o por el deseo de casarse, para no "quedarse", porque eso es absurdo. Querer una mujer hacer de un hombre, dijéramos, su "ideal", sin sentirlo de verdad, psicológicamente, es algo incongruente. Mu­chas damas solteras se vuelcan, muy especialmente, por el artificio, por la forma, por el es­plendor económico de tal o cual varón; tratan de congraciarse con él en alguna forma, de hacerse simpáticas ante el mismo: tratan de aco­modarse a su forma de ser o de vivir, y tarde o temprano fracasan.
            Ese no es el camino de la felicidad matri­monial. En el verdadero amor hay esponta­neidad absoluta, no existen artificios de nin­guna especie. Cuando la mujer reconoce en el hombre, de inmediato, al ser creador, allí no necesita de palabras superfluas, ni de luchas por acomodarse a su forma de pensar, o de sentir.
            En el verdadero amor, la mujer sabe si el hombre le pertenece o no, si él es suyo o no. Pero cuando una mujer mira a tal o cual hom­bre, cuando lo pretende en alguna forma, ella sabe si hay un rasgo en él que no concuerde con su naturalidad, con la personalidad de ella, con su psiquis, o fondo psicológico particular.
            Es claro que si una mujer cree que ama a un hombre, y siente que hay algo que no le pertenece a ella, algo así como un rasgo característico que en modo alguno se acomoda a su sentir, tal varón no le pertenece. Una unión de tal clase, va al fracaso.
            En modo alguno se puede enfocar el problema del Matrimonio de una manera equivocada, porque el resultado se llama "dolor". Cuando uno se olvida de que el matrimonio es uno de los tres factores más importantes de la vida, comete errores imperdonables.
            Así que, deben pensar mucho, las damas solteras, en el problema este de elegir un esposo, un marido. Es indispensable saber siempre aguardar. Esa energía creadora del Tercer Lo­gos, que vive y palpita en todo lo creado, en todo lo existente, cada mujer trae su varón, el que le pertenece por Ley. Pero si persisten las damas solteras en casarse por casarse, se llenarán entonces de dolor.

SAMAEL AUN WEOR

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