domingo, 16 de agosto de 2015

LOS MISTERIOS DE LA VIDA Y DE LA MUERTE


                             
            Vamos a comenzar la plática de esta noche; espero que todos pongan el máximum de atención.

            Voy a ha­blarles hoy sobre los Misterios de la Vida y de la Muerte; ese es el objeto claro de esta plática. Vamos a hacer una plena diferenciación entre lo que es la Ley del Eterno Retorno de todas las cosas, la Ley de la Transmigración de las Almas, la Ley de la Reencarna­ción, etc.

            Ha llegado el momento de desglosar ampliamente todas estas cosas, a fin de que los estudiantes se mantengan bien informados.

            Es obvio que lo primero que uno nece­sita saber en la vida, es de dónde viene, para dónde va, cuál es el objeto de la existencia, para qué exis­timos, por qué existimos, etc., etc., etc.

            Incuestionablemente, si queremos nosotros saber algo sobre el destino que nos aguarda, sobre lo que es la vida en sí, se hace indispensable, primero que todo, saber qué es lo que somos; eso es urgente, inaplazable, impostergable.


            El cuerpo físico, en sí mismo, no es todo. Un cuerpo está formado por órganos y cada órgano está com­puesto por células; a su vez, cada célula está com­puesta por moléculas y cada molécula por átomos; si fraccionamos cualquier átomo, liberamos energía. Los átomos, en sí mismos, se componen de iones que giran alrededor de los electrones, de protones, de neutrones, etc., etc., etc.; todo eso lo sabe la Física Nuclear. En última instancia, el cuerpo físico se resume en dis­tintos tipos y subtipos de energía. 

El mismo pensa­miento humano es energía; del cerebro salen determi­nadas ondas que pueden ser registradas sabiamente. Ya sabemos que los científicos miden las ondas men­tales con aparatos muy finos y se les cataloga en forma de microvoltios. Así pues, en última instancia nuestro organismo se resume en distintos tipos y sub­tipos de energía.

            La llamada "materia" no es más que energía conden­sada; por eso dijo Albert Einstein: "Energía es igual a masa, multiplicada por la velocidad de la luz al cuadra­do", y también afirmó, en forma enfática, que "la ma­sa se transforma en energía y la energía se transforma en masa". Así que, en última síntesis, la llamada "materia" no es más que energía condensada.

            El cuerpo físico tiene un fondo vital orgánico. Quiero referirme, en forma enfática, al Lingam Sarira de los teósofos, a la condensación biotermoe­lectromagnética. Cada átomo del Cuerpo Vital, penetra cada átomo del cuerpo físico y lo hace vibrar y cente­llear. El doble vital o Cuerpo Vital, es realmente una especie de doble orgánico. Si por ejemplo un brazo de ese doble vital, se sale del brazo físico, sentimos que la mano se nos duerme, pero al volver ese brazo vital a entrar dentro del brazo físico, al penetrar cada átomo del Cuerpo Vital dentro de cada átomo del cuerpo físico, se produce una vibra­ción, la vibración esa que siente uno cuando se le duerme un brazo y tiene uno que despertarlo (una espe­cie de "hormigueo" por decirlo así). Bien, sí se le sacara definitivamente el Cuerpo Vital a una persona física y no se le volviese a traer, mori­ría la persona física. Así que resulta interesante esto del Cuerpo Vital; sin embargo, tal cuerpo no es más que la sección superior del cuerpo físico, es, dijéramos, la parte tetradimensional del cuerpo físico. Los vedantinos consideran al Cuerpo Vital y al físico como un todo, como una unidad.

            Un poco más allá, pues, de este cuerpo físico con su asiento vital orgánico, tenemos nosotros al Ego. En sí mismo, el Ego es una suma de diversos ele­mentos inhumanos que en nuestro interior cargamos; es obvio que a tales elementos los denominamos ira, codicia, lujuria, envidia, orgullo, pereza, gula, etc., etc., etc. Son tantos nuestros defectos, que aunque tuviése­mos mil lenguas para hablar y paladar de acero, no acabaríamos de enumerarlos a todos cabalmente. Así pues, que el Ego no es más que eso.

            Hay gentes que entronizan al Ego en el corazón y le hacen un altar y le adoran; son equivocados sinceros que suponen que el Ego en sí mismo es divinal, y en eso están perfectamente equivocados. Hay quienes divi­den al Yo en dos: "Yo superior", "Yo inferior" y quieren que el "Yo superior" controle al "Yo inferior". No quieren darse cuenta esas gentes, no quieren darse cabal cuenta tales personas, que "sec­ción inferior" y "sección superior" de una misma cosa, son la misma cosa.

            El Yo, en sí mismo, es tiempo; el Yo, en sí mismo, es un libro de muchos tomos; en el Yo están todas nuestras aberraciones, todos nuestros defectos, aquello que hace de nosotros verdaderos animales intelectua­les en el sentido más completo de la palabra.

            Algunos dicen que el "Alter Ego" es divino y le adoran; es otra forma, pues, de buscar escapatorias para salvar al Yo, para divinizarlo, porque el Yo es el Yo, y eso es todo.
            La muerte, en sí misma, es una resta de quebrados; terminada la operación matemática, lo único que con­tinúa son los valores. Los valores son positivos, y negativos también; los hay buenos y los hay malos. La Eternidad se los traga, los devora; en la luz as­tral, los valores se atraen y repelen, de acuerdo con las Leyes de la Imantación Universal. Los valo­res son los mismos elementos inhumanos que cons­tituyen el Ego; éstos elementos a veces chocan entre sí, o simplemente se atraen o repelen.

            La muerte es el regreso al punto original de partida. Un hombre es lo que es su vida; si un hombre no trabaja su propia vida, si no trata de modificarla, obviamente está perdiendo el tiempo miserablemente, porque un hombre no es más que eso: lo que es su vida. Noso­tros debemos trabajar nuestra propia vida para hacer de ella una obra maestra. La vida es como una película; cuando termina la película, nos la llevamos para la Eternidad; en la Eterni­dad revivimos nuestra propia vida, que acaba de pasar. Durante los primeros días, el desencarnado, el difun­to, suele ver la casa donde murió y hasta habita en ella. Si murió por ejemplo de ochenta años de edad, segui­rá viendo a sus nietos, sentándose a la mesa, etc.; es decir, el Ego estará perfectamente convencido de que todavía está vivo y no hay nada en la vida que logre convencerlo de lo contrario. Para el Ego nada ha cambiado, desgraciadamente; él ve la vida como siempre. Sentado por ejemplo ante la mesa del comedor, pedirá sus alimentos acostumbrados. Obviamente, no lo verán sus dolientes, pero el subconsciente de sus familiares si responderá; ese subconsciente pondrá en la mesa los indicados alimen­tos. Es obvio que no va a poner alimentos físicos, por­que eso sería imposible, pero sí pone formas mentales, muy similares a las de los alimentos que el difunto acostumbraba a consumir. Puede ver un velorio el desencarnado; jamás supondría que ese velorio, tenga algo que ver con él, más bien piensa que tal velorio corresponde a alguien que murió, a otra persona, más nunca creería que correspondería a él; él se siente tan vivo, que ni remotamente sospe­cha su defunción. Si sale a la calle, verá las calles tan absolutamente iguales, que nada podría hacerle pensar que ha sucedido algo. Si va a una iglesia, verá allí al cura diciendo misa, asistirá al rito y muy tranquilo saldrá de la iglesia, perfectamente convencido de que está vivo, nada po­dría hacerle pensar que está muerto. Aun más: si alguien le hiciese tamaña afirmación, él sonreiría escép­tico, incrédulo, no aceptaría, la afirmación que se le hiciese.

            Tiene que revivir en el Mundo Astral, el difunto, toda la existencia que acaba de pasar; pero la revive en una forma tan natural y a través del tiempo, que el difunto, identificado con la misma, de verdad saborea cada una de las edades de la vida que terminó. Si era de ochenta años, por ejemplo, por un tiempo estará acari­ciando a sus nietos, sentándose a la mesa, acostándo­se en su consabida cama, etc.; pero a medida que va pasando el tiempo, él va adaptándose a otras cir­cunstancias de su propia existencia. Pronto se sentirá viviendo la edad de los setenta y nueve años, o de los setenta y siete, o de los sesenta, etc., y si vivió en otra casa, a la edad de los sesenta años, pues se verá viviendo en aquélla otra casa y dirá lo mismo que dijo, y hasta su aspecto psicológico asumirá el aspecto que tenía cuan­do era de sesenta años, y si vivió a la edad de cincuenta años en otra ciudad, pues a esa edad se verá, reviviéndola en esa otra casa y así sucesivamente, a tiempo que su aspecto psicológico, su fisonomía, va transformándose, de acuerdo con la edad que tenga que revivir. A la edad de veinte años, por ejemplo, tendrá exactamente la fisonomía que tuvo cuando era de veinte años, y a la edad de diez años se verá hecho un niño, y cuando llegue el instante, pues, habrá terminado, de revisar su existencia pasada, su vida toda habrá quedado reducida a sumas y restas y operaciones matemáticas; esto es muy útil para la Conciencia.

            En estas condiciones, el difunto tendrá prácticamente que presentarse, pues, ante los Tribunales de la Jus­ticia Objetiva o de la Justicia Celestial; tales tribuna­les son perfectamente distintos a los de la justicia sub­jetiva o terrenal. En los Tribunales de la Justicia Obje­tiva sólo reina, de verdad, la Ley y la Misericordia, porque es obvio que al lado de la justicia siempre está la misericordia.

            Tres caminos se abren ante el difunto: el primero, unas vacaciones en los mundos superiores (este camino es para gentes que se lo merecen de ver­dad); segundo, pues retornar en forma mediata o inmediata a nue­va matriz; tercero, descender a los mundos infiernos, hasta la Muer­te Segunda de que habla El Apocalipsis de San Juan y el Evangelio del Cristo.

            Obviamente, quienes logran el ascenso a los mundos superiores, pasan por una temporada de gran felicidad. Normalmente el Alma, o lo que dijéramos la Conciencia, se encuentra embotellada entre el Yo de la Psicolo­gía Experimental, entre el Ego, que como ya les dije a ustedes, es una suma de distintos elementos in­humanos. Más sucede que aquéllos que suben a los mundos su­periores, abandonan al Ego temporalmente; en éstos casos el Alma, o Conciencia, o Esencia, o como queramos llamarla, sale dentro de ese calabozo horrible que es el Ego, el Yo, para ascender al famoso Devachán de que nos hablaran los indostanes: una región de felicidad inefable en el Mundo de la Mente Superior del Universo. Allí se goza de una auténtica felicidad, allí se encuen­tran los desencarnados con sus familiares, los que abandonaron ha tiempo; encuentran, dijéramos, lo que podríamos llamar el Alma de ellos. Posteriormente, la Conciencia, la Esencia, o Alma, o como queramos lla­marla, abandona también el Mundo de la Mente para entrar en el Mundo de las Causas Naturales.

            El Mundo Causal es grandioso, maravilloso; en el Mun­do Causal resuenan todas las armonías del universo, allí se sienten, en verdad, las melodías del Infinito. Sucede que en cada planeta hay múltiples sonidos. pero todos ellos entre sí, sumados, dan una nota sínte­sis, que es la nota clave del planeta. El conjunto de notas claves de cada mundo, resuena, maravillosamen­te entre el coral inmenso del espacio estrellado, y esto produce un gozo inefable en la Conciencia de todos aquéllos que disfrutan la dicha en el Mundo Causal.
            También encontramos, en el Mundo de las Causas Na­turales, a los Señores de la Ley, los que castigan y premian a los pueblos y a los hombres. Encontramos, en el Mundo de las Causas Naturales, a los verdade­ros hombres, a los Hombres Causales; allí los ha­llamos, trabajando por la humanidad. Encontramos, en el Mundo de las Causas Naturales, a los Principados, a los Príncipes de los elementos, a los Príncipes del fuego, del aire, de las aguas y de la tierra.

            La vida palpita, intensivamente, en el Mundo de las Causas Naturales. El Mundo Causal es precioso en sí mismo; un azul profundo, intenso como el de una noche llena de estrellas, iluminada por la Luna, resplandece pues incesantemente en el Mundo de las Causas Natu­rales. No quiero decir que no hayan otros colores; sí los hay; pero el color básico, fundamental, es el azul in­tenso, profundo, de una noche luminosa y estrellada. Quienes viven en esa región, son felices en el sentido más trascendental de la palabra; pero todo premio a la larga se agota, cualquier recompensa tiene un limite y llega el instante, claro está, en que el Alma que ha entrado en el Mundo Causal debe retornar, regresar y descender inevitablemente, para meterse nuevamente dentro del Ego, dentro del Yo de la Psicología Experimental. Poste­riormente, esa clase de Almas vienen a impregnar el huevo fecundado, para formar un nuevo cuerpo físico; se reincorporan en un nuevo cuerpo físico, vuelven al mundo.

            Otro es el camino, que aguarda a los que descienden a los mundos infiernos. Se trata de gentes que ya cumplieron su tiempo, su ciclo de manifestación, o que fueron demasiado perversas; tales gentes involucionan, indubitablemente, dentro de las entrañas de la Tierra.

            El Dante Alighieri nos habla, en su "Divina Comedia" de los nuevos círculos dantescos, y él ve esos nueve círculos dentro del interior de la Tierra. Nuestros antepasados de Anáhuac, en la gran Tenochtitlán, hablan claramente del Mictlán (es la región infernal, que ellos también ubican en el interior mismo de nuestro globo terrestre). A diferencia, pues, de algunas otras sectas o religiones, para nuestros antepasados de Anáhuac, como hemos visto en sus códices, el paso por el Mictlán es obliga­torio y lo consideran, sencillamente, como un mundo de probación, donde las Almas son probadas, y si logran pasar por los nueve círculos, incuestionablemente ingresarán al Edén, o sea, al Paraíso Terrenal.

            Para los Sufis mahometanos, el infierno no es tampoco un lugar de castigo, sino de instrucción para la Conciencia, y de purificación. Para el cristianismo, en todos los rincones del mundo, el infierno es un lugar de castigo y de penas eternas; sin embargo, el circulo se­creto del cristianismo, la parte oculta de la religión cristiana, es diferente. En la parte oculta de cualquier movimiento cristiano, en la parte íntima o secreta, se encuentra la Gnosis. El Gnosticismo Universal ve el infierno, no como un lugar de penas eternas y sin fin, sino como un lugar de ex­piación, de purificación y de ilustración a su vez para la Conciencia.

            Obviamente, tiene que haber dolor en los mundos infiernos, puesto que la vida es terriblemente densa, dentro del interior de la Tierra y sobre todo en el noveno circulo, donde está el núcleo, dijéramos, concreto, de una materia terriblemente dura; allí se sufre lo indecible. En todo caso, quienes ingresan a la involución sumergida del Reino Mineral, tarde o temprano deben pasar por eso que se llama, en el Evangelio Crístico, la Muerte Segunda.

            No hemos pensado jamás en el Gnosticismo Universal, al estudiar esta cuestión del infernus dantesco, en que no tenga pues un limite el castigo. Consideramos que Dios, siendo eternamente justo, no podría cobrarle a nadie más de lo que debe, pues toda culpa, por grave que sea, tiene un precio; pagado su precio, nos parecería absurdo seguir pagando. Aquí mismo en nuestra justicia terrenal, que no es sino una justicia perfectamente subjetiva, vemos que si un preso entra a la cárcel por tal o cual delito, una vez que pagó su delito se le da la boleta de libertad; ni las mismas autoridades terrenales aceptarían que un pre­so continuara en la cárcel después de haber pagado el delito... Se han dado casos de presos que se acomodan tanto en la prisión, que llegado el día de su salida no han querido salir; entonces ha habido que sacarlos a la fuerza.

            Así pues, toda falta por muy grave que sea tiene un precio. Si los jueces terrenales saben esto, ¿cuánto más no lo sabría la justicia divinal? Por muy grave que haya sido el delito, o los delitos que alguien haya come­tido, pues tiene su precio; pagado el precio, pues está la boleta de libertad a la orden. Si no fuera así, Dios sería entonces un gran tirano y bien sabemos nosotros que al lado de la Justicia Divina nunca falta la misericordia. No podríamos en modo algu­no calificar a Dios como "tirano"; tal proceder sería equivalente a blasfemar, y a nosotros francamente, no nos gusta la blasfemia. Así que, la Muerte Segunda es el limite del castigo en el infernus dantesco. Que a este infernus se le llame "Tartarus" en Grecia, o que se llame "El Averno" en Roma, o "El Avitchi" en el Indostán, o "El Mictlán" en la antigua Tenochtitlán, importa poco. Cada país, cada religión, cada era o cada cultura, ha sabido de la existencia del infernus y le ha calificado siempre con algún nombre. Para los antiguos habitantes de la gran Hesperie, co­mo vemos nosotros al leer la divina "Eneida" de Vir­gilio, el Poeta de Mantua, el infernus es la morada de Plutón, es aquélla región cavernosa donde Eneas el tro­yano encontrara a Dido, aquélla reina que se mató por amor, enamorada del mismo, después de haber jura­do lealtad a las cenizas de Siqueo.

La Muerte Segunda, en sí misma, suele ser muy do­lorosa. El Ego siente que se vuelve pedazos, los dedos se caen, y sus brazos, sus piernas... Sufre un desma­yo tremendo; momentos después la Esencia, lo que hay de Alma metida dentro del Ego, asume infantil figura; entonces se torna como un Gnomo o Pigmeo, para in­gresar en la evolución de los Elementales minerales.

            Elementales de la naturaleza, los hay de variadas clases. Autoridad en esa materia tenemos a Franz Hart­mann; bastante interesante es su libro escrito "Los Ele­mentales", precisamente. Tenemos a Paracelso, el gran médico Felipe Teofastro Bombasto de Hohenheim (Au­reola Paracelso). En todo caso, los Elementales son las Conciencias de los elementos, porque bien sabemos que los elementos (fuego, aire, agua, tierra) no son algo meramente físico, como suponen los ignorantes ilustrados, sino más bien, dijéramos, vehículos de Conciencias sencillas, sim­ples, primigenias, dijéramos, en el sentido más tras­cendental de la palabra. Así que, los Elementales son los principios conscientivos de los elementos, en el sen­tido trascendental o esencial de la palabra, y eso es todo.

            Ahora bien, continuemos con nuestra explicación. Es obvio que quienes han pasado por la Muerte Segun­da y salen a la superficie del mundo, reinician nue­vos procesos evolutivos que indubitablemente, habrán de empezar por el mineral, por la piedra, proseguirán en el vegetal, continuarán en el animal y por último ten­drán acceso a la vida humana, se reconquistará el esta­do humano, o humanoide, que otrora se perdiera.
            Resulta interesantísimo ver a esos Gnomos o Pigmeos entre las rocas; parecen pequeños enanitos, con sus grandes libros y su luenga barba blanca. Obviamen­te, esto que nosotros decimos, que he dicho en pleno siglo veinte, pues resulta bastante extraño, porque la gente se ha vuelto ahora tan complicada, la mente se ha desviado tanto de las sencillas verdades de la naturaleza, que es difícil que ya pueda aceptar de buena gana estas cosas. Más bien este tipo de conocimientos lo aceptan las gentes simples, sencillas, aqué­llos que no tienen tantas complicaciones en el intelecto.

            En todo caso, quiero decirles que los Elementales minerales, cuando ya ingresan en la evolución vegetal, se hacen interesantísimos. Cada planta es el cuerpo físico de un Elemental vegetal; esos Elementales de las plantas, tienen Conciencia, son inteligentes, y hay grandes esoteristas que saben manipularlos o manejar­los a voluntad. Resultan bellísimos; quienes los cono­cen, pueden por medio de ellos actuar sobre los ele­mentos de la naturaleza.
            Un poco más allá de los Elementales vegetales, tene­mos a los Elementales del reino animal. Indubita­blemente, sólo los Elementales vegetales avanzados tienen derecho a ingresar en organismos animales, y siempre se comienza la evolución, en el reino animal, por organismos simples, sencillos, pero a medida que se va evolucionando, se va también complicando la vida y llega el instante en que el Elemental animal puede tomar cuerpos orgánicos muy complejos. Posterior­mente, se reconquista el estado humano que otrora se perdiera. Al llegar a este estadio, se le asignan a los Elemen­tales, a la Esencia, a la Conciencia, al Alma (como ustedes quieran definirla o explicarla) ciento ocho existencias nuevamente para su autorrealización íntima. Si duran­te las ciento ocho existencias nuevas no se consigue la autorrealización íntima del Ser, prosigue la rueda de la vida girando y entonces se desciende nuevamente, entre las entrañas del reino mineral, con el propósito de eliminar (la Esencia) los elementos indeseables que en una u otra forma se adhieren a la psiquis, y se repite el mismo proceso.

            Conclusión: la rueda gira tres mil veces. Si en tres mil ciclos, de ciento ocho existencias cada uno, cada ciclo, no se autorrealizan las Esencias, toda puerta se cierra, y la Esencia misma, convertida en un Elemental inocente, se sumerge entre el seno de la Gran Realidad, es de­cir, entre el Gran Alaya del Universo, entre el Es­píritu Universal de Vida o Parabrahatman, como lo denominan los indostanes.

            Esta es la vida, pues, de los que descienden al interior de la Tierra, después de la muerte. Vemos, pues, que después de la desencarnación, unos suben a los mundos superiores para unas vacaciones, otros descienden en las entrañas de la Tierra y hay otros que retornan en forma mediata o inmediata, se reincorporan, vuelven para repetir, de inmediato también, su existencia aquí, en este mundo.

            Mientras uno tenga que retornar o regresar, pues tiene que repetir su propia vida. Ya vimos que la muerte es el regreso al punto de partida original; ya les expliqué también que después de la muerte, en la Eternidad, en la luz astral, dijéramos, tenemos que revivir la existencia que acaba de pasar. Ahora les diré que al volver, al re­tornar, al regresar, tenemos que repetir otra vez, en el tapete de la vida, o sobre el tapete de la existencia, toda nuestra misma vida.

            P.- Venerable Maestro: usted nos ha hablado del descen­so de las Almas o Esencias al interior de la Tierra y de su posterior evolución, al salir del infernus, por los reinos mineral, vegetal y animal, hasta reconquistar el estado humano. También ha hablado de regresar esas Esencias, después de la muerte. ¿En cuál de los dos casos se refiere usted a la Doctrina de la Transmigra­ción de las Almas?

            R.- Bueno, en el primer caso mencioné únicamente la Ley de la Transmigración de las Almas y aquéllas (Al­mas) que cumplían el ciclo de las ciento ocho existencias, que les tocaba descender entre las entrañas del mundo y que posteriormente, muerto el Ego, volverían a evolucionar desde el mineral hasta el hombre. Esa es la Doctrina de la Transmigración de las Almas.

            Ahora estoy hablando, de la Doctrina del Eterno Retor­no de todas las cosas, junto con esa Ley, que se llama la Doctrina de la Recurrencia. Si uno, en vez de descen­der entre las entrañas del mundo, retorna en forma mediata o inmediata, aquí, al mundo, es obvio que ten­drá que repetirse, sobre el tapete de la existencia, sobre el tapete del mundo, su misma vida, la vida que finalizó.

            Ustedes me dirán que eso es demasiado aburridor. To­dos estamos aquí, repitiendo lo que hicimos en la pasa­da existencia, en el pasado retorno. ¡Claro que si es tremendamente aburridor!, pero los culpables somos nosotros mismos, porque como ya les he dicho, un hom­bre es lo que es su vida; si nosotros no modificamos la vida, tendremos que estaría repitiendo incesantemente. Desencarnamos y volvemos a tomar cuerpo físico, ¿pa­ra qué? Para repetir lo mismo. Y volvemos a desencarnar para volver a tomar cuerpo y repetir lo mismo, y llega el día en que tenemos que irnos "con nuestra música a otra parte", tenemos que descender entre las entrañas del mundo, hasta la Muerte Segunda. Pero no se pue­den evitar tales repeticiones; tales repeticiones es lo que se conoce como la Ley de Recurrencia: todo vuel­ve a ocurrir, tal como sucedió. Pero ¿por qué?, dirán ustedes, ¿por qué tiene que repetirse lo mismo? Bueno, esto merece una explicación.

            Ante todo, quiero que sepan que el Yo no es algo me­ramente autónomo o autoconsciente, o dijéramos muy individual. Ciertamente, el Yo es una suma de Yoes. La Psicología común y corriente, la Psicología oficial, piensa en el Yo como una totalidad; nosotros pensa­mos en el Yo como una suma de Yoes, porque uno es el Yo de la ira, otro es el Yo de la codicia, otro es el Yo de la lujuria, otro es el Yo de la envidia, otro es el Yo de la pereza, otro es el Yo de la gula (son distintos Yoes, no hay un solo Yo, sino va­rios Yoes dentro de nuestro organismo). Es obvio que la pluralidad del Yo le sirve de funda­mento, pues, a la "Doctrina de los Muchos", tal co­mo se enseña en el Tíbet Oriental. En respaldo de la Doctrina de los Muchos, está el Gran Kabir Je­sús. Dicen que él sacó del cuerpo de María Magdalena siete demonios; no hay duda que se trata de los siete pecados capitales: ira, codicia, lujuria, envidia, or­gullo, pereza, gula. Cada uno de esos siete es cabeza de legión y como ya les dije, aunque tuviéramos mil lenguas para hablar y paladar de acero, no alcanzaríamos a enumerar todos nuestros defectos cabalmente.

            Cada defecto es un Yo en sí mismo; así que, tene­mos muchos Yoes-Defectos. Si calificamos de "demo­nios" a tales Yoes-Defectos, pues no estamos equi­vocados. En el Evangelio Crístico, se le pregunta al po­seso por su nombre verdadero y contesta: "Soy legión, mi verdadero nombre es legión!" Así, cada uno de nos o­tros, en el fondo, es legión y cada Yo-Demonio de la legión quiere controlar el cerebro, quiere controlar los cinco centros principales de la máquina orgánica, quiere descollar, subir, trepar al tope de la escalera, hacerse sentir, etc. Cada Yo-Demonio es como una persona dentro de nuestro cuerpo; si decimos que dentro de nuestra personalidad viven muchas personas, no estamos equivo­cados; en verdad, así es.

            Así que, la repetición mecánica de los diversos even­tos, de nuestra pasada existencia, se debe ciertamen­te a la multiplicidad del Yo. Vamos a situar casos concretos: supongamos que en una pasada existencia, a la edad de treinta años, nos peleamos con otro sujeto en la Cantina (caso común de la vida). Obviamente, el Yo-Defecto de la ira fue el personaje principal de la escena. Después de la muerte, ese Yo-Defecto continúa en la Eternidad y en la nueva existencia, permanece en el fondo de nuestra subconsciencia, aguardando que lle­gue la edad de los treinta años para volver a una Cantina; en su interior hay resentimiento y desea encontrar al sujeto de aquél evento. A su vez, el otro sujeto, el que tomó parte en el evento aquél trágico, "cantinero", también tiene su Yo: el Yo que quiere vengarse, que permanece en el fondo del subconsciente, aguardando el instante ese de entrar en actividad. Llegada la edad de los treinta años, el Yo del sujeto, el Yo ira, el Yo que formó parte de aquél evento trágico, metido en el subconsciente dice: "Tengo que encontrarme con aquél hombre". A su vez, él dice: "Yo tengo que encontrarme con ese". Y telepáticamente ambos se ponen de acuerdo, y al fin se dan telepáticamente cita en alguna Cantina, se encuentran físicamente, personalmente, en la nueva existencia, y repiten la escena, tal como sucedió en la pasada existencia.

            Todo esto que sucede, escapa a nuestro intelecto, está por debajo de nuestro razonamiento. Sencillamente he­mos sido arrastrados a una tragedia, hemos sido lleva­dos, inconscientemente, a repetir lo mismo.

            Ahora tengamos el caso de que alguien, a la edad de los treinta años, en su pasada existencia tuvo una aventu­ra amorosa (un hombre que tuvo una aventura con una dama). El Yo aquél de la aventura continúa vivo después de la aventura, y después de la muerte continúa vivo en la Eternidad. Al regresar, al reincorporarnos en un nuevo organismo, aquél Yo de la aventura sigue vivo, aguarda en el fondo del subconsciente, en los repliegues más bien inconscientes de la vida de la psiquis. En momento de entrar en una nueva actividad, y al llegar a la edad de la aventura pasada, es decir, a los treinta años, dice: "Bueno, ahora sí es el momento, ahora voy a salir a buscar la dama de mis ensueños". A su vez, el Yo de la dama de sus ensueños, el de la aventura, dice lo mismo: "Este es el instante, voy a buscar a aquél caballero"... Y por debajo de la razón, se las arreglan telepáticamente, ambos se hacen la cita y arrastran cada uno la personalidad, todo a espal­das de la inteligencia, todo a espaldas del ministerio de la intelectualidad, y viene el hecho y se repite la aventura.

            Así que nosotros en verdad, aunque parezca increíble, no hacemos nada, todo nos sucede, como cuando llue­ve, como cuando truena.

            Un pleito que uno haya tenido por bienes terrenales, digamos, por nada, casi, el Yo de aquél pleito, des­pués de la muerte sigue vivo y en la nueva existencia sigue vivo, está escondido en los repliegues de la men­te, aguardando el instante de entrar en actividad. Si aquél pleito fue a la edad de cincuenta años, aguarda a que lleguen los cincuenta años y a la edad de los cincuenta años dirá: "Este es el momento" y seguro que aquél con quien tuvo el pleito dirá también que "es el momento", y se reencuentran para otro pleito similar y repiten la escena. Entonces, esto demuestra que ni siquiera tenemos libre albedrío, todo nos sucede, repito, como cuando llue­ve o como cuando truena. Hay un pequeño margen de libre albedrío (es muy poco). Imagínense ustedes, por un momento, un violín metido dentro de un estuche: hay un margen muy mínimo (libre) para ese violín. Así también es nuestro libre albedrío: es casi nulo, lo que hay es un pequeño margen de libre albedrío, imperceptible, que si lo sabemos aprovechar, puede suce­der entonces que nos transformemos radicalmente y nos liberemos de la Ley de Recurrencia; pero hay que sa­berlo aprovechar.

            Sí, en la vida práctica tenemos que volvernos nosotros un poquito más autoobservadores. Cuando uno acepta que tiene una psicología, comienza a observarse a sí mismo y cuando alguien comienza a observarse a sí mismo, comienza también a volverse diferente a todo el mundo.

            Es en la calle, es en la casa, es en el trabajo donde nuestros defectos, esos defectos que llevamos escon­didos, afloran espontáneamente, y si estamos alertas y vigilantes, como el vigía en época de guerra, enton­ces los vemos. Defecto descubierto, debe ser enjuicia­do a través del análisis, de la reflexión y de la medi­tación íntima del Ser con el objeto de comprenderlo. Cuando uno comprende tal o cual Yo-Defecto, enton­ces está debidamente preparado para desintegrarlo atómicamente. ¿Es posible desintegrarlo? Sí es posible, pero necesita­mos de un poder que sea superior a la mente, porque la mente por sí misma no puede alterar, fundamental­mente, ningún defecto psicológico. Puede rotularlo con distintos nombres, puede pasarlo de un nivel a otro del entendimiento, puede ocultarlo de sí misma o de los demás, puede justificarlo o con­denarlo, etc., pero jamás alterarlo radicalmente. Nece­sitamos de un poder que sea superior a la mente, un poder que pueda desintegrar cualquier Yo-Defecto; ese poder está latente en el fondo de nuestra psiquis, sólo es cuestión de conocerlo para aprenderlo a usar. A tal poder en el Oriente, en la India, se le denomina Devi Kundalini, la serpiente ígnea de nuestros má­gicos poderes. En la gran Tenochtitlán, se le denomi­naba Tonantzin; entre los alquimistas medievales recibe el nombre de Stella Maris, la Virgen del Mar; entre los hebreos, recibía el nombre de Adonía; entre los cretenses se le conocía con el nombre de Cibeles; entre los egipcios era Isis, "a quien ningún mortal ha levantado el velo"; entre los cristianos es María, Maya, es decir, Dios Madre.

            Hemos pensado nosotros muchas veces en Dios como Padre, pero bien vale la pena pensar en Dios como Ma­dre, como amor, como misericordia. Dios Madre habita en el fondo de nuestra psiquis, es decir, está en el Ser. Podría decirles que Dios Madre es una parte de nuestro propio Ser, pero derivado.

            Distíngase entre el Ser y el Yo. El Ser y el Yo son incompatibles, son como el agua y el aceite, que no pueden mezclarse. El Ser es el Ser y la razón de ser del Ser, es el mismo Ser. El Ser es lo que es, lo que siempre ha sido y lo que siempre será; es la vida que palpita en cada átomo, como palpita en cada Sol.

            Así pues, Dios Madre es una variante de nuestro propio Ser, pero derivado. Esto significa que cada cual, tiene su Madre Divina particular, individual (Kundali­ni, como dicen los indostanes; estoy de acuerdo con ese término). Considero que nosotros podemos encon­trar a la Divina Madre Kundalini en meditación profunda, y suplicarle entonces que desintegre aquél Yo-Defec­to que hemos comprendido perfectamente, a través de la meditación. La divina Madre Kundalini procederá y lo desintegrará, lo reducirá a polvareda cósmica. Al desintegrar ese de­fecto, libera esencia anímica, pues dentro de cada Yo-Defecto hay cierto porcentaje de esencia anímica em­botellada. Pero si se desintegra un defecto, se libera esencia anímica; si se desintegran dos defectos, pues se libera más esencia anímica, y si se desintegran to­dos los defectos psicológicos que cargamos en nuestro interior, entonces liberamos totalmente la Conciencia.

            Una Conciencia liberada es una Conciencia que despier­ta. Una Conciencia despierta, es una Conciencia que podrá ver y oír, tocar y palpar los grandes Misterios de la Vida y de la Muerte; es una Conciencia que podrá experimentar por si misma y en forma directa, eso que es lo real, eso que es la verdad, eso que está más allá del cuerpo, de los afectos y de la mente.

            Cuando a Jesús el Gran Kabir, Pilato le preguntaba cuál es la verdad, guardó silencio, y cuando al Buddha Gautama Sakyamuni, el Príncipe Sidharta, le hicieron la misma pregunta, dio la espalda y se retiró. La verdad es lo desconocido de momento en momento, de instante en instante; sólo con la muerte del Ego, adviene a nosotros eso que es la verdad.

            La verdad hay que experimentarla, repito, como cuan­do uno mete el dedo en la lumbre y se quema. Una teo­ría, por muy bella que sea, con respecto a la verdad no es la verdad; una teoría, digo, o una opinión, por muy venerable o respetable que sea, con relación a la verdad tampoco es la verdad. Cualquier idea que tenga­mos, con respecto a la verdad no es la verdad, aunque la idea sea muy luminosa. Cualquier tesis que nosotros podamos plantear sobre la verdad, tampoco es la ver­dad. La verdad hay que experimentarla, repito, como cuando uno mete el dedo en la lumbre y se quema.

            La verdad está más allá del cuerpo, de los afectos y de la mente, y sólo puede ser experimentada en ausencia del Yo psicológico; sin haber disuelto el Yo, no es posible la experiencia de lo real. El intelecto, por muy brillante que sea, por muy hermosas teorías que posea, no es la verdad. Como dijera Goethe, el creador del "Fausto": "Toda teoría es gris y sólo es verde el árbol de dorados frutos que es la vida". Así que, nosotros necesitamos desintegrar el Ego de la Psicología para liberar la Conciencia; sólo así podremos llegar a experimentar la verdad.

            Jesús El Cristo dijo: "Conoced la verdad y ella os hará libres" (nosotros necesitamos experimentarla directamen­te). Cuando alguien consigue de verdad destruir el Ego, se libera de la Ley de Recurrencia, hace de su vida una obra maestra, se convierte en un genio, en un iluminado, en el sentido más completo de la palabra. Cuando alguien libera su Conciencia, obviamente cono­ce la verdad. Hay que liberarla, y no es posible liberar­la si no se disuelve el Ego de la Psicología.

            Quienes alaban al Yo, son ególatras por naturaleza y por siste­ma. Al Yo lo alaban los mitómanos porque son mitóma­nos; al Yo lo alaban los paranoicos, porque son para­noicos, y los ególatras porque son ególatras.

            La vida, sobre la faz de la Tierra, sería distinta si noso­tros disolviéramos el Ego, el Yo; entonces la Concien­cia de cada uno, despierta, iluminada, irradiaría amor y habría paz sobre la faz de la Tierra.

            La paz no es cuestión de propagandas, ni de apacigua­mientos, ni de ejércitos, ni de "OEAS", ni de "ONUS", ni nada por el estilo; la paz es una substancia que ema­na del Ser, que emana de las entrañas mismas del Ab­soluto. No puede haber paz sobre la faz del mundo, no puede haber verdadera felicidad en todos los rincones de la Tierra, en tanto los factores que producen gue­rras existan en el interior de nosotros. Es claro que mientras en cada uno de nosotros haya discordia, en el mun­do habrá discordia. La masa no es más que una extensión del individuo; lo que es el individuo, es la masa y lo que es la masa exterior, es el mundo. Si el individuo se transforma, si el individuo elimina de sí mismo los elementos del odio, del egoísmo, de la violencia, de la discordia, etc., es decir, si consigue destruir el Ego para que su Conciencia quede libre, se dará, en él, eso que se llama "amor". Si cada individuo de los que pueblan la faz de la Tie­rra disolviera el Ego, las masas serían masas de amor, no habrían guerras, no habrían odios; pero no puede haber verdadera paz en el mundo, mientras exista el Ego.

            Algunos afirman que desde el año 2.001 o 2.007 en adelante, vendrá la era de la fraternidad, del amor y de la paz. Empero, pensando aquí en voz alta, me pre­gunto y me digo a mí mismo, y hasta le pregunto a us­tedes: ¿de dónde van a sacar esa era de fraternidad, de amor y de paz entre "los hombres de buena voluntad"? ¿Creen ustedes acaso que el Ego de la Psicología con sus odios, con sus rencores, con sus envidias, con sus ambiciones, con sus lujurias, etc., puede crear una edad de amor, de felicidad, etc., etc.? ¿Podría acaso darse ese asunto? ¡Obviamente que no!

            Si queremos de verdad la paz en el mundo, tiene que destruirse en nosotros lo que tenemos de inhumanos: el odio que cargamos, las envidias, los celos espantosos, esa ira que nos hace tan abominables, esa fornicación que nos hace tan bestiales, etc. Más en tanto continúen existiendo tales factores den­tro de nuestra psiquis, el mundo no podrá ser diferente; antes bien, se volverá peor, porque a través del tiempo el Ego se irá volviendo cada vez más poderoso, más fuerte, y conforme el Ego se manifieste con más violencia, el mundo se irá haciendo cada vez más tenebroso. Y al paso que vamos, si no trabajamos sobre sí mismos, llegará un día en que ya ni siquiera podremos existir, porque unos a otros nos destruiremos violentamente. Si continuara robusteciéndose el Ego indefinidamente, así como vamos, llegará el momento en que nadie po­drá tener seguridad, de su vida, ni de su hogar. En un mundo donde la violencia ha llegado al máximo, ya nadie tiene seguridad de su propia existencia.

            Así, creo firmemente, que la solución de todos los problemas del mundo está, precisamente, en la disolución del Yo.
            Hasta aquí mis palabras.


SAMAEL AUN WEOR

Conferencia dictada el 24 de Mayo de 1976, en la Asociación Gnósticas de San Luis Potosí, República de México.

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