domingo, 27 de septiembre de 2015

LAS REPRESENTACIONES DE LA MENTE.


                    PRIMERA PARTE


            Bien, mis queridos hermanos, hemos venido estudiando distintos aspectos relacionados con la mente, y hoy deberemos seguir ahondando en el terreno práctico, dijéramos, de estos interesantes estudios.

            De por sí, la eliminación de los agregados psíquicos resulta bastante difícil; sin embargo no es todo. Hay algo más que necesitamos vigilar, quiero referirme, en forma enfática, a las representaciones de la mente.

            En el mundo de los sentidos, existen representaciones disímiles, cuales son los objetos que nos rodean, las criaturas vivientes, etc., más también existen las representaciones de la mente.


            En la mente hay muchas representaciones que debemos tener en cuenta. Supongamos que tenemos, en la mente, la representación de un amigo a quien estimamos. Alguien no importa quien, nos habla contra ese amigo, se levanta contra el mismo toda clase de murmuraciones, calumnias, etc. Si nosotros le damos oídos a toda esa chismografía, entonces la imagen que tenemos de nuestro amigo, la representación, de hecho queda alterada. Ya no vemos en él, al sujeto amable que antes veíamos (lleno de armonía, etc.), sino que esa imagen asume, en nuestro entendimiento, la figura que otros le han dado (posiblemente la del bandido, la del ladrón, la del falso amigo, etc., etc.). En la noche, puede suceder que soñemos con nuestro amigo, y ya en modo alguno lo soñaremos con armonía: veremos que nos ataca, veremos que lo atacamos, soñamos que lo matamos, soñamos que él empuña un arma contra nosotros, etc. Es decir, queda completamente alterada la imagen del amigo, una representación que ha sido alterada.


            He ahí, pues, el error grave: dar oídos al chisme, a la calumnia, a la murmuración, al dice que se dice, etc.

            Obviamente, dentro de nuestra mente existen miles de representaciones, que pueden ser alte­radas si tomamos parte en conversaciones ne­gativas, si damos oído a la calumnia, si escuchamos al dice que se dice, etc. Por todas estas y otras cosas, nunca conviene darle oídos a las palabras ne­gativas de las gentes (eso es grave en el trasfondo psicológico).

            De manera que no solamente los agregados psíquicos, viva representación de nuestros de­fectos psicológicos, constituyen un fardo que en nuestro interior cargamos. Nunca debemos olvidar la cuestión esa de las representaciones del entendimiento.

            Los caminantes del sendero, por dar oídos a las conversaciones negativas, por estar en corrillos donde sólo se escuchan frases negativas, suelen deformar, no una, sino muchas representacio­nes del entendimiento, y estas, en el mundo de la mente, constituyen verdaderos demo­nios que conforman un obstáculo o una serie de obstáculos infranqueables para el despertar de la Conciencia. Así podemos explicarnos el caso de muchos hermanos y hermanas gnósticas que en las no­ches suelen siempre tener innúmeros sueños de tipo negativo (a veces sueñan que matan o que les matan que les persiguen o que persiguen, etc.).

            Lo más grave es cargar tales enemigos dentro de la psiquis, en la propia mente. Obviamente, lo más indicado (cuando se tie­nen representaciones de tipo negativo) es ape­lar al poder serpentino anular que se desarrolla en el cuerpo del asceta gnóstico. Habrá que invocar a Devi Kundalini Shakti, para que elimine tales representaciones de tipo negativo.

            En el fondo, para mi modo de ver y entender las cosas, no deberíamos de tener representaciones negativas o positivas en la mente. La mente debería quedar quieta y receptiva, serena, a disposición del Ser. Para ello se necesitaría que la personalidad humana se tornara pasiva. Una personalidad pasiva es una personalidad recep­tiva, recibe los mensajes que vienen de las partes más elevadas del Ser. Indubitablemente, tales mensajes pasan a través de los centros superiores del Ser, antes de entrar a la mente (he ahí la ventaja de tener una personalidad pasiva). Pero no sería tampoco posible tener una personalidad pasiva cuando ésta se encuentra controlada por elementos muy pesados, por agregados muy difíciles, relacionados con el mundo de las noventa y seis leyes, es decir, con la región del Tartarus.

            La personalidad de las gentes es activa porque está controlada por agregados del odio, del orgullo, de la envidia, de los abominables celos, de la espantosa lujuria, del egoísmo que todo lo quiere para sí y nada para los demás; o del en­greimiento ante nuestros semejantes (sin fun­damento, porque en realidad de verdad, nosotros no somos sino míseros gusanos del lodo de la tierra). Si logramos eliminar de nuestra psiquis esos elementos psicológicos tan pesados, la persona­lidad humana se torna pasiva, y la mente se vuelve receptiva para los mensajes que descien­den de la parte más elevada del Ser, a través de los centros superiores de nuestra psiquis.

            Ahora van comprendiendo ustedes mis que­ridos amigos, la necesidad de eliminar esos elementos que he citado, que de sí son pe­sados. Con Devi Kundalini Shakti, que es la ser­piente ígnea de nuestros mágicos poderes, podemos eliminar (de hecho) esos elementos pe­sados. ¡Sería un triunfo, porque así recibiríamos los mensajes directos que vienen de la parte más elevada del Ser! Por todo esto, les digo, hay que trabajar sobre sí mismos.

            Una mente quieta, limpia, unitotal, receptiva, una mente que no proyecta, sino que recibe en vez de proyectar, no tendría el mal gusto de aceptar representaciones de tipo positivo o negativo en los distintos fondos del entendi­miento. Una mente así, solamente asimilaría los mensajes que vie­nen de la parte más alta de nuestro Ser.

            Pero en tanto nosotros continuemos dándole albergue a las distintas representaciones del entendi­miento, es obvio que la mente no estará pasiva jamás. Será una mente proyectista, y una mente proyectista, en realidad de verdad, está condicionada por el tiempo y por el dolor.

            Así, analizando esto a fondo, veremos que no solamente debemos eliminar agregados psíquicos indeseables, sino que tenemos (además) un problema muy difícil con la cuestión de las representaciones (el problema que yo veo difícil, para la iluminación interior, es que cargamos tantas representaciones aden­tro, además de los agregados psíquicos inhu­manos).

            Si se estudia cuidadosamente la vida de los sueños, hallaremos en ellos tantas cosas vagas e incohe­rentes, imprecisas, tantos aspectos sub­jetivos, tantas cosas absurdas: personas, hechos que no tienen realidad, que en sí se vuelven incoheren­tes. Por tal motivo, nos deben invitar a la re­flexión.

            Uno quiere como costumbre, tener claridad conceptual, ideas lúcidas, iluminación radical, sin incoherencias, sin vaguedades, sin subjetivis­mos de ninguna especie. Más, desgraciadamente, las representaciones que en nuestro interior cargamos, y los diversos agregados, condicionan en tal forma a la Conciencia, que realmente la mantienen dentro del carril nada agradable de la subconsciencia y hasta de la infraconsciencia e inconsciencia.

            Así pues, les invito a la reflexión, les invito a comprender estas cosas, tan indispensables para la mente.

            En el mundo oriental se habla muy en síntesis. Por ejemplo, en el Budismo Zen y Chang, se nos dice que "hay que llegar a la quietud, al silencio de la mente, con el propósito de lograr un día, la irrupción del Vacío Iluminador"; se nos dice que "en el Satori hay verdadera felicidad". Se quiere, en las salas de meditación, conseguir la quietud de la mente (por dentro, por fuera y en el centro), y se nos dice que "la mente debe quedar como un muro, absoluta­mente quieta". Bueno, me doy cuenta que en las salas de medita­ción en el Japón, es posible conseguir el Satori, pero éste dura tan sólo unos cuantos minutos, o en el mejor de los casos una o más horas, después de lo cual la mente vuelve a estar tan agitada como siempre. Sale uno del estado aquel de felicidad para presentarse ante el mundo (dichoso, embriagado por el Samadhi). Claro, interviene el Gurú, dándole a uno unas cuantas bofetadas para sacarlo de ese estado y conseguir que se equilibre. De lo contrario (se dice en el Zen), se caería en la enfermedad del Satori. Claro que en un estado, dijéramos, de exaltación mística extraordinaria (a toda hora, de día y de noche), se olvida uno de que existe, pierde el equilibrio, en relación con las cosas de la existencia. Pero entonces el Gurú, con unas cuantas bofetadas, bien dadas, lo saca a uno de ese estado y lo equilibra.

            Bueno, esto tiene su aspecto interesante, pero (repito) al volver a la vida práctica, la gente vuelve a estar otra vez en ese incesante batallar de las antítesis, esa lucha tan horrible de los opues­tos, características propias del dualismo de la mente.

            No hay paz en una mente así. En una mente que no sea íntegra, unitotal, no puede haber paz. En una mente que no sea estrictamente receptiva y no proyectista, no puede haber paz, ni iluminación continua.

            Nosotros queremos algo más, algo más que lo que se pueda lograr en una sala de meditación Zen o Chang. Queremos un despertar también de la mente, que­remos una mente receptiva a los intuitos que vienen de allá arriba, del cielo de Urania; una mente iluminada.

            ¿Sería esto posible si nosotros le permitiéra­mos, a los agregados psíquicos, que continuaran exis­tiendo en nuestra psiquis? ¿Sería esto posible, si nosotros diéramos oídos a la chismografía para alterar las representaciones que cargamos en el entendimiento? ¿Sería esto posible (me digo a mi mismo y lo comparto con ustedes, al pensar en voz alta), si nosotros continuáramos dándole hospitalidad a las representaciones negativas o positivas?

            La Blavatsky, en "La Voz del Silencio" tiene una frase que me ha gustado mucho. Dice: "Antes que la llama de oro pueda arder con luz serena, la lámpara debe estar bien cuidada, al abrigo de todo viento". "Los pensamientos terrenales deben caer muertos a las puertas del templo"; esa frase de la Blavatsky, en su maravillosa obra "La Voz del Silencio", es formidable, extraordinaria. Sólo así, digo, sería posible que en verdad la mente quedara quieta y en silencio, por fuera, por dentro y en el centro; no por un rato ni dentro de una sala de medi­tación sino en forma continua.

            ¿Qué es un maestro del Samadhi? ¿Saben ustedes que goza de una Conciencia continua, que al fin logró la quietud y el silencio de su mente, en forma siempre perenne?
            Conforme uno va estudiando estos replie­gues de la mente, va comprendiendo también que la quietud y el silencio total del entendimiento, no son posibles en tanto la mente esté ocupada por los agregados psíquicos y por las representaciones.

            Podría objetárseme diciendo que "existen representaciones loables, claras y magnificas". Todo eso es aceptado, pero no es el Ser en nosotros (lo importante es el Ser).

            Pero, ¿por qué debemos tener, dentro de nuestra mente, cosas que no son del Ser? ¡No veo por qué tenemos que cargar (en nuestra mente) intrusos! He comprendido que en la mente solamente debe estar el Ser, que la mente debe convertirse en un templo donde oficie el Ser y nada más que el Ser; eso es todo. Pero mientras ese templo esté lleno de elementos extraños: cosas, muebles, escaparates, animales, representaciones, agregados, pues sé que existe un sueño profundo de la Conciencia, sé que existe inconsciencia, sé que tienen que haber sueños vagos, morbosos, fatuos, necios, incoherentes, imprecisos, etc.

            "Al hombre se le conoce por sus sueños", dijo Platón, en su "República" (yo he estudiado la obra de Platón, en dos tomos, y me parece maravillosa). Realmente, la vida de los sueños resul­ta importantísima, porque los sueños de cada cual dicen lo que cada cual es.

            Dichoso el día en que nosotros dejemos de soñar, en que todas esas cucara­chas que cargamos en el cerebro se vuelvan polvo, en que todas esas incoherencias absurdas no existan, en que todos esos estados amorfos, fatuos, imprecisos, insubstanciales, inodoros, no tengan existencia de ninguna clase. ¡Dichoso el día en que ya no soñemos, en que dejemos de soñar! Cuando un hombre deja de soñar ha triunfado.

            No se necesitan los sueños en la mente. Mientras uno se vaya para el espacio psicológico a proyectar sueños, imprecisos y absurdos, esto nos indica que vamos muy mal, esto nos indica que tenemos una mente llena de mucha basura, de mucha pacotilla.
            Como les decía en pasadas pláticas, el verdadero iluminado no tiene sueños, los sueños son para los dormidos. El verdadero iluminado vive en los mundos superiores, fuera del cuerpo físico, en estado de intensificada vi­gilia, sin soñar jamás. El verdadero ilumina­do después de la muerte del cuerpo físico, está despierto en el espacio psicológico.

            Así pues que, reflexionen en la necesidad de lle­gar a la quietud y al silencio de la mente.
            ¿Qué diremos nosotros, mis caros discípulos, sobre los tres alimen­tos? Ya expliqué, la vez pasada, cómo es que uno se alimenta con primer alimento, el alimento del cuerpo físico (no pienso añadir nada más de esto a eso). Luego hablamos también sobre el segundo alimento, que es la respiración, más importante que aquél que va hacia el estómago. Pero hay un tercer alimento, del que le dije a ustedes que es el de las impresiones (nadie puede vivir sin im­presiones siquiera un minuto).

            Todo esto les llega a ustedes por medio de las impresiones. Ustedes me están escuchando, aquí, y a la mente de ustedes están llegando distintas clases de impresiones. Ven ustedes una figura humana, vestida con una vestidura sagrada, de la Orden de los Caballeros del Santo Grial, etc. Todo esto les llega a través de las impresiones, o por medio de las impresiones (todo esto es impresiones para ustedes).

            Desgraciadamente, el ser humano no sabe seleccionar sus impresiones, abre la puerta a todas las impresiones negativas. ¿Qué dirían ustedes, por ejemplo, ahora que estamos aquí, en este salón, si le abrié­ramos la puerta a unos ladrones para que entraran? Pregunto a estos hermanos que nos acompañan aquí, en esta plática: ¿A ustedes les parecería correcto que el Guardián abriera la puerta, por ejemplo al vandalaje? Obviamente, el Guardián cometería un absurdo y ustedes se lo demandarían. Sin embargo, no hacemos lo mismo con las impresiones: le abrimos las puertas a todas las impresiones negativas del mundo. Estas penetran en nuestra psiquis y hacen des­trozos allá adentro, se transforman en agrega­dos psíquicos y desarrollan en nosotros el centro emocional negativo. En conclusión, nos llenan de lodo, pero se las abrimos... ¿Será correcto eso? ¿Será correcto que una persona que viene, por ejemplo, llena de impresiones negativas que emanan de su centro emocional negativo, sea acogida por nosotros; que abramos las puertas a todas las emociones negativas de esa persona? ¡Parece que no sabemos seleccionar las impresiones, y eso es muy grave! Nosotros debemos aprender a abrir y cerrar las puer­tas de nuestra psiquis a las impresiones: abrir las puertas a las impresiones nobles, limpias; cerrarlas a las impresiones negativas y ab­surdas. O sea, las impresiones negativas causan daño, desarrollan el centro emocional negativo en nosotros, nos perjudican. ¿Por qué hemos de abrir las puertas a las impresiones nega­tivas?

            Vean ustedes lo que uno hace estando en grupos, en multitudes. Yo les aseguro que nin­guno de ustedes, por ejemplo, ahorita se atrevería a salir a la calle, a lanzar piedras contra nadie, ¿verdad? Sin embargo en grupo, ¡quién sabe! Puede que alguien se meta dentro de una gran manifestación pública y ya esté enardecido por el entusiasmo, y si las multitudes lanzan piedras, él también resulta lanzando piedras, aunque después se diga a sí mismo: "¿Y por qué las lancé, por qué hice eso?" Recuerdo una de esas manifestaciones, hace unos cuantos años, cuando los maestros de escuela se levantaron en muchas huelgas, protestas y manifestaciones. Entonces vimos cosas insólitas, aquí en pleno Distrito federal, hace unos diez o quince años... ¿Qué vimos? A profesores muy decentes, muy cultos, muy dignos, que ya en multitud, agarraban piedras y las lanzaban con fuerza contra vidrios, contra las gentes, contra quienes podían. Esos profesores de escuela nunca lo hubieran hecho a solas, pero sí en multitud.

            En grupo, el ser humano se comporta muy distinto, hace cosas que nunca haría solo. ¿A qué se debe eso? Pues a las impresiones negativas, y resulta haciendo lo que nunca haría a solas. Por eso es necesario que nosotros aprendamos a seleccionar nuestras impresiones.

            Cuando uno abre las puertas a las impresiones negativas, no solamente altera el orden del centro emocional, que está en el corazón, si no que lo torna negativo. Si abre uno sus puertas, por ejemplo, a la emoción negativa de una persona que viene llena de ira porque alguien le ocasionó algún daño, entonces termina uno, pues, aliado con esa persona y contra aquélla que oca­sionó el daño; termina uno lleno de ira, sin siquiera tener parte tampoco en el asunto.

            Supongamos que uno le abre las puertas a las impresiones negativas de un borracho, al que encontramos durante una pachanga, pues termina uno aceptándole una copita al borracho, y luego dos, tres, diez... Conclusión: ¡borracho también! Supongamos que uno le abre las puertas a las impresiones negativas (por ejemplo, de una persona del sexo opuesto). Termina uno también fornicando, cometiendo toda clase de delitos. Si le abrimos las puertas a las impresiones negativas de un drogadicto, resultamos también fumando marihuana (¡y con semilla y todo!). Conclusión: ¡fracaso!

            Así es como los seres humanos se contagian unos a otros. Dentro de ambientes negativos, los borrachos contagian a los borrachos, los ladrones vuelven ladrones a otros, los homicidas contagian a otros, los drogadictos se contagian entre sí, y se multiplican los drogadictos, se multiplican los asesinos, se multiplican los ladrones, se multiplican los usureros... ¿Por qué? Porque cometemos siempre el error de abrirle las puertas a las emociones negativas, y eso no está correcto.

            ¡Seleccionemos las impresiones! Si alguien nos trae emociones positivas de luz, de armonía, de belleza, de sabiduría, de amor, de poesía, de perfección, abrámosle las puertas de nuestro corazón. Pero si alguien nos trae emociones negativas de odio, de violencia, de celos, de drogas, de alcohol, de fornicación y de adulterio, ¿por qué tenemos que abrirle las puertas de nuestro corazón? ¡Cerrémoslas, cerremos las puertas a las impresiones negativas! Cuando uno reflexiona en todo esto, puede perfectamente modificarse, hacer de su vida algo mejor.

            ¿Por qué alteramos nosotros las representaciones? Tenemos la representación de un gran amigo que siempre nos ha servido: bondadoso, caritativo, maravilloso. De pronto, alguien, emocionado, pues, o lleno de emociones negativas, viene a hablar en contra de nuestro amigo. Entonces abrimos las puertas a esas impresiones negativas del que está murmurando, del que está diciendo que nuestro amigo es un ladrón, un bandido, un salteador de Bancos, y cincuenta mil cosas. Pero la representación que tenemos en la mente, con esas impresiones negativas se al­tera. Dentro de nuestra mente, tal representación alterada, se convierte en un verdadero demonio que obstaculiza el trabajo sobre sí mismos. Por todo esto y muchas otras cosas, verán ustedes que eso de limpiar el templo de la mente, es bastante difícil, más no imposible.
            Necesitamos tener una mente clara, un templo limpio, sin suciedades, sin abominaciones de ninguna especie. Pero hay que saber vivir, es necesario saber vivir.
            En la vida práctica, desgraciadamente, la gente no sabe vivir; todos le echan la culpa de sus sufrimientos, de sus amarguras, a los demás, y el único que verdaderamente tiene la culpa, somos nosotros mismos.

            Supongamos que uno de ustedes tiene guardados, por ejemplo, cincuenta mil pesos, en un mueble, en una caja cualquiera de su casa, y un familiar de ustedes les roba los cincuenta mil pesos. Claro que ustedes sufrirán horriblemente, ¿verdad? Cincuenta mil pesos, y perderlos así, de un momento a otro, les causaría mu­cho dolor: llorarían, irían a la Policía, pondrían una demanda aunque fuera un familiar... Tal vez no procederían así, por ser un familiar, pero el sufrimiento si lo cargarían adentro. Pero, ¿por qué sufren tanto por cincuenta mil pesos? Dirán: "¡Ah, es que me costó trabajarlos mucho!" ¿Y por eso sufren? Si no se tuviera el Yo del apego al dinero, perderían esos cincuenta mil pesos y que­darían riendo, no sufrirían.

            Supongamos que un hombre, de pronto encuentra a su mujer con otro hombre (es un caso grave, sobre todo si la llega a encontrar, pues, en pleno adulterio). No hay duda que, confundido por el dolor, puede sacar la pistola y darle de balazos. Pero, ¿por qué hace eso? Se justificará ante las autoridades diciendo: "¡Yo la encontré en el propio lecho del adulterio y claro yo tenía que reaccionar!" ¡Eso es una locura! Si ese hombre no tiene el Yo de los apegos ni de los celos, no hay quien sufra. Sencillamente, da la espalda y se retira, se va. Dice: "Bueno, ese es su mundo, allá ella. Cada cual es cada cual"... Se sien­te libre de ese lazo, porque ella lo desplazó, lo retiró, y al no tener celos, no hay dolor.

            Supongamos que un insultador nos insulta, hiere nuestro amor propio. Nosotros sufrimos horriblemente y contestamos al insulto con el insulto, pero si no hay nadie quien se hiera (aquí, adentro), ¿quién contesta? Supongamos que el insulto tenía palabras que iban a herir nuestro amor propio; pero si el Yo del amor propio no existe, ¿quién sufre? Supongamos que las palabras tenían por objeto calumniarnos, decir que somos unos ladrones. Pero supongamos que nosotros, en realidad de verdad, en primer lugar no somos ladrones, y en segundo lugar, no tenemos ese Yo que se quiere tanto a sí mismo, el Yo del amor propio. Entonces, ¿quién sufriría?

            Muchas veces alguien sufre porque ve a un amigo que tiene una linda casa y una bella esposa, y él está sin un céntimo en la bolsa (eso se llama "envidia", ¿verdad?). Pero si no tiene el Yo de la envidia, ¿por qué sufriría? Al contrario, se ale­graría de ver bien a su amigo.

            De manera que los demás no pueden causarnos dolor, el dolor nos lo causamos nosotros a sí mismos. Desintegrando el Ego, termina el dolor. La raíz del dolor está en el Ego, y cuando el Ego termina, solamente queda en nosotros la belleza del Ser. Esa belleza se transforma en eso que se llama "amor" y "felicidad". Entonces, al llegar a esas alturas, la mente está quieta y en silencio, ya no es una mente que proyecta, ya no es una mente que se ofende, que ya no reacciona por nada; sólo recibe los mensa­jes que vienen de las partes superiores del Ser, es una mente llena de plenitud.

            Más repito: no solamente los agregados psíquicos hay que eliminar. Claro, también hay que eliminar las representaciones de la mente, tanto las positivas como las negativas.

            Necesitamos limpiar el templo de la mente de toda basura; necesitamos que la lámpara arda dentro del templo de la mente; necesitamos que la llama de oro pueda arder con luz serena, dentro del ámbito del templo. Cuando la mente está quieta, cuando la mente está en silencio, adviene lo nuevo.

            Decir que "esta senda es muy hermosa y todo", pero a la vez preguntarnos que "qué hacemos con las preocupaciones, qué hacemos con los sufrimientos que nos ocasionan los demás, porque (decimos) es imposible llegar a tener la mente quieta y en silencio, cuando vivimos en un mundo lleno de problemas y dificultades", es absurdo, porque desintegrando los Yoes inhumanos que en nuestro interior cargamos, los problemas y las dificul­tades concluyen.

            Así pues, lo que necesitamos (hoy por hoy) es dejar la pereza mental y trabajar muy duro sobre sí mismos.

            Hasta aquí mis palabras de esta noche. Si alguno de los hermanos tiene algo que preguntar en relación con el tema, puede hacerlo con la más entera libertad.

            P.- Maestro: quiero saber cuales son las diferencias entre la quietud de la mente y la mente aquietada.
            R.- Bueno, naturalmente que hay que distinguir entre una  mente que está quieta y una mente que está aquietada; entre una men­te que está en silencio y una mente que está silenciada. En nombre de la verdad hemos de decir, en forma enfática, que la verdadera quietud y silencio de la mente, advienen cuando el Ego y las representaciones del entendimiento, han muerto. Cuando viene la quietud absoluta y el silencio absoluto, la mente se torna receptiva, queda en manos del Ser, y sólo el Ser puede hacer. ¿Alguna otra pregunta?

            P.- Maestro: ¿cual es la manera mas práctica de abrir o cerrar las puertas, de aceptar o rechazar las emociones negativas?
            R.- Lo más práctico es el sentido común, que aunque muchos dicen que "es el más común de los sentidos", yo diría que es el menos común de los sentidos. Claro que si aquí llega un ladrón y el Guardián le abre la puerta para que entre, entonces él comete un absurdo. Pero si llega un hermano y da tres golpes (acompasados y rítmicos) en esa puerta, pues el Guardián con mucho gusto le abre. También, si viene "Juan Perico de los Palotes" y trae un poco de emociones negativas, está emocionado porque resulta que encontró a una persona del sexo opuesto (para sus lujurias, para sus fornicaciones), y comienza a hablar de pornografía, y yo muy contento le abro las puertas, pues le estoy abriendo las puertas a unas emociones negativas. Y si viene un drogadicto fumando marihuana, y me dice que eso está muy bueno, que él, a través de la marihuana, ha tenido tales y tales y cuales percepciones; que ha logrado, pues, captar mensajes del "más allá" y del "no se qué", y emocionado me dice que "me de un toque", y yo "me doy un toque", soy un imbécil (¿verdad?), le he abierto las puertas a una emoción negativa. De manera que, esto está claro; no hay necesidad de complicar las cosas. ¿Alguna otra pregunta?

            P.- ¿Quiere decir esto, Venerable Maestro, que uno comete un error cuando habla de una tercera persona, ya sea bien o mal, sabiendo que los interlocutores no transforman esas impresiones?
            R.- Pues sí; uno no tiene por qué ocuparse de las personas, ni para bien ni para mal. Cada cual es cada cual. De manera que, mejor será que cada quien respete la vida ajena, y no abrirle las puertas a las emociones negativas, pues eso es absurdo. ¿Alguna otra pregunta?

            P.- Para no tener representaciones positivas o negativas, ¿qué debe uno tomar en cuenta, al actuar?
            R.- Pues ahora, ¡trabajar! No nos queda más remedio: ¡a trabajar! Dedícate, ahora, al trabajo sobre ti mismo. El día que hayas eliminado los agregados psíquicos y el día que hayas eliminado las representaciones de la mente, ese día entonces las cosas cambiarán; eso día se te extenderán las alas de tu corazón, recibirás unos chispasos que vienen de las partes superiores de tu propio Ser; serás un individuo perfecto. Ahora, ¡a traba­jar! ¿Alguna otra pregunta?

            P.- Cuando uno está trabajando sobre sí mismo, digamos, y se lo­gra tener ciertas percepciones, y sin tender a identificarse con ellas, ¿es eso un producto del desarrollo del sentido de la autoobservación psicológica?
            R.- El sentido de la autoobservación psicológica se va desarrollando conforme uno lo va usando. Obviamente se necesita usarlo porque órgano que no se usa se atrofia. A medida que uno va autoobservándose cuidadosamente, el sentido ese maravilloso de la autoobservación psicológica, va entrando en actividad. Pero tiene uno que estar, dijéramos, en acecho místico constante, observando sus propios errores, estar a la caza de sus propios defectos psicológicos. Sí, a medida que uno se ob­serva, el sentido de la autoobservación psicológica se va desarrollando... A ver, hermanos, ¿hay alguna otra pregunta?

            P.- Definitivamente, ¿es conveniente hacer prácticas para despertar facultades, estando así, sin morir?
            R.- Lo más importante es la autoexploración psicológica de  sí mismo, para autodescubrirse. En todo autodescubrimiento existe también autorrevelación. Cuando uno admite que tiene una psicología particular, individual, comienza a autoobservar sus propios errores. Cuando uno descubre que tiene un error, pues debe tratar de comprenderlo profundamente, en todos los niveles de la mente. Cuando uno ha comprendido el error, puede darse el lujo de reducirlo a polvareda cósmica, con ayuda de la serpiente ígnea de nuestros mágicos poderes (me refiero, en forma enfática, a Devi Kundalini Shakti, que se desarrolla y de­senvuelve en la espina dorsal del asceta gnóstico). "Buscad primero el Reino de Dios y su Justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura"... ¿Alguna otra pregunta? Todos pueden preguntar. No quiero que nadie quede con dudas aquí, en éste recinto.

            P.- ¿Podrá ser una representación mental, el origen de un agregado psíquico?
            R.- ¡No confundamos a la gimnasia con la magnesia. Una cosa son las representaciones mentales y otra cosa los agregados psíquicos. Representaciones mentales existen de instante en instante, de momento en momento. Tú mismo, en este momento, estás aquí lleno de representaciones mentales. Bueno, esas representaciones de la mente pueden ser alteradas, convertirse en demonios perversos, pero no son (esas representaciones) los agregados. Distíngase entre agregados y representaciones, entre representaciones y agregados. Ninguna representación podría dar origen a un nuevo agregado. Las representaciones son de una clase y los agregados de otra.

            P.- Para eliminar ese demonio que resulta de una representación alterada, ¿el método que se utiliza es el mismo que se utiliza para eliminar los Yoes?
            R.- ¡Obviamente, así es! Si uno apela a la serpiente ígnea de nuestros mágicos poderes (para eliminar determinadas representaciones), podemos recibir su ayuda, y esas representaciones quedarán reducidas a polvareda cósmica.
            La mente debe estar clara, limpia; debe ser un templo solitario, luminoso, donde arde únicamente la llama de Prajna, es decir, la llama del Ser... ¿Alguna otra pregunta?

            P.- Maestro, ¿las representaciones son el producto de los Yoes, son originadas por los Yoes?
            R.- ¡No señor! Ya dije que no hay que confundir a la gimnasia con la magnesia, que una cosa son las representaciones y otra los Yoes. Así como en el mundo de los sentidos los objetos son fundamentales (porque, realmente, los objetos es­tán ubicados en el mundo de los sentidos), así también, dentro del mundo de la mente, las representaciones tienen realidad. El mundo de la mente, por lo común es invadido por múl­tiples representaciones, positivas o negativas. Somos partidarios de eliminar tales representaciones, para que, dentro del templo de la mente, no exista sino el Ser y nada más que el Ser. Para eso hay que tener la mente quieta y en silencio, y la mente sólo queda en silencio cuando eliminamos el Ego. Pero a medida que vayamos eliminando el Ego, la mente se irá tornando cada vez más quieta y en silencio, hasta que al fin se logre la quietud y el silencio total.

            P.- Maestro, por favor, perdone... Con las representaciones que vienen a la mente, cuando estamos tratando de hacer una meditación, así sean de personajes muy sagrados para noso­tros, ¿qué pasa?
            R.- Cuando se está en meditación, por lo común vienen muchas representaciones a la mente; pero si se analiza la cuestión, se descubre que tales representaciones están metidas dentro de la mente, que allí han estado siempre. Lo que se necesita es libertarnos (en cierto sentido) de la mente. La mente debe quedar limpia, para que en vez de representaciones de ella, lleguen a nosotros los mensajes que vienen del Ser, a través de los centros superiores del mismo Ser.
            Una cosa son los mensajes que vienen del Ser, y otra son las vanas formas mentales que vienen a la mente: las representaciones. Distíngase entre el Ser y sus mensajes, y las simples formas de la mente, o representaciones que llegan a la mente.

            P.- ¿Como podríamos diferenciar los mensajes, los que vienen del Ser, de las vanas formas de la mente?
            R.- Las representaciones son una cosa y los mensajes son otra. Los mensajes vienen, repito, a través de los centros superiores del Ser; llegan a la mente superior, a la mente interior, pero tienen un sabor nuevo, no son del tiempo, están más allá del tiempo (nosotros tenemos que abrirnos a lo nuevo). En cambio, las representaciones no tienen jamás un sabor nuevo; las representaciones son del tiempo.

            P.- Cuando surge una representación dentro del fenómeno onírico, pero la persona no se identifica con ella, sino que la estudia, ¿como se podría explicar eso?, ¿que resultante tiene?
            R.- Pues bien, simplemente sucede que tiene una representación durante el sueño, una representación que ya estaba en la mente. Por lo común, tales representaciones son de tipo subjetivo, incoherentes, vagas. Si la persona no se iden­tifica, pues no se vigoriza, no se fortifica esa representación; únicamente la estudia y eso es todo. Y al estudiarla, comprende, y si la comprende, sabe de que clase es la representación, que por lo común se encuentra relacionada, pues, con muchos errores del pasado. Pero hay que distinguir claramente, entre representaciones y agregados. Uno puede tener, en la mente, representaciones de todos sus amigos y enemigos, pero esas son representaciones que tarde o temprano tiene que eliminar. Los agregados son otra cosa; los agregados personifican a nuestros defectos, a nuestros e­rrores... A ver, hermano.

            P.- ¿Pueden estar formadas, las representaciones, por los diferentes conceptos que pueblan nuestro mundo interior?
            R.- No, las representaciones son (simplemente) formas mentales: la representación de una piedra, la representación de un hombre, o la representación de un animal (no valen la pena, no sirven para nada). Debemos tener la mente siempre libre; el templo de la mente debe estar limpio, puro; eso es todo.

            P.- Venerable Maestro: con las representaciones positivas o negativas, ¿se puede hacer el mismo trabajo que usted nos enseñó con relación a la digestión de las impresiones?
            R.- Pues, es bueno tratar de comprender una representación antes de eliminarla, en forma similar a lo que se hace con los agregados que tenemos. Cuando uno, comprende que una representación no es más que una forma de la mente, pues debe eliminarla, y la elimina con el fuego la serpiente ígnea de nuestros mágicos poderes.

            P.- O sea que, cuando hay digestión (o transformación) de las impresiones, no pueden haber representaciones. ¿Es así, Maestro?
            R.- Uno puede digerir, determinadas impresiones, pero no puede evitar que las representaciones que tiene almacenadas en la mente, dejen de existir. Lo que tiene que procurar es comprenderlas, para luego eliminarlas. ¿Alguna otra pregunta?

            P.- ¿Hasta qué punto el Ego y las representaciones mentales, obstaculizan las experiencias en los mundos internos?
            R.- Mientras exista el Ego, no se es idóneo para las investigaciones en el espacio psicológico. Nadie podría conocer  los mundos internos del planeta Tierra, si antes no conoce sus propios mundos internos; nadie podría conocer los mundos in­ternos del sistema solar, si antes no conoce sus propios mundos internos; nadie podría conocer los mundos internos de la galaxia en que vivimos, si antes no conoce, previamente, sus propios mundos internos, particulares, individuales. No se puede ser idóneo para la investigación psicológica (dentro del espacio psicológico en que vivimos), en tanto no se haya desintegrado el Ego y acabado con aquellas representaciones que emanan del mundo místico sensorial.

            P.- Maestro, ahora que tocan el aspecto del Mundo Astral, mucho se comenta sobre salir conscientemente en Cuerpo Astral. Mi pregunta es: si uno tiene apenas un tres por ciento de Conciencia despierta, ¿con ese tres por ciento puede salir plenamente consciente al Mundo Astral?
            R.- He dicho, claramente, que con un tres por ciento de Conciencia despierta, nadie puede convertirse en un investigador competente de lo que sucede en el espacio psicológico. Las gentes necesitan, antes que todo, aumentar el porcentaje de Conciencia, para poderse convertir en verdaderos investi­gadores (idóneos) del espacio psicológico.
            Así pues, necesitamos estar autoexplorándonos psicológicamente, en forma diaria, para descubrir nuestro errores  y reducirlos a polvareda cósmica. Sólo así es posible conseguir, en realidad de verdad, el autodespertar. Necesitamos dejar a un lado tantas teorías, tantas vaguedades, tantas in­coherencias (que de nada sirven) y convertirnos en individuos despiertos.
            Bueno, mis queridos hermanos, creo que por esta noche ya es suficiente.

V.M. SAMAEL AUN WEOR

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