domingo, 28 de febrero de 2016

COMO SE SACRIFICA EL SUFRIMIENTO


     

  

            Voy a decirles a ustedes una gran verdad: el dolor, ciertamente, se sacrifica autoexplorándolo y haciéndole la disección. Tomemos un caso concreto: pongamos que un hombre, de pronto, encuentra a su mujer platicando muy quedito, por ahí en un cuarto, con otro hombre. Realmente, esto puede provocarle ciertos celos. Ahora, si encuentra a la mujer ya demasiado quedito, en demasia­da intimidad con un sujeto xx, puede haber un estallido de celos acompañado de un gran disgusto; tal vez hasta tenga una riña con el otro hombre, por celos. Esto produce un dolor espantoso al marido, al marido ofendido, que puede dar origen a un divorcio. Hay un dolor moral horripilante; sin embar­go, no era para tanto, sino que simplemente platicaba muy quedito. Al marido no le consta nada malo, pero la mente, pues, hace muchas conjeturas y aunque la mujer niegue, niegue y niegue, la mente tiene muchos pasi­llos, muchos recovecos, en los que se forman realmente muchas suposiciones.


           
¿Qué hacer para eliminar ese dolor, cómo sacrificarlo? ¿Cómo renunciar al dolor que le ha producido eso? Hay una forma de hacerlo, de sacrificar ese dolor. ¿Cuál? La autorrefle­xión evidente del Ser, la autoexploración de sí mismo.

            ¿Están seguros ustedes, por ejemplo, que nunca han tenido relación con otra mujer? ¿Se está seguro que jamás se ha acostado uno a dormir con otra fémina? ¿Se está seguro que uno jamás ha sido adúltero, ni en esta ni en pasadas existencias? Claro está que nosotros todos, en el pasado, fuimos adúlteros y fornicarios; eso es obvio.


            Si uno llega a la conclusión, pues, de que uno también fue fornicario y adúltero, entonces, ¿con qué autoridad está juzgando a la mujer? Al juzgarla, lo hace sin autoridad. Ya Jesús El Cristo, en la parábola de la mujer adúltera (aquella mujer de los Evangelios Crís­ticos), exclamó: "¡El que se sienta libre de pecado, que arroje la primera piedra!" Nadie la arrojó, ni el mismo Jesús se atrevió a acu­sarla. Le dijo: "¿Dónde están los que te acusaban? Ni yo mismo te acuso; vete y no peques más"... Ni él mismo, que era tan perfecto, se atrevió; ahora nosotros, ¿con qué autoridad lo haríamos?

            Entonces, ¿quién es el que nos está provo­cando ese sentimiento de supremo dolor? ¿No es acaso el demonio de los celos? ¡Ob­viamente, sí! ¿Y qué otro demonio? El Yo del amor propio, que ha sido herido mortalmente, pues el Yo del amor propio es egoísta en un ciento por ciento. ¿Y cual otro? El Yo, dijéramos, de la autoimportancia (se siente muy im­portante, se dirá: "Yo, que soy el señor don fulano de tal, ¿y que esta mujer venga aquí, con esta clase de conducta?"). ¡Vean qué orgullo tan terrible el del señor de la autoimportancia! O aquel otro de la intolerancia que dice: "¡Fuera, adúltera; te condeno, malvada; yo soy virtuoso, intachable!" He ahí, pues, el delito dentro de uno mismo; ese tipo de Yoes son los que vienen a producir dolor.

            Cuando uno llega a la conclusión de que son esos Yoes los que le han provocado el dolor, entonces se concentra en la Divina Madre Kundalini y ella desintegra esos Yoes; cuando se ha desintegrado el Yo, el dolor termi­na. Al terminar el dolor, queda la Conciencia libre; entonces, mediante el sacrificio del dolor, aumenta la Conciencia, se adquiere la fortaleza.

            Supongamos que no sean simples celos, sino que hubo adulterio de verdad; entonces tendrá que venir el divorcio, porque eso lo autoriza la Ley Divina. En este caso, también puede decirse que se puede sacrificar ese dolor y decir: "Bueno, ya adulteró; ¿estoy seguro yo de no haber adulterado jamás? Entonces, ¿por qué condeno? No tengo derecho a conde­nar a nadie, porque el que se sienta libre de pecado, que arroje la primera piedra". "¿Quien es el que me está proporcionando el dolor? Los Yoes de la intolerancia, de la autoimportancia, de los celos, del amor propio, etc."

            Habiendo llegado a la conclusión de que son esos los que nos están ocasionando el dolor, debemos trabajar para desintegrarlos y el dolor desaparecerá, quedará eliminado. ¿Por qué? Porque se ha sacrificado, y eso trae un aumen­to de la Conciencia, pues aquellas energías que estaban involucradas en el dolor, quedan libe­radas. Esto trae no solamente la paz del cora­zón tranquilo, sino que además trae un aumen­to de la Conciencia; eso se llama "sacrificar el dolor".

            Pero la gente es capaz de todo, menos de sacrificar sus dolores, y resulta que los máximos dolores son los que brindan a uno las mejores oportunidades para el despertar, para el despertar de la Conciencia.

            Hay que sacrificar el dolor, y existen muchas clases de dolores. Por ejemplo, un insultador. ¿Qué nos provoca un insultador? Pues el deseo de venganza (inmediatamente, muy inmediatamente). ¿Por qué? Por las palabras di­chas. Pero si uno no se identifica con los Yoes de la venganza, es claro que no contes­taríamos al insulto con el insulto; mas si uno se identifica con los Yoes de la venganza, éstos lo relacionan a uno con otros Yoes más perversos y termina uno en manos de Yoes terriblemente perversos y haciendo grandes disparates.

            Así como existe fuera de nosotros la ciudad (la ciudad de México, por ejemplo) y así como en la ciudad esta de la vida urbana, común y corriente, hay gentes de toda clase: Colo­nias de gentes buenas, Colonias de gentes malas, así también sucede con la ciudad interior, con la ciudad psicológica; en esa ciudad psicológica viven muchas gentes, muchas gentes (nuestros propios Yoes son esas gentes que viven allí) y hay Colonias de gentes decididamente perversas, hay Colo­nias de gentes medias y hay Colonias de gentes más o menos selectas (nuestra propia ciudad psicológica es eso).

            Si uno se identifica por ejemplo con un Yo de venganza, éste a su vez lo relaciona a uno con otros Yoes de barrios muy bajos, donde viven asesinos ladrones, etc., y al rela­cionarse con éstos, ellos a su vez lo controlan a uno, le controlan el cerebro y resulta hacien­do barbaridad y media (va uno, por último, a parar a la cárcel). Pero, ¿cómo evitar, en­tonces, caer uno en semejantes tugurios? No identificándose con el insultador, no identificándose.

            Hay Yoes dentro de uno que le dictan lo que debe hacer y le dicen: "¡Contesta, véngate, sácate el clavo, desquítate!" Si uno se identifica con ellos, termina haciéndolo: contestando pues al insultador, termina uno vengándose, desquitándose; pero si uno no se identifica con el Yo que le está dictando que haga semejante locura, pues entonces no hace eso. En todo caso, lo interesante sería que el ofendido pudiera sacrificar el dolor, y puede sacrificarlo si a través de la meditación com­prende que el insultador es una máquina que está controlada por determinado Yo insultante, y que lo ha insultado un Yo, y si comprende también que él es otra máquina que tiene adentro Yoes del insulto. Enton­ces, si uno compara y dice: "Aquel me insulta, pero dentro de mí también existen Yoes del insulto; luego no tengo por qué condenarlo. Además, ¿qué es lo que se ha herido en mí? Posiblemente el amor propio, posiblemente el orgullo. Bueno, entonces tengo que descubrir si fue el amor propio, o si fue el orgullo, o qué. Cuando uno ha descubierto quién fue el que se hirió, pues si sabe que fue el orgullo, debe desintegrar el orgullo, y si sabe que fue el amor propio, debe desintegrar el amor propio. Esto da como resultado, al desintegrarlos, que queda libre del dolor, pues ha sacrificado el dolor y en su reemplazo ha nacido una virtud: la de la serenidad (a despertado aún más).

            Hay que tener en cuenta estos factores y aprender a sacrificar el dolor. La gente es capaz de sacrificarlo todo, menos el dolor: quie­ren mucho sus propios sufrimientos, los idola­tran; he ahí el error.

            Aprender a sacrificar uno sus mismos dolores, es lo interesante para despertar Conciencia. Claro, no es cosa fácil, el trabajo es duro y va contra uno mismo; es algo muy duro, no es muy dulce, pero sí vale la pena ir uno contra sí mismo, por los resultados que se van a obtener al despertar.

            P.- Venerable Maestro: ¿qué es un Pa­ramartasatya?
            R.- ¿Qué podría decirte de un Paramartasatya (de un habitante del Abso­luto)? No se alcanza semejante estatura sino mediante sucesivos despertares de la Concien­cia, y no se puede llegar a los sucesivos desper­tares de la Conciencia, sin aprender a sacrifi­car los propios sufrimientos. Porque, en rea­lidad de verdad, cada vez que uno sacrifica un sufrimiento, se acrecienta la Conciencia y se adquiere mas fortaleza psicológica.
            Sacrificar el dolor: esa es la clave más extraordinaria que hay, para ir logrando el despertar de la Conciencia. Esos sucesivos despertares, a su vez van, dijéramos, acrecen­tando o intensificando el desarrollo de la Ra­zón Objetiva, que pertenece como ya dije a la Mente Interior profunda.

            Hay que ir despertando la Conciencia, y conforme uno va despertando la Conciencia, va pagando Karma y lo va pagando, si uno, por ejemplo, se hace consciente del dolor que le produjo un negocio mal hecho. Supongamos, por ejemplo, que descubre que el Yo del egoísmo estaba allí activo; entonces lo desinte­gra y paga Karma; o si descubre que el Yo de la ambición estaba allí activo, paga Karma al desintegrarlo. Obviamente, si las gentes aprovecharan hasta el mas ínfimo suceso de su vida para sacrificar el dolor, a la hora de la muerte desencarnarían con la Conciencia lúcida, despierta y completamente libres de Kar­ma.

            Ahora, en la práctica hemos podido eviden­ciar que realmente los demás no son los que nos producen a nosotros los dolores, los sufri­mientos: los provocamos nosotros mismos. Por ejemplo, supongamos que a uno de uste­des un ladrón le roba su cartera. Al saberlo exclamarán: "¡Me acaban de robar, he perdi­do mi dinero!" Luego viene la angustia: "¡Quedé sin dinero!, ¿y ahora qué voy a hacer?" Pero vamos a ver: ¿el ladrón nos produjo el dolor, o quién? Ustedes dirían que el ladrón, pero si se autoexploran, descubrirán que den­tro de ustedes está el Yo del apego al dinero, o del apego a la cartera y detrás puede estar también el Yo del temor que exclama; "¿Y ahora que haré sin mi dinero?"
            De manera que allí están el Yo del apego y el Yo del temor; esos Yoes producen angustia. Pero si uno a través de la medita­ción comprende que el dinero es pasajero, que las cosas materiales son vanas e ilusorias; si se hace consciente de esa verdad, si esa verdad no queda simplemente en el intelecto, sino que pasa a la Conciencia; si llega uno a compren­der que estaba apegado a su cartera y a su di­nero, si llega uno a comprender que tiene te­mor de verse sin dinero frente a los problemas de la vida, entonces se propone, naturalmente, acabar con esos dos Yoes: el del temor y el del apego.

            Cuando uno dice: "Voy a sacrificar el dolor, porque éste es vano e ilusorio, y le hace la disección a ese dolor y llega a comprender que en realidad es vano e ilusorio (porque una ca­rtera o el dinero son puras sandeces); termina en­tonces desintegrando el Yo del apego al dinero y el Yo del temor. En esa forma se sacrifica el dolor y éste desaparece. Al llegar a estas alturas, viene a darse cuenta quién era en verdad el que le estaba provo­cando el dolor, que no fue el ladrón el que le estaba produciendo el dolor, sino el Yo del apego a las cosas materiales y el Yo del temor. Y lo viene a comprobar después que sacrifica el dolor, después de desintegrar los Yoes del temor y del apego; entonces comprende que las causas del dolor las lleva uno dentro de sí mismo, no fuera de sí mismo.
           
Indubitablemente, si uno no sacrifica el do­lor, no será feliz jamás.


SAMAEL AUN WEOR

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