domingo, 1 de mayo de 2016

COMO HACER LA LUZ DENTRO DE NOSOTROS MISMOS



            Moisés dijo en "El Génesis": "¡Hágase la luz, y la luz fue hecha!" Esto no es algo que corresponde a un pa­sado remotísimo; no, este tremendo principio, que se estremecía con el primer instante, no cambia de tiem­po jamás, es tan eterno como toda eternidad; debemos tomarlo como una cruda realidad de instante en ins­tante, de momento en momento... Recordemos noso­tros a Goethe, el gran iniciado alemán; sus últimas palabras, momentos antes de morir, fueron "luz, más luz", y murió (entre paréntesis, Goethe está ahora reencarnado en Holanda, tiene cuerpo físico; pero esta vez no tiene cuerpo físico masculino, ahora tiene cuer­po físico femenino, y está casado con un Príncipe ho­landés; ahora ya es una dama holandesa de alta alcur­nia... Es muy interesante esto, ¿verdad?).

            Bueno, continuando lo que hablé antes con ustedes, ha­bíamos empezado a estudiar que esa luz es importan­tísima, que mientras uno viva en tinieblas, anhela uno la luz porque está ciego. La persona que está metida en un socavón, entre las tinieblas, en un subterráneo, lo que más anhela es luz.

            Bueno, la Esencia es lo más digno, lo más decente que tenemos en nuestro interior; ella deviene originalmen­te de la Vía Láctea (allí resuena la nota musical La); pasa luego al Sol, con la nota Sol, y viene luego a este mundo físico con la nota Mi. Es bella la Esencia, es, dijéramos, una fracción del principio humano, crístico, de cada uno; es el Alma Humana, pues, que normalmente mora en el Mundo Causal; por eso, con justa razón, se dice de la Esencia que es crís­tica, o que la Conciencia es crística, y se dice que nuestra Conciencia en Cristo nos ha de salvar, etc., etc., etc. Todo eso es cierto, todo eso es verdad; pero lo grave de nuestra Conciencia, de nuestra Esencia, es que siendo tan preciosa, poseyendo dones tan maravi­llosos, poderes naturales tan preciosos, esté metida, pues, entre todos esos elementos indeseables, subjetivos, que desafortunadamente cargamos en nuestro interior; es decir, está metida, hablando en síntesis, en­tre un calabozo. Ella quiere la luz, ¿más cómo? ¡Anhelándola! No hay quien no anhele la luz, a no ser que ya esté demasiado perdido, pues cuando uno tiene algu­na aspiración, desea la luz.


            Así pues, tiene uno que hacerla; esto de hacer la luz es muy grave, porque implica destruir los receptáculos o calabozos, o hablando en síntesis, el antro negro donde está metida, para rescatarla, liberarla, extraerla de allí, a fin de quedar uno como debe quedar: como una persona iluminada, como un verdadero vidente, como un verdadero ser luminoso, y gozar de esa pleni­tud que por naturaleza nos corresponde, y a la que tenemos verdaderamente derecho. Pero lo que sucede es que se necesita de un heroísmo, o de una serie de actos de heroísmo tremendos para poder liberar nuestra Alma, para poderla sacar del calabozo donde está metida, para poderla robar a las tinieblas.

            Esto que estoy diciendo, sería interesante que ustedes lograran comprenderlo de verdad, conscientemente; por­que podría hasta darse el caso de que escuchando, no escucharan, o no vivieran, dijéramos, el sentido de las palabras que estoy diciendo. Hay que saber valorar estas cosas para entender, pues, lo que estoy afirmando.

            Rescatar el Alma, sacarla de entre las tinieblas, es hermoso, pero no es fácil; lo normal es que permanezca prisionera. Y no podrá uno gozar de una iluminación auténtica, en tanto la Esencia, la Conciencia, el Alma, esté allí embotellada, esté allí prisionera (eso es lo grave). Entonces se necesita, forzosamente, destruir, desintegrar heroicamente, con un heroísmo superior al de Napoleón en sus grandes batallas, o como el de las peleas de Morelos en su lucha por la libertad, etc., de ese heroísmo inigualable, para poder liberar la pobre Alma, sacarla de entre las tinieblas. Se necesita ante todo, como les decía aquí en la pasada plática a los hermanos, conocer las técnicas, los procedimientos que conduzcan a la destrucción de esos elementos donde el Alma está embotellada, prisionera, para que venga la iluminación.

            Ante todo hay que empezar por comprender la necesidad de saber observar. Nosotros, por ejemplo, estamos aquí sentados, todos, en estas sillas; sabemos que estamos sentados, pero nosotros no hemos observado és­tas sillas. En el primer caso tenemos el conocimiento de que estamos sentados en la silla, pero observarla ya es algo distinto; en el primer caso hay, dijéramos, el conocimiento, pero no la observación; la observación requiere una observación especial: observar de qué es­tán hechas, y luego de entrar en meditación, descubrir sus átomos, sus moléculas (esto requiere una aten­ción dirigida). Saber que uno está sentado en una silla, es una atención no dirigida, una atención pasiva, pero observar la silla, ya sería una atención dirigida. Así también, nosotros podemos pensar mu­cho en nosotros mismos, más esto no quiere decir que estemos observando nuestros propios pensamientos; observarlos es distinto, es diferente. Vivimos en un mundo de emociones inferiores, cualquier cosa nos pro­duce emociones de tipo inferior, y sabemos que las tene­mos; pero una cosa es saber que uno se encuentra, en un estado negativo, y otra cosa es observar el esta­do negativo en que se encuentra, que es algo completa­mente diferente.

            Veamos un ejemplo. En cierta ocasión, un caballero le manifestó a un psicólogo: "Bueno, yo siento antipatía por determinada persona" (y le citó el nombre y ape­llidos). El psicólogo le contestó: "Obsérvela, observe usted a esa persona". Respondió nuevamente el inte­rrogador: "¿Pero, yo para qué voy a observarlo, si le conozco?" Sacó como conclusión, el psicólogo, que aquél no quería observar, que conocía pero no obser­vaba; conocer es una cosa y observar es otra cosa muy diferente. Uno puede conocer que tiene un pensamien­to negativo, pero eso no significa que lo esté observan­do; sabe que se encuentra en un estado negativo, pero no ha observado el estado negativo. En la vida prác­tica vemos que dentro de nosotros hay muchas cosas que deberían causarnos vergüenza: comedias ridículas, cuestiones interiores grotescas, pensamientos morbo­sos, etc.; saber que se tienen, no es haberlos observado. Alguien podría decir: "Sí, en este momento tengo un pensamiento morboso"; pero una cosa es saber que lo tiene, y otra cosa es observarlo, que es totalmente di­ferente.

            Así pues, si uno quiere llegar a eliminar tal o cual elemento psicológico indeseable, primero que todo tiene que aprender a observar con el propósito de obte­ner un cambio, porque, ciertamente, si uno no aprende a autoobservarse, cualquier posibilidad de cambio se hace imposible.
            Cuando uno aprende a autoobservarse, se desarrolla en uno mismo el sentido de la autoobservación. Normalmente, este sentido está atrofiado en la raza humana, está degenerado, pero a medida que lo usamos, se va desenvolviendo y desarrollando.
            Como primer punto de vista, venimos a evidenciar, a través de la autoobservación, de que aún los pensa­mientos más insignificantes, las comedias más ridícu­las que interiormente se suceden y que nunca se exte­riorizan, no son propias, son creadas por otros, por los Yoes. Lo grave es identificarse uno con esas comedias, con esas ridiculeces, con esas protestas, con esas iras, etc., etc., etc.; si uno se identifica con cualquier extremo interior de esos, coge más fuerza el Yo que los produce, y así cualquier posibilidad de elimina­ción se hace cada vez más difícil. De manera que la observación es vital cuando se trata de provocar un cambio radical en nosotros.
            Los distintos Yoes que viven en el interior de nues­tra psiquis, son muy astutos, muy sagaces; apelan muchas veces al "rollo" ese de los recuerdos que car­gamos en el centro intelectual. Supongamos que uno, en el pasado, estuvo fornicando con cualquier otra per­sona del sexo opuesto, y que está insistiendo o no en eliminar la lujuria; entonces el Yo de la lujuria apelará, se apoderará del centro de los recuerdos, del Centro Intelectual; agarrará allí, dijéramos, el "rollo" de los recuerdos, del que tenga necesidad, y lo hará pasar por la fantasía de la persona, y él se vigorizará más, se hará cada vez más fuerte. Por todas estas cosas, uste­des deben ver la necesidad de la autoobservación; no sería posible un cambio de verdad, radical y definitivo, si no aprendemos a autoobservarnos.
            Conocer no es observar, pensar tampoco es observar. Muchos creen que pensar en sí mismo es observar, y no es así. Uno puede estar pensando en sí mismo, y sin embargo no se está observando; es tan distinto pensar en sí mismo a observar, como la sed lo es al agua, o el agua a la sed. Obviamente, no debe uno iden­tificarse con ninguno de los Yoes. Para observarse, uno tiene que dividirse entre dos, en dos mitades: una parte que observa, y otra parte que es observada. Cuando la parte que observa ve las ridiculeces y necedades de la parte observada, hay posibilidades como nunca de descubrir (supongamos el Yo de la ira) que ese Yo no somos nosotros, que él es él; podríamos exclamar: "¡El Yo tiene ira, ese es un Yo, ese debe morir; voy a trabajarlo, para desintegrarlo!" Pero si uno se identifica con él y dice: "¡Yo tengo ira, estoy furioso!" Cobra más fuerza, se hace cada vez más vigoroso, y entonces, ¿cómo lo va a disolver, de qué manera? Pues no podría, ¿verdad? De manera que no debe uno identificarse con ese Yo, con su rabieta, o con su tragedia, porque si uno se identifica con su creación, pues termina viviendo en su creación también, y eso es absurdo.
            A medida que uno va trabajando sobre sí mismo, que va ahondando cada vez más en las cuestiones de la autoobservación, se va haciendo cada vez más pro­fundo; en esto no debe dejar de observarse ni el más insignificante pensamiento; cualquier deseo, por pasaje­ro que sea, cualquier reacción, debe ser un motivo de observación, porque cualquier deseo, cualquier reacción, cualquier pensamiento negativo, proviene de tal o cual Yo. Y si queremos nosotros fabricar la luz, liberar el Alma, ¿vamos a permitir nosotros que continúen exis­tiendo esos Yoes? ¡Sería absurdo! Si es luz lo que nosotros queremos, si de verdad estamos enamorados de la luz, pues tenemos que desintegrar los Yoes; no queda más remedio que volverlos polvo, y no podría­mos volver polvo lo que no hemos observado; entonces necesitamos saber observar.
            En esta cuestión, también tenemos que cuidar la char­la interior, porque hay muchas charlas interio­res negativas y absurdas, conversaciones íntimas que jamás se exteriorizan, y naturalmente, necesitamos corregir esa charla interior, aprender a guardar silen­cio, saber hablar cuando se debe hablar, saber callar cuando se debe callar (esto es ley, no solamente para el mundo físico, el mundo exterior, sino también para el mundo interior). Las charlas interiores negati­vas, más tarde se vienen a exteriorizar físicamente; por eso es tan importante eliminar la charla interior negativa, porque perjudica (hay que aprender a guardar el silencio interior).
            Normalmente se entiende por "silencio mental", cuando uno vacía la mente de toda clase de pensamien­tos, cuando uno logra la quietud y el silencio, de la mente a través de la meditación, etc.; pero hay otra clase de silencio. Supongamos que se presenta ante nosotros un caso de juicio crítico, con relación a un semejante, y sin embargo mentalmente guardamos si­lencio, no juzgamos, no condenamos; nos callamos tanto externamente como internamente, en éste caso, pues, hay silencio interior.
            Los hechos de la vida práctica, al fin y al cabo deben mantenerse en íntima correspondencia con una conduc­ta interior perfecta. Cuando los hechos de la vida prác­tica concuerdan con una conducta interior perfecta, es señal de que ya vamos nosotros creando, en sí mismos, el famoso Cuerpo Mental.
            Si ponemos las distintas partes de un radio o de una grabadora sobre una mesa, pero no sabemos nada de electrónica, pues tampoco podremos captar las distin­tas vibraciones insonoras que pululan en el cosmos; pero si mediante la comprensión unimos las distintas partes, tendremos el radio, tendremos el aparato que puede captar los sonidos que de otra forma no capta­ríamos. Así también, las distintas partes de estos es­tudios, de este trabajo, se van complementando entre sí para venir a formar un cuerpo maravilloso, el famoso Cuerpo de la Mente. Este cuerpo nos permitirá captar mejor todo lo que dentro de nosotros mismos existe, y desarrollará más en nosotros el sentido de la autoobservación íntima, y eso es bastante importante.
            Así pues, el objeto de la observación es realizar un cambio dentro de nosotros mismos, promover un cam­bio verdadero, efectivo.
            Una vez, que nos hemos puesto, dijéramos, diestros en la observación de sí mismos, entonces viene el pro­ceso de eliminación. De manera que hay, propiamente, tres pasos en esta cuestión: primero, la observación; segundo, el juicio critico, y el tercero, que ya es propia­mente la eliminación de tal o cual Yo psicológico.
            Al observar un Yo, debemos ver cómo se comporta en el Centro Intelectual, de qué manera, y conocerle todos sus juegos en la mente; segundo, en qué forma se expresa a través del sentimiento, en el corazón, y lo tercero, descubrir su modo de acción en los centros inferiores: Motor, Instintivo y Sexual. Obviamente, en el sexo, un Yo tiene una forma de expresión, en el corazón tiene otra forma, y en el cerebro otra. En el cerebro, un Yo se manifiesta a través de la cuestión intelectual: razones, justificaciones, evasivas, escapato­rias, etc., etc.; en el corazón como un sufrimiento, co­mo un afecto, como un amor aparentemente muchas veces, cuando es cuestión de lujuria, etc., y en los cen­tros motor-instintivo-sexual, tiene otra forma de expre­sión (como acción, como instinto, como impulso lascivo, etc., etc.).
            Por ejemplo, citemos un caso concreto: Lujuria. Un Yo lujurioso, ante una persona del sexo opuesto, en la mente puede que se manifieste con pensamientos constantes; podría manifestarse en el corazón como un afecto, como un amor aparentemente puro, libre de toda mancha, hasta tal grado, que podría uno perfecta­mente justificarse y decir: "Pero bueno, yo no siento lujuria por esta persona, yo lo que estoy sintiendo es amor"; pero si uno es observador, si le pone mucho cuidado a su máquina y observa al Centro Sexual, viene a descubrir que en el Centro Sexual hay cierta activi­dad ante esa persona; entonces viene a quedar eviden­ciado que no hay tal afecto, que no hay tal amor por esa persona, sino que lo que hay es lujuria.
            Pero vean cuán fino es el delito: la lujuria puede perfectamente disfrazarse, en el corazón, con el amor, y escribir versos, etc., etc., pero es lujuria disfra­zada. Si uno es cuidadoso y observa esos tres cen­tros de la máquina, puede evidenciar que se trata de un Yo, y ya descubriendo que se trata de un Yo, habiéndole conocido sus manejos en los tres centros, o sea en el intelectual, en el corazón y en el sexo, enton­ces procede una a la tercera fase. ¿Cuál es la tercera fase? La ejecución; ésta es la fase final del trabajo: la ejecución. Entonces tiene uno que apelar a la oración en el trabajo. ¿Qué se entiende por "oración en el trabajo"? La oración en el trabajo debe ser hecha sobre la base de la íntima recordación de sí mismo.
            En alguna ocasión dijimos que hay cuatro niveles de hombres, o cuatro estados de Conciencia, para ser más claros. Un primer estado de Conciencia es el del sueño profundo e inconsciente de una persona, de un Ego que dejó el cuerpo dormido en la cama, pero deambula en el Mundo Molecular en estado de coma (es el estado inferior); un segundo estado de inconsciencia es el del soñador que ha regresado a su cuerpo físico, y que cree que está en estado de vigilia; en éste caso los sueños continúan, claro, sólo que está con el cuerpo físico en estado de vigilia. Es más peligroso és­te tipo segundo de soñador, porque puede matar, puede robar, puede cometer crímenes de toda especie; en cam­bio, en el primer caso, el soñador es más infrahumano pero no puede hacer nada de estas cosas. ¿Cómo po­dría hacerlo, cómo podría hacer daño? Cuando el cuer­po está pasivo para los sueños, la persona no puede ocasionar daños a nadie en el mundo físico; pero cuan­do el cuerpo está activo para los sueños, la persona puede hacer mucho daño en el mundo físico; por eso es que las Sagradas Escrituras insisten en la necesidad de despertar.
            Si estos dos tipos de personas: los que se encuentran, dijéramos, en estado de inconsciencia profunda, o aqué­llos que siguen soñando y tienen su cuerpo activo para los sueños, hacen oración, pues de semejantes dos es­tados tan infrahumanos, no pueden esperar nada; pese a sus estados negativos. Sin embargo la naturaleza res­ponde. Por ejemplo: un inconsciente, un dormido hace oración para arreglar un negocio, pero puede que sus Yoes, que son tan innumerables, no estén de acuerdo con lo que él está haciendo; es tan solo uno de los Yoes el que está haciendo la oración, y los otros no han sido tenidos en cuenta; a los otros puede que no les interese tal negocio, que no estén de acuer­do con esa oración, y pidan en la oración exactamente lo contrario para que ese negocio fracase, porque no están de acuerdo; como los otros son mayoría, la na­turaleza contesta con sus fuerzas, con un aflujo de fuerzas, y viene el fracaso del negocio; ¡eso es claro! Entonces, para que la oración tenga un valor efectivo en el trabajo sobre uno mismo, pues tiene uno que colocarse en el tercer estado de Conciencia, que es el de la íntima recordación de sí mismo, es decir, de su propio Ser.
            Sumergido uno en meditación profunda, concentrado en su Divina Madre Interior, le suplicará que elimine de su psiquis, ese Yo que quiere desintegrar. Puede que la Madre Divina en ese momento actúe, decapitando tal Yo, pero no con eso se ha hecho la totalidad del trabajo; la Madre Divina no lo va a desintegrar instantáneamente todo. Habrá necesidad, sino se desin­tegra todo, de tener paciencia; en sucesivos trabajos, a través del tiempo, lograremos que tal Yo se desin­tegre lentamente, que vaya perdiendo su volumen, de tamaño. Un Yo puede ser espantosamente horrible, pero a medida que va perdiendo volumen, se va embelleciendo; después tiene la apariencia de un niño, y por último se vuelve polvo. Cuando ya se ha vuelto polvo, la Conciencia que estaba medida, embotellada, embutida dentro de ese Yo, queda liberada; entonces la luz habrá aumentado, es un porcentaje de luz que queda libre; así procederemos con cada uno de los Yoes.
            El trabajo es largo y muy duro; muchas veces cualquier pensamiento negativo, por insignificante que éste sea, tiene por fundamento un Yo antiquísimo. Ese pensamiento negativo que llega a la mente, nos indica que de hecho, hay un Yo detrás de ese pensamiento, y que ese Yo debe ser extirpado, erradicado de nuestra psiquis. Hay que estudiarlo, conocerle sus mane­jos, ver cómo se comporta en los tres centros: en el Intelectual, en el Emocional, y hablando en síntesis, en el motor-instintivo-sexual; ver de qué manera trabaja en cada uno de éstos tres centros; de acuerdo con su comportamiento, uno lo va conociendo. Cuando uno ha desarrollado el sentido de la autoobservación, viene a evidenciar por sí mismo, que algunos de esos Yoes son espantosamente horribles, son verdaderos mons­truos de forma horripilante, macabra, y que viven en el interior de nuestra psiquis.


SAMAEL AUN WEOR

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