domingo, 27 de noviembre de 2016

LA ORGANIZACION DE LA PSIQUIS Y LA INTUICION


                                
            Vamos a dar inicio a nuestra cátedra de esta noche. Podríamos denominar, a esta cátedra, "Intuición".
            Ante todo hemos de empezar por la base: el hombre. ¿De dónde venimos, para dónde va­mos, cuál es el objeto de nuestra existencia, para qué existimos, por qué existimos? He ahí una serie de interrogantes que debemos aclarar y resolver.
            Nace un niño y de hecho recibe el cuerpo físico (eso es obvio), un cuerpo maravilloso, con unas quince mil millones de neuronas, etc., a su servicio, nada le ha costado. Conforme el niño va creciendo, la Mente Sensual se va abriendo poco a poco, y esta última, en sí misma y por sí misma, se informa mediante las percepciones sensoriales externas. Y es precisamente con los datos aportados por tales percepciones, como la Mente Sensual elabora siempre sus conceptos de contenido, motivo por el cual ella jamás puede saber algo sobre lo real; sus procesos razonativos son subjetivos, se mueven dentro de un círculo vicioso: el de las percepciones sensoriales ex­ternas; eso es obvio.
            Ahora comprenderán ustedes, un poco me­jor, lo que es la Razón Subjetiva en sí misma. Más ha de hacerse una plena diferenciación entre Razón Subjetiva y Razón Objetiva.
            Es obvio que el niño tiene que pasar por todos los procesos educacionales: kinder, prima­ria, secundaria, preparatoria y hasta univer­sidad. La Razón Subjetiva se nutre con todos los datos que las distintas instituciones escolás­ticas le aportan, más en verdad que ningún ins­tituto docente podría dar al niño, o al joven, o al adolescente, datos exactos sobre eso que no es del tiempo, sobre eso que es lo real.
            En verdad, hermanos, que las especulaciones de la Razón Subjetiva vienen a conducir, pues, al in­telectual, al terreno absurdo, dijéramos, del utopismo, o en el mejor de los casos, al de las simples opiniones de tipo subjetivo; eso es ob­vio, más nunca a la experiencia verdadera de eso que no es del tiempo, de eso que es la verdad. En cambio la Razón Objetiva (que desgraciadamente no recibe ninguna instrucción y para la cual no hay escuelas), permanece siempre abandonada. Luego, indubitablemente, los procesos razo­nativos de la Razón Objetiva, obviamente nos conducen, dijéramos, a postulados exactos y perfectos, pero el niño, de sitio a sitio, es educado subjetivamente, para él no existe ninguna forma de instrucción superior. Los datos que los sentidos aportan a la men­te subjetiva del adolescente, a la Mente Sen­sual, dijéramos, todas las cuestiones escolásti­cas, de familia, etc., son meramente empíricas y subjetivas y eso es lamentable.


            En un principio, el niño no ha perdido to­davía la capacidad de asombro. Obviamente, él se asombra ante cualquier fenó­meno; un hermoso juguete, despierta en él ese asombro, y se divierte el niño con sus juguetes. Más, conforme va creciendo, conforme su Mente Sensual va recibiendo datos de la escuela, del colegio, la capacidad de asombro va desapareciendo y al fin llega el instante en que el niño se convierte en joven y el joven ya ha perdido por completo esa capacidad.
            Desafortunadamente, los datos que uno re­cibe en los colegios, en las escuelas, en los cen­tros educacionales, sólo sirven para nutrir, cómo ya dije, a la Mente Sensual, pero nada más. En esa forma, y con esos sistemas de educación actuales, lo único que se logra es forjarnos (en la escuela, en la academia, en la universidad) una per­sonalidad artificiosa.
            Téngase en cuenta, mis caros hermanos, que en realidad de verdad, los conocimientos que se estudian en humanidades, jamás servirían para formar al hombre psicológico. En nombre de la verdad hemos de decir, claramente, que las materias que se estudian actualmente en los institutos docentes, no tienen re­lación alguna con las distintas partes del Ser. Por eso es que sólo sirven para falsear los cinco cilindros de la máquina orgánica, quitar­nos la capacidad de asombro, desarro­llar la Mente Sensual y forjar en nosotros una personalidad falsa y eso es todo.
            Así pues, que se entienda, claramente, que la Mente Sensual en forma alguna podría producir en nosotros una transformación radical. Es conveniente entender que la Mente Sensual, por muy culta que parezca, nunca podría sa­carlo a uno del automatismo y de la mecani­cidad en que se encuentra toda la gente, todo el mundo.
            Una cosa es el hombre meramente animal, es decir, el animal intelectual, y otra cosa (en verdad muy diferente, por cierto) es el verdadero hombre psicológico. Al ci­tar la palabra "hombre", incluyo también, na­turalmente, a la mujer y esto se debe subentender claramente.
            Nacemos con un cuerpo físico maravilloso, pero en realidad de verdad, necesitamos hacer algo más. Formar el cuerpo físico, no es difícil (lo heredamos), pero formar al hombre psicológico, sí es difícil. Para formar el cuerpo físico no necesitamos trabajar sobre sí mismos, pero para for­mar al hombre psicológico, sí debemos trabajar en sí mismos; eso es obvio. Se trata, pues, de organizar la psiquis, que está desordenada, para crear al hombre psicológico, que es el verdadero hombre, en el sentido más completo de la palabra. Distíngase, pues, entre el animal intelectual equivocadamente llamado hombre, y el verdade­ro y auténtico hombre psicológico.
            Nosotros necesitamos trabajar sobre sí mis­mos, si es que queremos crear a tal hombre. Sin embargo, hay lucha en nosotros: la Mente Sensual es enemiga declarada de la Mente Su­perior.
            La Mente Sensual se identifica con cualquier circunstancia. Si por ejemplo, de pronto nos hallamos en un opíparo banquete, nos identi­ficamos tanto con las viandas que nos conver­timos en glotones; y si se nos brinda una copa, nos identificamos tanto con el vino que termi­namos embriagados; y si encontramos en nues­tro camino a una persona del sexo opuesto (fas­cinante, interesante), nos identificamos tanto con aquella, que terminamos nosotros en fornicarios, o convertidos simplemente en adúlte­ros. En estas circunstancias, y de este modo, no es posible crear al hombre psicológico.
            Si por alguna parte hemos de iniciar el trabajo de crear al hombre psicológico, será, en realidad de verdad, trabajando sobre sí mismos y no identificándonos, jamás, con nin­guna circunstancia, y autoobservándonos de instante en instante, de momento en momento.
            Hay quienes yerran el camino. Existen So­ciedades, Ordenes, Logias, Religiones, Sectas, que pretenden organizar la psiquis humana mediante ciertas máximas que podríamos llamar "de oro"; comunidades que pretenden, mediante tal o cual máxima, comportarse en todas las circunstancias de la vida, a fin de conseguir algo que ellos llamarían "purifica­ción", "santidad", etc. Todo esto es urgente analizarlo.
            Es obvio que una máxima cualquiera, de tipo ético, religioso, nunca podría servir de patrón para los distintos aconteceres de la vida. Una máxima, aún estructurada con la lógica superior de un Ouspensky, por ejem­plo, en verdad que jamás podría crear un nue­vo cosmos, ni una nueva naturaleza. Supeditarnos estrictamente a una máxima, con el propósito de organizar nuestra psiquis, sería absurdo. Esto significaría convertirnos en escla­vos (obviamente).
            De manera que, conviene que reflexionemos sobre muchos catálogos éticos y códigos mora­les, con "máximas de oro". Todas esas reglas o máximas, jamás pueden transformar a nadie; eso es obvio. Además, hay factores que hay que analizar, antes de poder entrar uno en el trabajo de organizar la psiquis.
            Incuestionablemente, un enunciado demostrativo, por ejemplo, por muy rico que él fuese, y perfecto, podría ser falso, y lo que es peor: intencionalmente falso.
            Así que, al intentar nosotros una transfor­mación de sí mismos, tenemos que volvernos un poco más individuales (no quiero decir egoístas; subentiéndase esto como apren­der a pensar mejor y en una forma in­dependiente y perfecta), porque muchas sen­tencias sagradas ("máximas de oro", como ya dije; aforismos que todo el mundo considera perfectos), realmente no podrían servir de pa­trón de medida para conseguir una transfor­mación auténtica y una organización de la psi­quis dentro de nosotros.
            Se trata de organizar la psiquis in­terna, y tenemos que salir de tanto raciona­lismo de tipo subjetivo, e ir como se dice, al grano, a los hechos: afrontar nuestros propios errores, como son; no querer nunca justificarlos, no tratar de huir de ellos, no intentar disculparlos. Se necesita que nos volvamos más serios; en la analítica, tenemos que ser, dijéramos, más juiciosos, más comprensivos. Si en verdad no buscamos escapatorias, entonces sí podemos trabajar sobre nosotros mismos para conseguir la organización del hombre psicológico y dejar de ser meros animales intelectuales, como hasta ahora somos.
            La autoobservación psicológica es básica. Se necesita, en verdad, autoobservarnos de ins­tante en instante, de segundo en segundo. ¿Con qué objeto? ¡Uno! ¿Cuál? Descubrir nuestros defectos de tipo psicológico, pero descubrirlos en el terreno de los hechos, observarlos directamente, juiciosamente, sin evasivas, sin disculpas, sin escapatorias de ninguna especie.
            Una vez que un defecto ha sido debidamente descubierto, entonces y sólo entonces, podemos nosotros comprenderlo, y al intentar compren­derlo, debemos, repito, ser severos consigo mismos.
            Muchos, cuando intentan comprender un error, lo justifican, o lo evaden, o lo esconden de sí mismos, y eso es absurdo. Hay también algunos hermanitos gnósticos que al descubrir tal o cual defecto en sí mismos, comienzan con su mente (dijéramos, teorética) a hacer espe­culaciones y eso es gravísimo, porque como ya dije y lo repito ahora, en este momento, las es­peculaciones de la mente (meramente subjeti­vas) van a desembocar, forzosamente, en el te­rreno del utopismo; eso es claro.
            Así pues, si se quiere entender un error, las especulaciones meramente subjetivas deben ser eliminadas, y para que sean eliminadas, se ne­cesita haber observado el error directamente. Sólo así, mediante una correcta observación, es posible corregir la tendencia a la especulación.
            Una vez que uno ha comprendido íntegra­mente cualquier defecto psicológico, en todos los niveles de la mente, entonces sí puede darse el lujo de quebrantarlo, de desintegrarlo, de reducirlo a cenizas, a polvareda cósmica. La mente, por sí misma, puede rotular cualquier defecto con distintos nombres, puede pasarlos de un nivel a otro, esconderlo de sí misma, esconderlo de los demás, pero nunca desintegrarlo.
            Muchas veces he hablado aquí, he dicho que necesitamos de un poder que sea superior a la mente, de un poder que, en verdad, pueda reducir a cenizas cualquier defecto de tipo psi­cológico. Afortunadamente, ese poder existe en el fon­do de nuestra psiquis. Me refiero, claramente, a Stella Maris, la Virgen del Mar, que es una variante de nuestro propio Ser, pero derivada o derivado. Si nosotros nos concentramos en esa fuerza variante que existe en nuestra psiquis (y que algunos pueblos denominaron Isis, y otros Tonantzin, y aquellos Diana, etc.), seremos asistidos. Entonces, el defecto en cuestión puede ser reducido a polvareda cósmica.
            Cualquier agregado psíquico, viva perso­nificación de tal o cual error, una vez que ha sido desintegrado, libera algo (eso se llama Esencia). Es claro que, dentro de cualquiera de esas "botellas" conocidas como agregados psíquicos, existe Esencia o Conciencia anímica enfrascada, y al quebrantar éste o aquel error, el porcentaje de Esencia, allí depositado, es liberado.
            Cada vez que un porcentaje de Esencia búdhica es liberado, aumenta de hecho y por de­recho propio el porcentaje de Conciencia. Y así, conforme nosotros vamos quebrantando los agregados psíquicos, el porcentaje de Conciencia despierta se irá multiplicando, y cuando la totalidad de los agregados psíqui­cos sea reducida a cenizas, la Conciencia ha­brá despertado, también en su totalidad.
            Si tan sólo hemos quebrantado un cincuenta por ciento de elementos psíquicos indesea­bles, poseeremos, obviamente, un cincuenta por ciento de Conciencia Objetiva, despierta. Más si nosotros conseguimos quebrantar el ciento por ciento de los agregados psíquicos indeseables, lograremos de hecho y por derecho propio, un ciento por ciento de Conciencia Objetiva. Así es que, a base de multiplicacio­nes incesantes, nuestra Conciencia irá resplan­deciendo cada vez más; eso es obvio.
            Lograr el absoluto despertar, es lo que queremos. Y sí es posible, si marchamos por el camino correcto. De lo contrario, no sería po­sible lograrlo; eso es claro.
            En todo caso, a medida que nosotros vaya­mos quebrantando los elementos psíquicos in­deseables que en nuestro interior cargamos, distintos Shiddis o facultades lumi­nosas irán aflorando en nuestra psiquis, y cuando se haya conseguido la aniquilación budista, entonces, en verdad, habremos conseguido la más absoluta iluminación.
            Esta palabra, "aniquilación budista", molesta mucho a determinadas or­ganizaciones de tipo pseudoesoterista, pseudoocultista. A nosotros, en vez de fastidiarnos, tal palabra nos agrada (realmente, conseguir el ciento por ciento de Conciencia, es algo an­helable). Son muchos los que quisieran tener la iluminación, son muchos los que se sienten amargados, los que padecen entre las tinieblas, los que sufren por las distintas circunstancias amargas de la vida. La iluminación, pues, es algo muy anhela­ble, pero la iluminación tiene una razón de ser; la razón de ser de la iluminación es el Dharmadatu (esta palabra, de tipo sánscrito, sonará un poco extraña a los oídos de los aquí presentes: "Dharmadatu", que deviene de la raíz "Dharma").
            Podría alguien desintegrar los elementos psíquicos indeseables que en nuestro interior cargamos, y sin embargo no por ello lograría la iluminación radical: aquí entra en juego eso que se llama el Tercer Factor de la Revolución de la Conciencia, el del sacrificio por la humanidad. Si nosotros no nos sacrificamos por la huma­nidad, no sería posible conseguir la iluminación absoluta, porque, repito, la razón de ser de la iluminación es el Dharmadatu.
            Es obvio que si desintegramos el Ego, se nos paga. Es cierto y de toda verdad que si crea­mos los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser, se nos paga. No podemos negar que si nosotros nos sacrificamos por nuestros seme­jantes, se nos paga. Todo eso es indubitable.
            Para conseguir la iluminación absoluta, se necesita trabajar con los tres factores de la revolución de la Conciencia: Nacer, es de­cir, crear los Vehículos Existenciales Superio­res del Ser; Morir, o desintegrar el Ego en su totalidad y el Sacrificio por la humanidad. He ahí los tres factores de la re­volución de la Conciencia.
            Pero como ya les decía a ustedes, tenemos que saber trabajar sobre sí mismos (eso es obvio); necesitamos organizar al hombre psicológico dentro de sí mismos. Primero que todo, antes de conseguir nosotros la iluminación absoluta, el hombre psicológico debe nacer en nosotros, y nace cuando se organiza la psiquis; hay que organizar la psiquis dentro de sí mismos, aquí y ahora.
            Si nosotros trabajamos correctamente, orga­nizamos la psiquis. Por ejemplo, si no malgas­tamos las energías del Centro Emocional, si no malgastamos las energías de la Mente, o las del Centro Motor-Instintivo-Sexual, es obvio que con tal reserva, creamos o venimos a crear, a dar forma al segundo cuerpo psicológico en nosotros: el nuevo cuerpo para las emociones: denominémoslo "Eidolón".
            Es indubitable que si nosotros nos liberta­mos de la Mente Sensual, conseguiremos, en realidad de verdad, ahorrar energías intelec­tuales, con las cuales podemos nutrir al ter­cer cuerpo psicológico, a la Mente Individual.
            Y al pronunciarme contra la Mente Sensual, quiero que entiendan los hermanos, claramen­te, que no dejo de reconocer la utilidad de la Mente Sensual, y que necesitamos vivir en per­fecto equilibrio: saber manejar la Mente Supe­rior y saber usar la Mente Sensual. Porque si uno no sabe usar la Mente Sensual, se olvida de que tiene que pagar la renta, se olvida de que debe comer para existir, se olvida de que tiene que vestirse: anda por las calles en el más completo desaliño, no cumple uno con sus deberes en la vida. Entonces, la Mente Sen­sual es necesaria, pero hay que saberla mane­jar inteligentemente, con equilibrio. Es decir, la Mente Superior y la Mente Sensual deben equilibrarse en la vida; eso es obvio.
            Hay gentes que se preocupan únicamente por la Mente Superior. Ejemplo: determinados eremitas que viven en cavernas, en los Himalayas, se olvidan que tienen una Mente Sensual. Desecharla, simplemente "así porque sí", es absurdo. Se necesita que la Mente Sen­sual funcione en forma equilibrada, para cum­plir uno con sus deberes en la vida.
            La pugna entre la Mente Superior y la Men­te Sensual, es espantosa. Recordemos nosotros al Cristo, cuando estuvo en su ayuno en el de­sierto. Se le presenta un demonio y le dice: "Todos estos reinos del mundo te los entrega­ré, si te arrodillas y me adoras" (es decir, la Mente Sensual tentándole). Y responde la Mente Superior diciendo: "¡Satán, Satán, es­crito está: al Señor tu Dios adoraras y a él sólo obedecerás!" (no se dejó Jesús dominar por la Mente Sensual). Pero esto no quiere decir que no sea útil tal mente; lo que sucede es que hay que tenerla bajo control y que debe marchar en perfecto equilibrio con la Mente Superior.
            Al tratar de organizar al hombre psicológico, obviamente sucederá una pugna es­pantosa entre las dos mentes: entre la superior (la psicológica) y la sensual. La Mente Sensual no quiere nada que se relacione con la Mente Superior. La Mente Sensual goza cuando uno se identifica con una escena de lujuria, o cuando uno se identifica con un aconteci­miento doloroso en la calle, o cuando se identifica con una copa de vino, etc.; pero la Men­te psicológica se opone violentamente.
            Voy a ilustrar esto con un ejemplo. Iba, de pronto, en un carro; alguien conducía el auto­móvil. Marchábamos por el carril izquierdo de una calle; por el carril derecho, otra dama conducía otro carruaje. De pronto sucede que el carruaje que conduce aquella dama, cambia de dirección, intenta meterse a un supermer­cado. Es obvio que, yendo por la derecha, de­bía girar hacia alguna parte, para meterse en el supermercado. Si el supermercado hubiera estado a su de­recha, pues se hubiera metido hacia la dere­cha, pero desafortunadamente estaba a su izquierda y el carril izquierdo estaba ocupado por el carruaje en el que nosotros viajábamos. No le importaba nada, a aquella dama, absolutamente nada, y definitivamente quiebra hacia la izquierda (claro, viniendo a chocar con el carruaje en el que nosotros íbamos). Los daños no fueron graves, fueron mínimos para aquel otro carro, pero aquí viene lo interesante.
            Como quiera que en el carro en el que viajara mi insignificante persona, el conductor reconoció no tener la culpa (y en verdad, no la tenía; él no era culpable de que otro carruaje se le metiera por delante, quebrando violen­tamente, en momentos en que él marchaba), naturalmente alegó eso, a la dama en cuestión. La dama insistía en tener su razón. Claro, su razón era absurda, manifiestamente absurda y cualquier perito de tránsito la habría descalificado de inmediato. Sin embargo, ella insistía: "Llama al Seguro (dijo ella) para arreglar el problema"... Después de una o dos horas, el Seguro no llegaba. La dama insistía en que se le pagaran unos trescientos pesos que costaba el daño, la reparación de su vehículo, el que ella misma había destruido. Los tripulantes del carro en que viajaba y su conductor, definitivamente estaban airados, en gran manera, y aunque cualquiera de ellos hubiera podido pagar, no estaban dispuestos a hacerlo (era tal la ira que tenían). Por mi parte, resolví no identificarme con aquella circunstancia, pues nuestra disciplina psicológica, nuestro Yudo Psicológico, dijéramos, nos indica que en tales casos, uno no debe iden­tificarse. Es obvio que permanecí sereno, de acuerdo con nuestro Yudo Psicológico.
            Bueno, pero el tiempo se pasaba: dos horas y posiblemente muchas mas tendríamos que aguardar, pues el Seguro no aparecía. Al fin, la dama aquella llegó muy respetuosamen­te hasta mí, pues vio que era el único que estaba sereno (los demás tripulantes vociferaban). Me dice: "Señor, si me diera usted siquiera trescientos pesos, dejamos esta cuestión a un lado. Estoy perdiendo el tiempo y todos lo estamos perdiendo". Le dije. "Pero si usted ha visto la posición en que están esos dos carros. Si quería usted quebrar a la izquierda, debería usted haber traído el carril izquierdo; pero usted iba por el carril derecho y sin embargo intentó entrar a ese supermercado. No es posible entrar por el carril derecho, cuando el izquierdo va ocupado. Cualquier perito de tránsito la descalifica"... "Señor (insistió ella), ¿pero qué hacemos, perdiendo el tiempo? ¡No viene el Seguro!" "Bueno (le dije finalmente), tome usted sus trescientos pesos y vaya usted en santa paz. No hay problema, siga su viaje".
            Es obvio que hubo una protesta general de los tripulantes: se indignaron, no solamente contra aquella dama, sino contra mí también. Era tal el estado en que se encontraban, que no podían menos que protestar (se encontra­ban absolutamente identificados con la esce­na). Es claro que a mí me calificaban de tonto, etc., y "otras tantas hierbas".
            Uno de los tripulantes avanzó directo hacia las damas, con el propósito de insultarlas, pues eran varias: la que conducía y las acompañan­tes. Yo me adelanté un poquito y le dije a aquella señora: "Vayase usted en santa paz y no haga caso a los insultadores". Bueno, la mujer (muy feliz) me alcanzó a dar desde le­jos el último saludo, y el carro se perdió allá, por esas calles de la ciudad.
            Hubiéramos podido seguir aguardando: tres, cuatro, seis horas, toda la tarde, posiblemente hasta la noche, hasta que llegara el Se­guro, para concluir en cualquier arreglo ton­to. Realmente, no había problema grave, los daños de aquel carro eran mínimos, pero aun­que los tripulantes aquellos tenían dinero, de ninguna manera estaban dispuestos a pagar. Se encontraban tan identificados con el hecho, que no tenían ganas (como se dice) de "dar a torcer su brazo".
            Los salvé, ciertamente, de una cantidad de pormenores o detalles molestosos, les evité, si es posible, ir a la Delegación; les evité cin­cuenta mil sandeces y tonterías, amarguras y discusiones, pero ellos se encontraban tan iden­tificados con aquel hecho, que ni cuenta se da­ban del bien que se les había hecho, ¡así es la gente!
            De manera que, mis queridos amigos, en realidad de verdad deben ustedes entender que identificarse con las circuns­tancias, trae problemas. ¡Es absurdo identificarse con las circunstancias, comple­tamente absurdo! (se gastan las energías). ¿Con qué energías organizaría uno, por ejemplo el Cuerpo Astral, si se deja llevar de esos estalli­dos de ira, de esos berrinches espantosos, de esos corajes que no tienen razón de ser, todo por identificarse con las circunstancias? ¿Con qué fuerzas podría uno darse el lujo de crearse una Mente Individual, si uno, en realidad de verdad, despilfarra sus energías intelectuales, las malgasta en tonterías, en he­chos similares a los que les he contado? La creación del segundo cuerpo nos invita a aho­rrar energías emocionales, y la creación de un tercer cuerpo (llamaríamoslo "Intelectual", o "Mente Individual"), nos hace comprender la necesidad de ahorrar un poco nuestra energía mental.
            Ahora bien, si nosotros no aprendemos, en verdad, a dejar las antipatías mecánicas; si nosotros estamos siempre llenos de mala voluntad hacia nuestros semejantes, ¿con qué energías crearíamos entonces el Cuerpo de la Voluntad Consciente, es decir, el cuarto Cuerpo Psicológico? Y hay que crear todo ese juego de vehículos superiores, si es que queremos en verdad crear, dentro de sí mismos, o fabricar dentro de sí mismos, o dar forma dentro de sí mismos, al hombre psicológico.
            Bien sabemos que alguien, que posee el cuerpo físico y un segundo cuerpo tipo emo­cional, psicológico y un tercer cuerpo de tipo mental, individual y un cuarto cuerpo de tipo volitivo, consciente, puede darse el lujo de recibir sus principios anímicos para convertirse en hombre; eso es indubitable. Pero si uno verdaderamente malgasta sus ener­gías motrices, vitales, emocionales, mentales y volitivas, es obvio que nunca podrá organizar esos cuerpos psicológicos, en nosotros tan indispensables para que (dentro de sí mismos) aparezca el hombre.
            Así que, cuando hablo de "organizar la psiquis", debe saberse entender. Tene­mos que manejar energías, saberlas utilizar no identificándonos (para no malgastar nuestras energías torpemente), no olvidándonos de sí mismos.
            Cuando uno se olvida de sí mismo, se iden­tifica, y cuando se identifica, entonces no pue­de dar forma a la psiquis, no puede hacer, pues, que la psiquis se estructure inteligentemente, en sí misma, porque malgasta las energías tor­pemente. Esto es urgente entenderlo, mis queridos hermanos.
            Así pues, un hombre verdadero es un hombre que ha ahorrado sus energías y que, me­diante las mismas, ha podido crear los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser. Un hombre verdadero es aquel que ha recibido sus princi­pios anímicos y espirituales, un hombre per­fecto es aquel que ha desintegrado, dijéramos, todos los elementos psíquicos inhumanos, y que en vez de esos elementos indeseables, ha dado forma al hombre interior.
            EL hombre interior es lo que cuenta y el hombre interior recibe su pago, la Gran Ley le paga. El hombre interior está despierto porque ha desintegrado el Ego; el hombre real, verdadero, que se sacrifica por sus semejantes, obviamente consi­gue la iluminación.
            Así que, crear al hombre es lo primero, es lo fundamental y esto se consigue organi­zando la psiquis. Pero muchos, en vez de dedicarse a organizar su propia psiquis ínti­ma, se preocupan exclusivamente por desarro­llar poderes o Shiddis inferiores. ¡Eso es absurdo! ¿Por qué vamos a empezar nosotros por organizar la psiquis, o por desarrollar poderes inferiores? ¿Qué es lo que queremos? Tenemos que ser juiciosos (nosotros) en el análisis, juiciosos en nuestros anhelos. Si es poderes lo que estamos buscando, per­demos el tiempo miserablemente. Creo que lo fundamental es que organicemos nuestra psi­quis inferior; eso es lo básico. Si ustedes lo entienden en sí mismos y trabajan en sí mismos, conseguirán darle forma a la psiquis. Entonces el hombre real, el hombre verdadero, habrá nacido en ustedes. Entiendan esto: mejor es que, en vez de andar buscando Shiddis inferiores, o poderes inferiores, como decimos nosotros, demos for­ma a la psiquis.
            Hay un poder trascendental, que nace en cualquier hombre que verdaderamente ha tra­bajado sobre sí mismo. Me refiero, en forma enfática, a la intuición (y cito esto para que dejen ustedes de codiciar poderes).
            Pero, ¿cuál es esa facultad? Se nos ha di­cho que está relacionada con la glándula pineal. No lo niego, pero lo interesante es expli­car cuáles son sus funciones.
            ¿Cómo definiríamos a la intuición? "Per­cepción directa de la verdad, sin el proceso deprimente de la opción". Bueno, está buena esa forma de definirla, pero la encuentro muy incipiente (la usan todas las escuelitas por ahí, de tipo pseudoesotérico y pseudoocultis­ta), pero la analítica nos invita a ahondar más en este asunto.
            ¿Qué es la intuición? Es una facultad de interpenetración (posiblemente He­gel, en su dialéctica, trate de definirla con aquello de los "Concretos Universales", y a mí me parece mejor definirla con la filosofía china, la de la raza amarilla, pues).
            Hubo una Emperatriz china que no entendía bien esta cuestión de la intuición. Un sabio le explicó que era la "facultad de interpene­tración" (está correcta esa definición, pero ella no la entendía). Entonces el sabio trajo una veladora encendida y la colocó en el centro de un recinto, y a su alrededor colocó también diez espejos. Es claro que la lumbre de aquella veladora se reflejaba en un espejo y ese espejo la pro­yectaba a otro espejo, y el otro espejo la proyec­taba al otro, y el otro al otro, y así notaron que los diez espejos mutuamente se proyectaban la luz, uno a otro. Se notó un juego de luces ma­ravilloso, un juego de interpenetra­ción (la Emperatriz entendió). He ahí la fa­cultad de la intuición.
            Si alguien ha logrado la aniquilación budista, si alguien ha conseguido fabri­car los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser, si verdaderamente es un hombre (de ver­dad, en el sentido trascendental de la palabra), entonces la facultad de interpenetración es en él un hecho.
            Téngase en cuenta que uno está contenido en el cosmos, he dicho que uno es una parte de un todo. Dentro del microcosmos hombre, hay mucho, existe mucho, y sin embargo la totalidad de uno, no es sino una parte del todo. Ya sabemos que dentro del Ayocosmos (o sea, el Infinito), está contenido el Macro­cosmos. Dentro del Macrocosmos, que es la Vía Láctea, está contenido el Deutero­cosmos, el Sistema Solar. Dentro del Deu­terocosmos está contenido el Sol Cósmico, y dentro de éste, está contenido el Cosmos Tierra, el Mesocosmos. A su vez, dentro del Mesocosmos está contenido el Microcosmos Hombre y dentro del Mi­crocosmos Hombre está contenida, pues, la vida de lo infinitamente pequeño: el Tri­tocosmos.
            Bueno, dentro de un cosmos hay otro cos­mos, y dentro de ese cosmos hay otro, y por todo hay siete cosmos, unos contenidos en otros. De manera que, dentro de nosotros hay un cosmos inferior (eso es claro: el Trito­cosmos) y un cosmos superior (eso es claro: el Mesocosmos); es decir, nosotros esta­mos entre un cosmos superior y uno inferior.
            Claro, estamos también muy relacionados con nuestros padres, que nos dieron origen. A su vez, de nosotros devienen los hijos y los nietos; todos estamos interpenetran­donos mutuamente. La interpene­tración es una ley, perfectamente definida por la dialéctica de Hegel, con sus famosos conceptos que ya él ha explicado.
            Indubitablemente, mis queridos amigos, la existencia de un mundo cualquiera (su naci­miento, su desarrollo, su muerte), queda re­flejándose (también) dentro del hombre ver­dadero, el que ha logrado la aniquilación budista. Sólo entonces, éste puede de­cir: "Bueno, conozco la historia de este planeta"...
            Todo el Mahamanvantara puede reflejarse en la uña de un hombre auténtico, y puede re­flejarse con tanta exactitud, que el Buddha ese, no ignora nada.
            Todo lo que pueda suceder a una nación, puede reflejarse en la psiquis de un hombre que ha pasado por la aniquilación budista, y reflejarse con tanta precisión, con tanto detalle, que éste (claro) no llegue a ignorar ni el más insignificante acontecer.
            Así pues, deduzcan ustedes, e infieran de lo que he dicho, lo que es la intuición, la facul­tad de interpenetración.
            Si conseguimos que toda la historia de esta galaxia se refleje en nosotros, ¿ignoraríamos algo, por ejemplo, en relación con la galaxia? ¡Pues claro que no! Y la galaxia, con todos sus procesos, puede reflejarse en nuestra psi­quis, con tanta naturalidad, mis queridos her­manos, como la veladora aquella del ejemplo que he puesto, que se reflejaba en los diez es­pejos que sirvieron para ilustrar a la Empe­ratriz. Y si todas las criaturas pueden reflejarse en la psiquis de un Buddha de Contempla­ción, es porque éste ya no tiene agregados psíquicos inhumanos que desintegrar, y enton­ces éste, de hecho, consigue (mediante la in­tuición) eso que podríamos definir como omnisciencia.
            Llegar a la iluminación es pues posible, pero no olviden, mis queridos amigos, que la iluminación, a su vez, tiene sus leyes. La ra­zón de ser de la iluminación, es el Dharma­datu, es decir, el Dharma.

SAMAEL AUN WEOR

No hay comentarios:

Publicar un comentario