domingo, 12 de marzo de 2017

LA FALSA PERSONALIDAD



                                    
         Ciertamente, existe en nosotros un elemento perjudicial que es óbice para la adquisición de la verdadera felicidad. Quiero referirme, en forma enfática, a la falsa personalidad. Incuestionablemente, si ésta se desvaneciera, sólo reinaría en nuestros corazones la bienaventuranza.
         Desafortunadamente, la falsa personalidad está constituida por ciertos ingredientes perju­diciales (me refiero ahora a la vanidad y al engreimiento). No hay duda de que si estos dos elementos desapare­cieran de la faz de la tierra, la vida del ser hu­mano cambiaría totalmente.
         Con el engreimiento y la vanidad, se proces­an muchas causas y efectos equivocados. El engreído quiere subir al tope de la escalera, ha­cerse sentir; quiere pisotear honras, dignidades, cora­zones, sin importarle el dolor ajeno.
         El vanidoso, obviamente, se siente herido cuando alguien le lastima. En aras de su vani­dad sacrifica a otros, con tal de tener lo que más deslumbra a las gentes: el flamante carro, la lujosa residencia, los elegantes trajes, etc. No importa que tenga que explotar a muchos, si por ese medio, o por distintos medios, ha de conseguir el dinero necesario que le permita mostrar al mundo su fatuidad.


         Así pues, hermanos, el engreimiento y la vanidad son gravísimos. Graves también son los celos y las preocupaciones.
         Las preocupaciones son, dijéramos, semejantes a las moscas: miles de Yoes de las preocupacio­nes revolotean en la mente, aguardando algo, que les permita formar problemas. Así como las moscas se posan en forma in­discriminada sobre todo lo que encuentran (sobre la inmundicia y sobre la comida), así son también el enjambre de los Yoes de las preocupaciones. Ellos aguardan algo en qué posarse, para formar preocupaciones: un concepto, una pa­labra, una idea, una teoría, cualquier cosa, no importa lo que sea. Los Yoes de las preocupa­ciones sólo aguardan el instante en que puedan formar problemas, y flotan en la mente, son perceptibles para aquellos que poseen la divi­na clarividencia.


         ¡Es terrible eso: pensar que, sen­cillamente, que tales Yoes se corresponden con la falsa personalidad (vean ustedes cuan perjudicial es la falsa personalidad)!
         Y en cuanto a los celos, ¿qué diríamos? El celoso hace "de una pulga un caballo", hace problemas por doquiera. Si el ser amado sonríe, eso es ya un motivo de celos para el celoso, y entonces calumnia, hiere, hace daño. Mas no sólo existen celos pasionales, tam­bién existen otra clase de celos: celos religio­sos, celos políticos, etc. (hay celos de amistad, eso nadie lo puede negar; los celos son múlti­ples, causan gran dolor). Todos esos celos, todos esos Yoes de las preocupaciones, así como el engreimien­to (que indudablemente es gravísimo), y la vanidad que tanta ostentación hace, todo eso, en fin, sencillamente, pertenece a la falsa persona­lidad.
         Los seres humanos podrían ser felices si no poseyeran la falsa personalidad. Desgraciadamente, todo el mundo la posee. En ausencia de la falsa personalidad viviríamos en éxtasis (¡cuan dichosos nos sentiríamos!), mas desgra­ciadamente todas las gentes poseen una falsa personalidad, y eso es muy grave.
         Es necesario que nosotros nos propongamos destruir la falsa personalidad, y esto es posi­ble si le hacemos la disección a los celos, a la vanidad, a los Yoes de las preocupaciones, al orgullo, etc. Cuando uno, por ejemplo, comprende que el engreimiento es uno de los factores más densos de la falsa personalidad, entonces se propone hacerle la disección a ese elemento, y lo disuelve radical­mente.
         Pensemos en lo que es la felicidad del Ser y lo que es la falsa personalidad. El Ser, en sí mismo, es feliz, infinitamente dichoso. Cuando uno elimina la falsa personalidad, queda en la plenitud del Ser, goza entonces de la bienaventuranza. Pero desgraciadamente, son muy pocos los que se preocupan por esta clase de estudios; raros son aquellos que realmente intentan autoexplorarse profundamente.
         Obviamente, mis queridos hermanos, nece­sitamos provocar un cambio en nosotros. Si un Mago, por obra de su magia, disolviera la vanidad y el engreimiento, la gente se encon­traría totalmente transformada, mas no sabrían qué hacer, se hallarían desorientadas, no le en­contrarían sentido a la vida, se suicidarían, morirían, y sin embargo, hay que disolver esos dos ingredientes: el engreimiento y la vanidad. Pero el proceso del cambio, debe ser metódico, didáctico y hasta dialéctico, porque de lo contrario moriríamos, nos hallaríamos desorientados. Cuando uno comprende esto, se propone entonces trabajar sobre sí mismo.
         Necesitamos hacernos conscientes o auto­conscientes de nuestros propios pensamientos, de nuestros propios sentimientos y de los efec­tos que otros seres humanos producen en no­sotros. Cuando uno comprende la necesidad de ha­cerse autoconsciente, va disolviendo los fac­tores del engreimiento y de la vanidad, así como los de los celos y los de las preocupacio­nes. Se procesa entonces una transformación que obviamente nos llevará al despertar. Despertar es lo fundamental, despertar es lo ra­dical.
         Los Yoes del engreimiento y de la vanidad, que corresponden como ya dijimos a la falsa personalidad, ha­cen que uno se identifique con las cosas de este mundo, con las cosas materiales, con los sucesos, con los distintos eventos recurrentes en el tiempo. Uno tiene que aprender a producir la separación del sí mismo, la separación de todas las cosas: no identificarse con los sucesos, con los acontecimientos, con las cosas, con los eventos, etc., porque esta identi­ficación le absorbe, le vampiriza a uno la Conciencia y la sumerge más profundamente en el sueño. De manera que necesitamos que nuestra Conciencia despierte, lo cual es posible haciendo la separación entre nosotros y las cosas, entre nosotros y los eventos o sucesos.
         Así pues, queridos hermanos, debemos volvernos autorreflexivos, autoconscientes. Obviamente, el trabajo de la desintegración de los elemen­tos de la falsa personalidad, suele ser a veces muy difícil, y esto no lo podemos negar. Noso­tros quisiéramos desintegrar ciertos elementos y subelementos de la falsa personalidad, con el propósito de conseguir la felicidad a la cual tenemos derecho, pero desgraciadamente, y eso es lo grave, a veces sentimos que nos estan­camos.
         Hay Yoes, elementos, subelementos o agregados de la falsa personalidad que son muy difíciles de desintegrar. Entonces necesitamos revestirnos de mucha paciencia si es que en verdad queremos avanzar. Ciertamente, a medida que nosotros ahondamos más y más dentro de sí mismos, vamos descubriendo que existen ciertos agregados psíqui­cos inhumanos, muy difíciles de pulverizar. No debemos impacientarnos, máxime cuan­do, en realidad de verdad, no hemos pa­gado el precio del avance. Desinte­grar a veces ciertos elementos difíciles, es posible cuando uno paga. Es absurdo querer eliminar ciertos elementos y subelementos en for­ma inmediata, sin haber pagado. Recuerden ustedes que tales o cuales agre­gados psíquicos, personificando errores, se hallan en verdad íntimamente relacionados con causas equivocadas, y estas, a su vez, con el Karma. Así pues, no se extrañen ustedes si alguna vez se encuentran estancados en tal o cual elemento. Es seguro que el mismo está, simplemente, vin­culado a tal o cual mala causa. Malas cau­sas producen malos efectos, y esas malas causas, o Yoes Causas, se encuentran a su vez liga­dos a la ley del debe y el haber, a la Ley del Karma. En estos casos se necesita pagar, a fin de poder desintegrar estos o aquellos elementos difíciles.
         No solamente se paga Karma con dolor, se puede también pagar con buenas acciones, y hasta se puede lograr su perdón, mediante el supremo arrepentimiento. Entonces los Yoes Causas sí se disuelven.
         La impaciencia en estos estudios perjudica a los neófitos. Si éstos quieren realizar avances, deben volverse serios y pacientes. No es posible convertirse en un hombre serio, sin antes haber adquirido la paciencia. Jesús El Cristo dijo: "En paciencia poseeréis vuestras Almas". Muy buena dosis de paciencia se necesita cuando nos estancamos en tal o cual Yo. Por eso es urgente volvernos más conscientes de sí mismos, en el pensamiento, en el sentimiento y en la palabra.
         Distingamos nosotros entre lo que es la plática, propiamente dicha, y lo que es la charla. La charla y el charlatán son lo mismo. Por eso en nuestros estudios no debemos aceptar jamás la palabra "charla" (o "charlatán" para nuestros conferencistas). Nosotros no damos charlas; yo aquí no estoy charlando con ustedes. Soy un hombre serio que no ha venido a charlar, sino a platicar con ustedes, que es diferente. La charla es para los charlatanes, y la plática la encontramos en los "Diálogos" de Pla­tón, en las pláticas que sostenía Socrates con sus discípulos, etc. Ya ampliamente se ha hablado sobre esto, y bien valdría la pena estudiar "La República" de Platón. Así podríamos hacer una clara diferenciación entre lo que es la plá­tica y lo que es la charla de los charlatanes.
         La charla es por naturaleza algo mecánico. El charlista o el charlatán, el que da charlas, es el individuo que no tiene conciencia de lo que está diciendo, habla mecánicamente. La plática es otra cosa. Plática es la de un Socrates con sus discípulos, en su Academia; la de un Platón en los Misterios de Eleusis. Eso es la plática; allí hay reflexión. En este caso, quien platica, quien da la enseñanza, habla por reflexión evidente del Ser, escoge las palabras adecuadas para cada idea, reviste a las ideas con palabras exactas, resultado evidente de la autorreflexión del Ser.
         Quien platica, quien da la enseñanza, en modo alguno discurriría mecánicamente. Observen ustedes que los hombres reflexivos, cuando platican, lo hacen evidente­mente concentrados, escogen las pa­labras que necesitan para revestir las ideas trascendentales del Ser.
         Así pues, debemos hacernos conscientes de la palabra, y también debemos volvernos cons­cientes de nuestros sentimientos y de nuestros pensamientos.
         No hay duda de que existe o existen los cinco centros principales de la máquina orgánica: el Intelectual, el Emocional, el Motor, el Instintivo y el Sexual. El Intelectual está ubicado en el cerebro; el Centro Motor en la parte superior de la espina dorsal; el Emocional, incuestionablemente, en el corazón, Plexo Solar y centros simpáticos nerviosos; el Instintivo en la parte inferior de la espina dorsal, y el Sexual, obviamente, en los órganos sexuales.
         Nosotros debemos aprender a manejar nues­tros centros, si es que queremos vivir conscien­temente. Un gran sabio decía que "debería­mos usar también las partes inferiores de los cinco centros del Ser". A muchos se les hará extraño eso de cómo un sabio aconseja (y me refiero en estos momentos, en forma categórica, a Pedro Ouspensky), usar tam­bién las partes inferiores de los distintos cen­tros de la máquina orgánica; pero así es. Estos nos ponen en contacto con la vida práctica, con los hechos concretos de la existen­cia. Sabiéndolos manejar, evitamos el derroche innecesario de energía. Sería absurdo utilizar las partes superiores de los distintos centros de la máquina, cuando se deben utilizar los inferiores, o viceversa. Pongamos un ejemplo concreto: supongamos que alguien está ocupado en un oficio baladí, sin im­portancia, en un momento dado. Supongamos que en ese momento, está uno terriblemente concen­trado en tal oficio tonto, y que ha puesto en jue­go lo mejor de su mente y de su voluntad para hacer esa tontería; entonces lo que hay allí es un derroche inútil de energías. Pa­ra hacer esa tontería, basta ocupar la parte in­ferior de los centros de la máquina orgánica, eso es obvio. Así se evitaría el derroche inútil de energía.
         Quien quiera eliminar, dijéramos, los factores perjudiciales de la fal­sa personalidad, debe aprender a manejar los cinco centros orgánicos. Es necesario, también, saber usar las energías que fluyen por el interior del organismo hu­mano. Por ejemplo, un mal uso de las energías lo tenemos en el pensamiento excitado (una mente excitada funcionando mal).
         Obviamente, cuando el Centro Intelectual y el Centro Emocio­nal, trabajan en forma coordinada y armoniosa, se vuelven productivos, realizan obras espléndidas, maravillosas, marchan bien. Pero, ¿qué tal si la mente, por ejemplo, se encuentra exci­tada por la energía sexual o por la energía del Centro Instintivo o por la ener­gía del Centro Motor? Si la mente está excitada, si está funcionando mal, ¿qué habría que hacer? Profundizar, sumergirnos en el Centro Men­tal para poner orden en la mente, sacarla del estado de excitación y pensar con entera serenidad y lógica (no me refiero a la lógica formal, sino al "Tertium Organum", a la lógica superior).
         Así que, una mente excitada está funcionan­do mal. Nosotros necesitamos aprender a manejar correctamente los centros de la máquina, si es que en verdad queremos eliminar los elementos indeseables de la fal­sa personalidad. Existen muchos Yoes mecánicos e inútiles, en los cinco centros, Yoes de muchas tonterías que deben ser eliminados, tales como el engreimiento y la vanidad, que dentro de la falsa personalidad, originan desde sus profun­didades, ciertas acciones que resultan totalmen­te equivocadas y perjudiciales. ¡Vean ustedes cuan necesaria es la autoexploración, cuan indispensable es autoexplorarse!
         Conforme vayamos desintegrando lo que debemos desintegrar (los ingredientes de la falsa personalidad), se irá produciendo en nosotros una transformación didáctica, dialéctica, y al fin la resultante de eso, de tal transformación, viene a ser la Conciencia despierta, lúcida.
         Cuando uno, en verdad, establece esta en­señanza en su mente y en su corazón, compren­de la necesidad de sacrificar muchas co­sas, la necesidad de luchar por muchas causas. Hay necesidad de sacrificar mucho, mucho, para lograr la transformación; sacrificar lo que es más grato en la vida del hombre, del ser humano. Eso, en ver­dad, es indispensable cuando queremos lograr una transformación.
         ¿Qué se entiende por transformación? Con­vertirnos en una criatura diferente, en una criatura que corresponde más bien al Período Solar (eso es transformación). Pero no podríamos alcanzar tal transformación si no tuviéramos paciencia. Repito lo que dije al principio: "En paciencia poseeréis vuestras Almas". El impaciente queda estancado y fraca­sa para siempre. Yo no digo que ustedes no pasarán por procesos de estancamiento. Obvia­mente, habrán esos procesos, pero si se revisten de paciencia, saldrán de tales estados.
         Necesitamos volvernos más profundos en el pensar. ¿A qué se parece la gente superficial? La gente superficial es como aquellos charcos que se forman en los caminos. En los charcos, las aguas se pudren y sólo queda el lodo. Y las gentes de pensar profundo, ¿a qué se pare­cerían? A los lagos profundos (allí palpita la vida, allí viven los peces).
         Necesitamos volvernos más profundos, para descubrir tantas y tantas cosas que tiene la falsa personalidad. Lo más grave es que si uno se identifica con la falsa personalidad, si vive en ella, pues entonces fracasa, y a la larga tendrá que involucionar en el tiempo, dentro de los Mundos Infiernos.
         Si reflexionamos profundamente, mis caros hermanos, descubrimos dentro de nosotros mismos ciertos errores que sirven de basamento a determinados agregados psíquicos, dificilísimos de desintegrar (comprender esto es vital). Pero, ¿cómo quebrantaríamos las causas equivocadas, aquellas que nos hacen permanecer estancados en un punto, del cual no sali­mos por más que quisiéramos? Se necesita, forzosamente, de la disección analítica del error que nos mantiene estanca­dos; se necesita el estudio profundo, relaciona­do con tales agregados psíquicos, así como también se necesita el supremo arrepentimiento, el supremo dolor.
         Hay algo que siempre, aquí, les he venido repitiendo a ustedes: la desintegración de tales o cuales Yoes, no es cuestión meramente in­telectual: hay que pasar por grandes crisis emocionales, hay que llegar a derramar lágrimas de sangre, cuando en verdad, se quiere la transformación. Entonces, de tal modo, sí se logra provocar la desintegración de tal o cual agregado muy difícil. Por lo común, repito, esos agregados difíciles tie­nen causas muy graves, y tales causas, o Yoes Causas, se relacionan en forma di­recta con la ley, con el Karma. Empero, es posible lograr el perdón de ciertas deudas cuando el arrepentimiento es sincero.
         En cierta ocasión, me dirigí yo a mi Madre Divina Kundalini. Ella, la Serpiente Sagrada de los Grandes Misterios, estaba enroscada en una columna, conservando su cabeza de tipo humano. Le supliqué su perdón, pues obvia­mente luchaba por la revalorización de ciertos principios étnicos en mí mismo, por la reva­luación de ciertos valores místicos, por la regeneración del oro espiritual. La respuesta de ella fue definitiva: "Estáis perdonado, hijo mío, te perdono, ya tres veces te he perdonado". Ciertamente, en la antigua Tierra-Luna, durante el Mahamanvantara del "Padma" o "Loto de Oro", había sido ya perdonado; en el Continente Mú, otrora situado en lo que hoy es el Océano Pacífico, había sido perdonado, y ahora, por tercera vez, necesitaba perdón. Pero añadió la serpiente sagrada: "En una de esas, la segunda vez que te perdoné, (refiriéndose al del Continente Mú), tu Karma era tan grave, que a pesar de que yo te perdoné, no me atreví a penetrar en el Pala­cio de los Señores del Karma, pues me hubie­ran pisoteado los Señores de la Ley. Sin em­bargo, yo te perdoné". "Gracias, Madre", fue, mi respuesta.
         Así pues, la víbora sagrada de los Anti­guos Misterios, la Princesa Kundalini, perdo­na cuando uno se encuentra en el máximo gra­do de estancamiento. Cuando uno no marcha ni para atrás ni para adelante. Cuando uno no marcha en ninguna forma, pues no le queda más remedio que implorar el perdón a Devi Kundalini Shakti, a fin de que ella pueda desintegrar determinadas causas equivocadas o Yoes Causas. Aniquilando las mismas, los efec­tos se anulan.
         Así pues, hay que tener paciencia para rea­lizar el trabajo. Lo importante para nosotros es lograr, en verdad, la transformación, y es posible lograrla cuando en verdad se tiene paciencia. El impaciente no avanza ni una pul­gada en estos estudios.
         En todo caso, mediante la aniquilación budista, mediante la desintegración de toda clase de elementos inhumanos o subhumanos y perjudiciales, se consigue que la Esencia o Conciencia quede completamente de­sembotellada, despierta (en ausencia de la fal­sa personalidad), confiriéndonos algo que se llama bienaventuranza. La bienaventuranza hay que lograrla aquí y ahora, mediante la transformación radical.
         A través de todo esto, es como muchos her­manos van comprendiendo, sintiendo la nece­sidad del cambio. Es lamentable que muchos, en realidad de verdad, no tengan continui­dad de propósitos. Unos perseveran por un tiempo y luego se cansan, abandonan el trabajo sobre sí mismos, y así no consiguen ninguna transformación. Para conseguirla, es necesaria la continuidad de propósitos.
         Necesitamos vivir en estado de autoobser­vación continua. mediante la autoobservación uno descubre todos los procesos de la vanidad y del engreimiento, y entonces ya, con ta­les datos, rebajarlos, trabajar todo eso, pulve­rizar a esa vanidad y a ese engreimiento.
         Es difícil que alguien permanezca en autoobservación de día y de noche, constantemente, es difícil hallar a alguien así. Mas cuando uno per­severa, de verdad, quebranta a los Yoes y libera a su Conciencia, la vuelve refulgente, la torna despierta.
         Se necesita cambiar, mis queridos herma­nos, urge el cambio, y esto no es posible si con­tinúa existiendo en nosotros la falsa persona­lidad.
         Quiero, con esta plática, llevarlos a us­tedes hacia la reflexión. Recuerden que "en paciencia po­seeréis vuestras Almas", en paciencia llegaréis al despertar.
         Necesitamos hacernos conscientes de nues­tros propios pensamientos, hacernos conscien­tes de nuestros propios sentimientos, hacernos conscientes, en realidad de verdad, del efecto que producen en nosotros las gentes que nos rodean. Necesitamos hacernos conscientes del ambiente en que vivimos y de las relaciones que tenemos con el medio ambiente; necesita­mos hacernos conscientes de las relaciones que tenemos con nosotros mismos, pues mientras continuemos existiendo como máquinas inconscientes, nada estamos haciendo (necesitamos dejar de ser máquinas). Así pues, mis queridos hermanos, hasta aquí la plática de esta noche. Ahora estoy dispuesto a contestar preguntas, con relación al tema.

         P.- Maestro: ¿A qué se debe la discontinuidad de propósitos?
         R.- Pues, cuando no se ha establecido un centro permanente de Conciencia, no existe continuidad de propósito; pero cuando se ha establecido un centro magnético en el fondo de la Esencia, entonces hay continuidad de propósitos. Normalmente, el centro magnético de nuestra propia existencia se encuentra locali­zado en la falsa personalidad.

         P.- ¿De qué está hecha la personalidad au­téntica?
         R.- Ciertamente, la personalidad, en sí mis­ma, es pura energía. Nadie nace con una per­sonalidad: ella es hija de su tiempo, nace y muere en su tiempo, no hay ningún mañana para la personalidad del muerto. Cuando re­tornamos, cuando nos reincorporamos en un nuevo cuerpo físico, te­nemos que crear una nueva personalidad. Ella, en sí misma, es energía, pero se torna falsa, en realidad de verdad, cuando ciertos Yoes penetran en su interior y se desenvuelven en la misma. Por ejemplo: el Yo de la vani­dad, el Yo de los celos, los Yoes de las preocupaciones, los Yoes del intelectualismo, y en general los Yoes mecánicos que vienen a utilizar esa energía, que vienen a ubicarse y a apoderarse de la personalidad, haciéndola falsa. Pero si desintegramos tales Yoes, ya no es falsa, es un instrumento para trabajar, pero ya no es falsa personalidad.

         P.- ¿Cómo podríamos equilibrar nuestra personalidad, para colocarla al servicio de la Esencia?
         R.- La personalidad debe equilibrarse con la Esencia. Cuando la personalidad es más fuerte que la Esencia, hay desequilibrio. Necesitamos un perfecto equilibrio entre la personalidad y la Esencia.

         P.- ¿Cuando alguien logra crear los Cuerpos existenciales Superiores del Ser, ¿le infiere carácter de eternidad a determinada personalidad?
         R.- Bueno, podríamos decir que sí. Por ejemplo: un Maestro Resurrecto, que pueda conservar el cuerpo físico, obviamente tendrá una personalidad eterna en el mundo físico, tendrá otra personalidad astral, relacionada con el Cuerpo Astral; tendrá otra personalidad eterna en el Mundo Mental, relacionada con el Cuer­po Mental, y otra personalidad causal, relacionada con el Cuerpo Causal. De manera que hay cuatro personalidades fundamentales: la física, la astral, la mental y la causal. La física está gobernada por cuarenta y ocho leyes, la astral está gobernada por veinticuatro leyes, la mental gobernada por doce leyes, y la causal está gobernada por seis leyes.

         P.- Siendo obra de su tiempo, ¿podría considerarse a la personalidad como un agre­gado?
         R.- No, porque a diferencia de los agre­gados psíquicos, la personalidad dura lo que dura el cuerpo físico, y nada más. La persona­lidad es un instrumento receptivo, el ve­hículo de la acción (cuando no es falsa, cuando fluye originalmente y vive en forma prístina, pura).

         P.- La Personalidad de un Maestro, ya sea la del astral o la del mental, ¿son diferentes?
         R.- ¡Pues claro! La manifestación en el mun­do físico, con la personalidad física, es diferen­te a la manifestación en el Mundo Astral con la personalidad astral; otra es la manifesta­ción Mental y otra la del Causal, con las persona­lidades mental y causal, respectivamente. El verdadero hombre es el Hombre Cau­sal, pero, realmente, pensemos en lo que es la personalidad. Si nosotros conseguimos liberarnos de la falsa personalidad, nos establece­mos de hecho en el tercer estado de Concien­cia. Observen ustedes a los niños recién naci­dos: viven en el tercer estado de Conciencia, que es el de la "Recordación de Sí Mis­mos", en la recordación del propio Ser. Desgraciadamente, todos nosotros, debido a la falsa educación recibida, a los malos ejemplos de nuestros familiares, caemos del tercer estado, al segundo estado de Conciencia, al mal llamado "estado de vigilia", equivalente a caer, digamos, desde el cielo hasta el infierno, en el infierno del segundo estado de Conciencia, donde los Yoes nacen, donde los agregados psíquicos se manifiestan, donde todos los elementos inhumanos y perversos que nosotros tenemos, se robustecen. El segundo estado de Conciencia es, ciertamente, un verdadero infierno.

         P.- Usted mismo nos ha hablado, otras veces, de la necesidad de sacrificar los propios sufrimientos. ¿Tiene algo que ver el sufrimiento con la falsa personalidad?
         R.- La gente lo sacrificaría todo menos el sufrimiento. La gente es capaz de sacrificar sus vicios, sus pasiones, su vida misma, todo, menos su dolor. A sus sufrimientos los quieren demasiado, no los sacrificarían por nada, y hay que sacrificarlos también, hay que aprender a ex­traer de ellos lo más útil, aprovechar, dijéramos, las adversidades, porque las adversidades nos brindan siempre las mejores oportunidades para la autorrealización. Así entiendo yo el sacrificio de los sufri­mientos.
         Hay dolores terribles, hondos, que penetran en la Conciencia, y si sabemos aprovechar la lec­ción que nos dan, entonces sacrificamos el su­frimiento.
         Son verdades terribles las que estamos diciendo; mas, repito, se necesita pasar por la aniquilación de la mente, del sentimiento, de la personalidad, del Yo, y como resultado de tantas transmutaciones, como resultado de tantos trabajos, surge al fin una criatura diferente, terriblemente divina, en el fondo de cada uno de nosotros. Por eso se ha dicho que a través de la muerte se inicia la transformación, y es mediante la transformación cómo podemos nosotros llegar al Nacimiento Segundo y convertirnos en seres terriblemente divinos, más allá del bien y del mal.

         P.- Maestro: ¿Cómo podríamos nosotros de­sarrollar la comprensión?
         R.- La comprensión creadora se va desarro­llando a base de puro discernimiento. No puede haber comprensión si uno no establece un perfecto equilibrio entre el Ser y el Saber. Cuando el Ser es más grande que el Saber, de allí deviene, como decía Gurdjieff, un "santo estúpido". Cuando el Saber es mas grande que el Ser, deviene, digo yo, un bri­bón del intelecto. El mundo, actualmente, está gobernado por bribones, de allí el estado caótico en que se encuentra la humanidad.
         Establecer el equilibrio entre el Ser y el Saber es indispensable. Uno establece ese equilibrio a base de meditación. Si estudiamos, por ejemplo, un versículo bí­blico, y no utilizamos sino el centro formativo, el centro que registra, es decir, el intelecto, pues obvia­mente vamos mal: estamos destrozando ese centro, pero si estudiamos el versículo bíblico y luego nos absorbemos en profunda meditación, con el propósito de hacernos conscientes por iluminación, entonces se forma, dijé­ramos, un intercambio entre el Ser y el Saber. El Saber se funde en el Ser y el Ser se funde en el Saber, y de esa fusión integral surge la llamarada viviente de la comprensión.

         P.- Maestro: ¿Se puede concebir un arrepentimiento subjetivo?
         R.- Sí: hay arrepentimientos subjetivos y los hay objetivos. El arrepentimiento subjetivo es más bien mecánico; a veces se hace por com­pulsión: alguien le hace ver a uno, que ha co­metido tal o cual falta, y entonces uno se arrepiente. Ese es un arrepentimiento mecánico.
         Nosotros no necesitamos de arrepentimien­tos mecánicos, necesitamos del arrepentimiento consciente, objetivo, logrado mediante la Dialéctica de la Conciencia. Sólo mediante la Dialéctica de la Conciencia, de la dialéctica íntima del Ser, se puede conseguir el arrepentimiento real, auténtico, que obviamente ha de llevarnos a un cambio profundo en nuestras intimidades. En todo caso, hermanos, estoy mostrándoles el camino de la transformación. Este nos conduce al autodespertar a la objetivación real de la Conciencia, y eso es lo que im­porta: lo trascendental.

         P.- ¿Ese arrepentimiento mecánico podría ser el de las personas místicas, movidas por el Centro Emocional inferior?
         R.- Pues, no podríamos pronunciarnos así, en esa forma, contra ciertas gentes místicas. Muchas veces, una humilde mujer que encien­de una vela frente a un santo, puede realizar prodigios que no realizaría jamás un profesor de física atómica. De manera que debemos te­ner mucho cuidado con las palabras. Yo soy matemático en la investigación y exigente en la expresión; por eso exijo de ustedes exactitud en las palabras.


SAMAEL AUN WEOR

No hay comentarios:

Publicar un comentario