sábado, 15 de abril de 2017

EL CRISTO COSMICO Y LA SEMANA SANTA


                                
        Ante todo es necesario comprender a fondo lo que es realmente el Cristo Cósmico.
            Urge saber en nombre de la verdad, que Cristo no es algo meramente histórico; las gentes están acostumbradas a pensar en Cristo como un personaje histórico que existiera hace mil novecientos sesenta y nueve años. Tal concepto resulta equivocado, porque el Cristo no es del tiempo. ¡El Cristo es atemporal! El Cristo se desenvuelve de instante en instante, de momento en momento. Cristo en sí mismo es el fuego sagrado, el fuego cósmico universal.
            Si nosotros rastrillamos un cerillo, brotará el fuego; los científicos dirán que el fuego es el resultado de la combustión: más eso es falso, el fuego que brota dentro del cerillo, está contenido en el cerillo, sólo que con la frotación liberamos su prisión y aparece. Podríamos decir, que el fuego en sí mismo, no es el resultado de la combustión, más bien, la combustión es el resultado del fuego.
            Conviene entender mis caros hermanos, que a nosotros lo que más nos interesa, es el fuego del fuego, la llama de la llama, la signatura astral del fuego.
            La mano que mueve al cerillo para que aparezca la llama, tiene fuego, vida, o si no, no podría moverse; después de que el cerillo se apaga, la llama sigue existiendo en la cuarta vertical.
            Los científicos no saben, qué cosa es el fuego. Lo utilizan, pero lo desconocen. Tampoco saben lo que es la electricidad, la utilizan, pero no la conocen. Así mismo queridos hermanos, conviene que ustedes entiendan lo que es el fuego. Antes de que la aurora de la creación vibrara intensamente, el fuego hizo su aparición.
            Recuerden mis queridos hermanos, que hay dos unos: El primer uno es Aelohim, el segundo uno es Elohim; el primer uno es el Inmanifestado, el Incognoscible, la divinidad que no se puede pintar ni simbolizar, ni burilar. El segundo uno, brota del primer uno, y es el Demiurgo Arquitecto del Universo, el fuego.
            Quiero que entiendan, que uno es el fuego que arde en la cocina, o en el altar, y otro es el fuego del espíritu como Aelohim o como Elohim. Elohim es pues el Demiurgo, el Ejército de la Voz, la Gran Palabra. Cada uno de los constructores del universo son llamas vivas, fuego vivo; escrito está que Dios es un fuego devorador. El fuego es el Cristo, el Cristo Cósmico. Elohim en sí mismo, ha brotado de Aelohim; Elohim en sí mismo se desdobla, para iniciar la manifestación cósmica, en el dos, en su esposa, en la Madre Divina, y cuando el uno se desdobla en dos, surge el tres, que es fuego. Las criaturas del fuego hacen fecundo el caos, para que surja la vida. Siempre que el uno se desdobla en dos, el tercero aparece: el fuego. El fuego hace fecundas las aguas de la existencia, y entonces el caos se convierte en el andrógino divino.


            Así conviene entender, que el Ejército de la Voz, el Ejército de la Palabra, es fuego, y que ese fuego vivo, ese fuego viviente y filosofal que hace fecunda a la materia caótica, es el Cristo Cósmico, el Logos, la Gran Palabra. Pero para que el Logos aparezca, para que venga a la manifestación, el uno debe desdoblarse en dos, es decir: el Padre se desdobla en la Madre, y de la unión de los dos opuestos nace el tercero, ¡el Fuego! Ese fuego es el Logos, el Cristo que hace posible la existencia del universo en la aurora de cualquiera creación.
            Conviene que entendamos mejor lo que es el Cristo. Que no nos contentemos con recordar la cuestión meramente histórica. Porque el Cristo es una realidad de instante en instante, de momento en momento, de segundo en segundo; él es el creador. El fuego tiene el poder de crear los átomos y de desintegrarlos, el poder para manejar las fuerzas cósmicas universales, etc. El fuego tiene el poder para unir todos los átomos y crear universos, como el poder para desintegrar universos. El mundo es una bola de fuego, que se enciende y se apaga según leyes.
            Así que el Cristo es el fuego; por eso sobre la cruz verán ustedes las cuatro letras "INRI", que significa: "Ignis Natura Renovatur Integram", que equivale a "el fuego renueva incesantemente la naturaleza".
            Ahora creo que ustedes van entendido porqué a nosotros nos interesa la signatura astral del fuego, la llama de la llama, lo oculto de lo oculto, el aspecto esotérico del fuego. Y es que en realidad el fuego es crístico, tiene poder para transformar todo lo es, todo lo ha sido, y todo lo que será. "INRI" es lo que nos interesa; sin "INRI" no es posible que nosotros nos cristifiquemos.
            Les decía que el Cristo Intimo, el Cristo Cósmico, tiene que dar tres pasos: De arriba hacia abajo, a través de los siete regiones del universo. También les he dicho que el Cristo debe dar tres pasos de abajo hacia arriba. He aquí el misterio de los tres pasos y de los siete pasos de la masonería. Es una lástima que los hermanos masones hayan olvidado esto; en todo caso el Cristo, el Logos, resplandece en el cenit de la media noche espiritual. Como en el ocaso o en el Oriente, y cada una de estas tres posiciones es respetada en las siete regiones. El místico que se guía por la estrella de la media noche, por el Sol Espiritual, sabe lo que significan esos tres pasos, dentro de las Siete Regiones.
            Pensamos también en el Sol, en el rayo y en el fuego; he ahí las tres lumbreras, los tres aspectos del Logos, en las Siete Regiones. Cuando el uno se desdobla en el dos, surge el tercero, y éste es fuego, que crea y vuelve nuevamente a crear. Este tercero puede crear con el poder de la palabra, con la palabra solar o la palabra mágica, o la palabra del Sol Central, ¡así crea el Logos!
            Es por medio del fuego que nosotros podemos cristificarnos; inútilmente habrá nacido el Cristo en Belén, sino nace en nuestro corazón también. Inútilmente habrá sido crucificado y muerto y resucitado en la Tierra Santa, sino nace, muere y resucita también en nosotros.
            Necesitamos encarnar el Cristo Cósmico, al espíritu del fuego, hacerlo carne en nosotros. En tanto que no lo hayamos hecho, estaremos muertos para las cosas del espíritu, porque él es la vida, es el Logos, es la Gran Palabra... ¡Heru Pakroat!
            El es Vishnú. La palabra Vishnú viene de una raíz que es "Vish", que significa "penetrar"; él penetra en todo lo que es, ha sido y será. Necesitamos que penetre en nosotros para que nos transforme radicalmente. Sólo por medio del fuego lograremos nosotros aniquilar el Ego. Quien pretenda aniquilar el Ego únicamente con el intelecto, marcha por el camino del error.
            Obviamente, necesitamos autoconocernos, si es que queremos cristificarnos, y si queremos autoconocernos para lograr la cristificación, necesitamos autoobservarnos, vernos a sí mismos; sólo por ese camino será posible llegar un día a la desintegración del Ego. El Ego es la suma total de todos nuestros defectos: Ira, codicia, lujuria, envidia, orgullo, pereza, gula, etc., etc. Aunque tuviéramos mil lenguas para hablar y paladar de acero, no alcanzaríamos a enumerar todos nuestros defectos cabalmente.
            Decía que necesitamos autoobservarnos para autoconocernos, porque si nos observamos a sí mismos, descubriremos nuestros defectos psicológicos y podremos trabajar sobre ellos. Cuando alguien admite que tiene un psicología, comienza a observarse; esto lo convierte de hecho en una criatura diferente.
            Quiero que entiendan mis queridos hermanos gnósticos, la necesidad de aprender a observarse a sí mismo, a verse a sí mismos. Pero hay que saberse observar, porque una es la observación mecánica y otra es la observación consciente.
            Alguien que conociera por primera vez nuestras enseñanzas diría: "¿Pero qué gano con observarme? ¡Esto es aburridor! He visto que tengo ira, he visto que tengo celos, ¿y qué?" ¡Claro está que así es la observación mecánica! ¡Nosotros necesitamos observar lo observado! ¡Y esto ya es observación consciente de nosotros mismos!
            La observación mecánica de sí mismos, no nos conducirá jamás a nada; es absurda, inconsciente, estéril. Necesitamos la autoobservación consciente de sí mismo. Sólo así verdaderamente podremos autoconocernos, para trabajar sobre nuestros defectos.
            Que sentimos ira en un instante dado, vamos a observar lo observado, la escena de ira (no importa que lo hagamos más tarde, pero vamos a hacerlo, y al observar lo observado, lo que vimos en nosotros, sabremos realmente si fue ira o no fue), porque pudo haberse provocado algún síncope nervioso que tomamos por ira, que de pronto fuimos invadidos por los celos, pues vamos a observar lo observado.
            ¿Que fue lo que observamos? ¡Tal vez que la mujer estaba con otro tipo! Y si es mujer, ¡tal vez vio a su hombre, con otra mujer, y sintió celos! En todo caso, muy serenamente y en profunda meditación, observaremos lo observado, para saber realmente, si existió o no existieron los celos.
            Al observar lo observado, lo haremos por medio de la meditación y la autorreflexión evidente del Ser, así, la observación se torna consciente.
            Cuando uno, se hace consciente de tal o cual defecto de tipo psicológico, puede trabajarlo con el fuego. Tendría uno que concentrarse en Stella Maris, Tonantzin, Rea, Cibeles, Marta, etc. Ella es una parte de nuestro Ser, pero derivado. Es la serpiente ígnea de nuestro mágicos poderes, la cobra sagrada, fuego ardiente; ella con sus poderes flamígeros podrá desintegrar el defecto psicológico, el agregado psíquico que nosotros hallamos autoobservado conscientemente. Y es obvio que a su vez la Esencia o fuego embotellado en el agregado psíquico que desintegremos, resplandecerá, será liberado, y a medida que vayamos desintegrando los agregados, los porcentajes de Esencia (que es fuego crístico) se multiplicarán, y un día el fuego resplandecerá dentro de nosotros mismos, aquí y ahora.
            Necesitamos que el fuego arda en nosotros, sólo "INRI", nombre sagrado puesto sobre la cruz del Mártir del Calvario, puede quebrantar los agregados psíquicos. Aquellos que pretenden desintegrar todos esos agregados, sin tener en cuenta el camino, están equivocados, y no solamente andan mal, sino que también extravían a los demás.
            Se dice que el Crestos nació en la aldea de Belén, hace mil novecientos sesenta y nueve años, lo cual es falso, porque la aldea de Belén no existía en aquella época. Belén tiene una raíz caldea: "Bel", y "Bel" es el fuego; la Torre de los caldeos.
            En nuestro cuerpo, la torre es la cabeza y el cuello, porque el resto del cuerpo es el templo. Quien ha logrado elevar el fuego sobre sí mismo, quien lo pueda levantar hasta la cabeza, hasta el cerebro, hasta el tope, de hecho podrá convertirse en el cuerpo de  Crestos, el fuego, el espíritu del fuego.
            Y es, el espíritu original, primigenio quien podrá cristificarnos totalmente. Es el fuego, fohat, ardiendo dentro de nosotros mismos, quien nos transformará totalmente. Una vez que el fuego arda dentro de nosotros, seremos cambiados totalmente, seremos convertidos en criaturas plenamente diferentes, seremos convertidos en seres distintos, y entonces gozaremos de la iluminación plena y de los poderes cósmicos. Así que entendido esto mis queridos hermanos, debemos trabajar con el fuego.
            Al que sabe, la palabra da poder, nadie la pronunció, nadie la pronunciará, sino solamente aquel que lo tiene encarnado.
            El Cristo, el espíritu del fuego, no es un personaje meramente histórico, es el Ejército de la Palabra, es una fuerza que está más allá de la personalidad, del Ego y de la individualidad. Es una fuerza, como la electricidad, como el magnetismo, un poder, un gran agente cósmico y universal. Es la fuerza eléctrica que puede originar nuevas manifestaciones. Ese fuego cósmico, entra en el hombre que está debidamente preparado, en el hombre que tenga la Torre (esa de Belén) ardiendo.
            Cuando el Cristo encarna en un hombre, éste se transforma radicalmente. Es el Niño Dios que debe nacer en cada criatura. Así como él nació en el universo hace millones de años, para organizar totalmente este sistema solar, así también debe nacer en cada uno de nosotros.
            El nace en el establo de Belén, es decir, entre los animales del deseo, entre los agregados psicológicos que necesita quebrantar, porque sólo el fuego puede quebrantar tales agregados; así el fuego aparece donde están esos agregados para destruirlos, para volverlos polvareda cósmica y liberar el alma, la Esencia. ¿Cómo podrá él libertar el alma, si no penetrara profundamente en el organismo humano?
            En el Oriente, Cristo es Vishnú, y repito: La raíz "Vish", significa penetrar. El fuego, Cristo, el Logos, puede penetrar profundamente en el organismo humano, para quemar las escorias que tenemos dentro; pero necesitamos amar al fuego, rendirle culto a la llama.
            Ha llegado la hora de entender que sólo el fohat puede transformarnos radicalmente. Cristo dentro de nosotros opera quebrantando las raíces del mal. "INRI", quebrantando los agregados psíquicos, es formidable, los reduce a cenizas. Pero necesitamos trabajar con el fuego.
            Por eso, en nuestros trabajos de concentración, debemos invocar a la serpiente ígnea de nuestros mágicos poderes, porque sólo con el fuego podemos quebrantar todos los elementos psíquicos indeseables que en nuestro interior cargamos. El frío lunar nunca podrá quebrantar los agregados psíquicos, necesitamos de los poderes flamígeros del Logos. Necesitamos del "INRI" para transformarnos.
            Mis caros hermanos, entiendan lo que es la Semana Santa: y la Semana Santa tiene siete días.
            "El que en mi cree nunca andará en tiniebla, más tendrá la lumbre de la vida. Yo soy el pan de la vida, yo soy el pan vivo, el que come mi carne y bebe mi sangre, tendrá la vida eterna, y yo le resucitaré en el día postrero. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora y yo en él".
            El Señor no guarda rencores para nadie. "¡Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu!" Pronunciada esta gran palabra, no se escucharán sino rayos y truenos, en medio de grandes cataclismos interiores. Cumplida esta labor del espíritu en el cuerpo, será depositado el Cristo o el Crestos, el Christus, Vishnú, "el que penetra", en su sepulcro místico.
            Y yo les digo en nombre de la verdad y de la justicia, que al tercer día, después del tercer acto, será levantado y resucitado en el iniciado para transformar a éste en una criatura perfecta. Quien lo logre, se convertirá de hecho en un Dios terriblemente divino, más allá del bien y del mal.
            Tenemos que aprender a ver el Cristo, no desde el punto de vista meramente histórico, sino como el fuego, como una realidad presente, como "INRI".
            Tenía se dice, doce apóstoles; esos doce apóstoles están dentro de nosotros mismos, aquí y ahora. Son las doce partes fundamentales de nuestro propio Ser, las doce potestades dentro de cada uno de ustedes, en su propio Ser interior profundo.
            Hay un Pedro, que se entiende con los Misterios del Sexo.
            Hay un Juan, que representa el Verbo, a la Gran Palabra. ¡Heru Pakroat!
            Hay también un Tomás, que nos enseña a manejar la mente.
            Hay un Pablo que nos muestra el camino de la sabiduría, de la Filosofía de la Gnosis.
            Dentro de nosotros mismos está también Judas, no aquel Judas que entrega al Cristo por treinta monedas de plata, ¡no! Un Judas diferente, un Judas que entiende a fondo la cuestión del Ego. Un Judas, cuyo evangelio nos lleva a la disolución del mí mismo, del sí mismo.
            Hay un Felipe que es capaz de enseñarnos a viajar fuera del cuerpo físico, a través del espacio.
            Hay un Andrés, que nos indica con precisión meridiana lo que son los tres factores de la Revolución de la Conciencia: Nacer, es decir, cómo se fabrican los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser. Morir, cómo se desintegran los factores particulares que se relacionan con nosotros, específicamente y con cada uno de nosotros. Sacrificarse por la humanidad; la cruz de San Andrés indicando la mezcla del azufre y el mercurio tan indispensable para la creación de los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser, mediante el cumplimiento del Deber Parlok, es profundamente significativo.
            Mateo, científico cuan ninguno, existe en nosotros, nos enseña la ciencia pura (desconocida para los científicos que solo conocen todo ese podridero de teorías universitarias que hoy están de moda y mañana pasan a la historia). ¡Ciencia pura es completamente diferente! Sólo Mateo puede instruirnos en ella.
            Lucas, con evangelio solar, es profeta, y nos indica lo que ha de ser la vida en la Edad de Oro.
            Cada uno de los doce, están dentro de nosotros mismos, porque nuestro Ser tiene doce partes fundamentales: los Doce Apóstoles aquí y ahora. Así, quienes quieran llegar a ser magos en el sentido trascendental de la palabra, tienen que aprender a relacionarse consigo mismo, con cada una de las doce partes del Ser, y esto sólo es posible quemando con el "INRI" los agregados psicológicos que en nuestro interior cargamos.
            Tanto el Ego exista en nosotros, las correctas relaciones con todos y cada una de las partes de nuestro Ser resultará imposible. Pero si nosotros incineramos el Ego, entonces sí podremos establecer correctas relaciones consigo mismos, y con cada uno de los doce que en nuestro interior existen.
            Así que quítense de la cabeza la idea de los Doce Apóstoles históricos.
            ¡Búsquenlos dentro de sí mismos, ahí están! Todo está dentro de nosotros mismos, aquí y ahora.
            Ha llegado la hora de un cristianismo más esotérico, más puro, más real. Ha llegado la hora de salir de la cuestión meramente histórica y pasar a la realidad de los hechos.
            La cruz misma del Calvario, es hondamente significativa. Bien sabemos nosotros que el phalus vertical, dentro del cteis formal hacen cruz. En otras palabras, enfatizaremos diciendo: El Lingam-Yoni, correctamente conectado forma cruz.
            Es con esa cruz que nosotros necesitamos avanzar por el sendero que ha de conducirnos hasta el Gólgota del Padre; les invito a todos a entrar en el camino de la cristificación.
            No olviden ustedes que cada vez que el Señor de Compasión viene al mundo, es odiado por tres clases de hombre: Primero, por los ancianos, las gentes llenas de experiencias que dicen: "¡Ese hombre está loco, vean lo que trae, no oigan lo que está diciendo, no está de acuerdo con nosotros, con lo que pensamos, tenemos experiencia, éste hombre perjudica, daña!" Segundo, es rechazado por los escribas, es decir por los intelectuales de la época. Cada vez que el Señor de Gloria ha venido al mundo, los intelectuales han estado en contra de él. Lo odian mortalmente, porque no encaja dentro de sus teorías, significa un peligro para su sistema, para sus sofismas, etc. Tercero, por los sacerdotes, porque todos ellos ven en él un peligro para su respectiva secta.
            Así que en nombre de la verdad les digo que el Cristo es tremendamente revolucionario, rebelde. Es el fuego que viene a quemar todas las podredumbres que cargamos dentro. Es el fuego que viene a reducir a cenizas nuestros prejuicios, nuestros preconceptos, nuestros intereses creados, nuestras abominaciones, y hasta nuestras experiencias de tipo personal.
            ¿Creen ustedes acaso que el Cristo podría ser aceptado por tantos millones de seres humanos que pueblan el mundo? ¡Se equivocan! Cada vez que él viene al mundo, se levantan las multitudes contra él; es la cruda realidad de los hechos.
            De Semana Santa estoy hablando. Digo en nombre de la verdad y de la justicia, que sólo el fohat ardiendo dentro de nosotros podrá salvarnos.
            Ninguna teoría, ningún sistema podrá llevarnos a la liberación. Quienes pretendan quebrantar el Ego a base de puras teorías, con el frío intelecto, son seres meramente reaccionarios, conservadores, retardatarios y marchan por el camino de la gran equivocación.
            Esta Babilonia que llevamos dentro, esta ciudad psicológica que en nuestro interior cargamos, donde viven los demonios de la ira, de la codicia, de la lujuria, de la envidia, del orgullo, de la pereza, de la gula, etc., debe ser destruida con el fuego.
            Necesitamos levantar ahora, dentro de sí mismos a la Jerusalén Celestial. Recuerden que los cimientos de la Jerusalén Celestial son doce, y que en cada uno de ellos, está escrito el nombre de algún apóstol. Los nombres de los Doce Apóstoles están en los doce cimientos. Esa Jerusalén debemos edificar dentro de nosotros mismos. Más, solamente será posible algún día, en que con el fuego destruyamos a Babilonia la Grande, la madre de todas las fornicaciones y abominaciones de la Tierra; ciudad psicológica que en nuestro interior cargamos. Cuando lo logremos, edificaremos a la Jerusalén Celestial (aquí y ahora) dentro de sí mismo.
            Repito, la base de esa Jerusalén, tiene doce puertas, y en cada una de las doce puertas hay un Angel que representa a cada uno de los doce, dentro de nosotros mismos. Y las doce puertas, son doce perlas preciosas, son doce puertas de libertad, doce puertas de luz y de esplendor, doce poderes cósmicos.
            Y la ciudad toda es oro puro, sus calles y sus plazas (el oro del espíritu que nosotros debemos fabricar en la Forja de los Cíclopes). No tiene la ciudad necesidad de lumbrera externa o sol externo o luna externa porque el Señor es su lumbrera, es el fuego, y él arderá dentro de nosotros mismos. El muro de la gran ciudad tiene ciento cuarenta y cuatro codos. Si sumamos aquellas cifras entre sí (1 + 4 + 4) tendremos nueve. Y la Novena Esfera, el sexo (porque solo mediante la transmutación de la energía creadora podremos arder el fuego en nosotros). El tamaño de la ciudad es de doce mil estadios, y nos recuerda a los doce trabajos de Hércules (necesarios para lograr la completa realización íntima del Ser), y nos recuerda a los Doce Aeones, a los Doce Apóstoles. Y en el centro de la ciudad está el Arbol de la Vida, los Diez Sephirotes de la Cábala hebraica: Kether, Chokmah y Binah, con la corona sephirótica: Geburah, Tiphereth, Netzach, Hod, Jesod y Malkuth (las siete regiones del universo). El Arbol de la Vida alegoriza a todas las doce grandes regiones cósmicas. ¡Dichoso el que llegue al Aeón Trece, donde debe estar siempre Pistis Sophía!
            Dentro de la Jerusalén Celestial hallamos también a los Veinticuatro Ancianos quienes prosternados en Tierra depositan sus coronas a los pies del Cordero (ese Cordero inmolado es el fuego que arde en éste universo, desde la aurora de la creación, desde el amanecer de éste universo). Los Veinticuatro Ancianos son también veinticuatro partes de nuestro propio Ser, y el Cordero mismo es el Ser de nuestro Ser.
            Dichoso quien pueda alimentarse con los frutos del Arbol de la Vida, porque ese será inmortal; dichoso aquel que pueda alimentarse con cada uno de esos frutos, aquel que pueda en verdad nutrirse con esa corriente de vida que viene desde el Aeón Trece, hasta el cuerpo humano, porque jamás conocerá enfermedades y se hará inmortal.
            Pero para poder uno nutrirse con el Arbol de la Vida, necesitará antes de todo haber eliminado los agregados psíquicos. Recuerden ustedes que los agregados psíquicos (viva personificación de nuestros errores) alteran el Cuerpo Vital, y éste alterado, daña al cuerpo físico; así surgen las enfermedades en nosotros.
            ¿Quien es el que produce las úlceras? ¿No es acaso la ira?
            ¿Quién produce el cáncer? ¿No es acaso la lujuria?
            ¿Quién produce la parálisis? ¿No es acaso la vida materialista, grosera egoísta y fatal?
            Las enfermedades son producidas por los agregados psíquicos o demonios rojos de Seth, viva personificación de nuestros errores. Cuando todos los demonios rojos de Seth hayan sido aniquilados con el fuego, cuando nuestra mismísima personalidad haya sido quemada, entonces nos nutriremos con el Arbol de la Vida. La vida, descendiendo desde el Absoluto, a través de los Trece Aeones penetrará en nuestro cuerpo y nos hará inmortal; la salud será recobrada, jamás se volverá a tener enfermedades.
            De nada sirven los científicos con todas sus ciencias para curar; si ellos curan, el paciente se vuelven a enfermar. Es claro que el Ego mete el veneno de sus morbosidades y podredumbres dentro de los órganos y los destruye; he aquí el origen de todas las enfermedades. Las gentes quieren una panacea para curarse, pero en tanto tengan el Ego vivo, vivirán enfermos.
            Ha llegado la hora de entender que necesitamos quemar a la Babilonia dentro de sí mismos, y edificar a la Jerusalén.
            La Jerusalén Celestial vista desde lejos, es como una piedra de jaspe (transparente como el cristal); es la Piedra Filosofal. Dichoso el que consiga la Piedra Filosofal, porque se transformará radicalmente y tendrá poderes sobre el fuego, sobre el aire, sobre las aguas y sobre la tierra.
            Necesitamos un cristianismo esotérico (un cristianismo vivo, no un cristianismo muerto), un Cristianismo Gnóstico que pueda transformarnos radicalmente.
            El Movimiento Gnóstico, la Iglesia Gnóstica, nuestros estudios Gnósticos Antropológicos, mostrarán a la humanidad la senda de la liberación.
            Más así como estamos, con el Ego vivo, fuerte, robusto, marchamos por el camino del error.
            ¡Necesitamos aprender a amar el fuego, y a trabajar en realidad, con los Misterios del Fuego!

SAMAEL AUN WEOR

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