sábado, 11 de febrero de 2017

EL PARSIFAL DEVELADO

E L P A R S I F A L D E V E L A D O
Samael Aun Weor

AUTOR DEL PARSIFAL
Espesos bosques cubrían la montaña sagrada -el Montsalvat- en el norte de la España visigoda.
Allí se alzaba el castillo del Grial; un castillo que era también templo. El milagro se había realizado hacía muchos años, cuando los infieles musulmanes dominaban la tierra.
Fue entonces cuando aconteció aquello. Una legión de ángeles descendió del Cielo e inspiró a Titurel, el héroe piadoso. Los ángeles portaban el cáliz sagrado, la Santa Copa augusta en la que el mismo Dios consagró su propia sangre; y llevaban, además, la lanza que había atravesado Su costado. Estos testimonios del milagro augusto fueron entregados a Titurel, quien construyó un templo para custodiarlos; el templo del Grial. Todos los caballeros que se presentaban allí libres de pecado eran admitidos a servir como guardianes de los divinos tesoros. Y los que a tal misión se dedicaban eran fortalecidos por el Grial.


En el valle, allí donde se extendía la tierra fértil y placentera de los musulmanes, vivía Klingsor, que, como cometiera un horroroso pecado, decidió expiarlo. Notándose sin fuerzas para combatir el mal, se dirigió hacia el templo sagrado, pidiendo formar parte de los santos caballeros que custodiaban las divinas reliquias. Sin embargo, Titurel rechazó su petición despectivamente. Sólo quien llegaba al Grial desconociendo el pecado era digno de unirse a los caballeros que vigilaban el divino tesoro.
Entonces la cólera se adueñó del espíritu de Klingsor y le condujo al camino de la magia. Invocó los poderes infernales y consiguió convertir los campos yermos en un jardín de delicias, donde diabólicas y hermosas mujeres aguardaban a los caballeros del Grial para tentarlos con salvajes placeres. Quien sucumbía era abandonado por la gracia del Grial y quedaba supeditado a Klingsor.
Al fin, un día, Titurel, ya cansado por el peso de los años, cedió la señoría del Grial a su hijo Amfortas.
El valiente Amfortas, pretendía librar, fuese como fuese, al Grial del diabólico encanto de Klingsor, al que tantos caballeros habían sucumbido. Amfortas era intrépido. Cierto día, cogió la lanza maravillosa, arma de Dios, y se puso en camino. Creía que podría evitar el dominio del mago, pero su perdición no tardó en alcanzarle. En la proximidad del castillo cayó en el encanto de una mujer endiablada; se embriagó entre sus brazos, y al abrir la mano, la lanza sagrada cayó al suelo.
Un grito de muerte se oyó en el bosque. La lanza sagrada, el arma de Dios, era empuñada por una mano indigna y vil; la mano de Klingsor. Con la santa lanza, el mago hirió en el pecho a Amfortas. Cuando los caballeros del Grial le recogieron, aún se oía entre los árboles del bosque la risa de Klingsor, que se había llevado el arma santa y dejado en el pecho de Amfortas una espantosa herida que no se cicatrizaba.
A partir de entonces la lanza seguía en poder de Klingsor, que confiaba en apoderarse algún día del santo Grial. Mientras tanto, en el templo, rodeado de los caballeros, Amfortas se postraba ante el cáliz divino y con fervorosos ruegos imploraba la gracia de un signo esperanzador. Con frecuencia, una luz divina brotaba del Grial, y una visión celestial pronunciaba estas palabras, como un dulce presagio: "La plegaria vuelve juicioso al puro y sencillo de espíritu. Sea esperado aquél a quien yo he elegido".
***
Sólo una cosa aliviaba el dolor de la herida que no se cerraba nunca: el baño de las aguas sagradas del lago que se extendía cerca de las murallas del castillo del Grial.
Un día de tantos, Amfortas fue llevado en una litera a la orilla del lago. Amanecía. Gurnemanz, uno de los caballeros del Grial, en compañía de dos escuderos, había montado la guardia toda la noche en la orilla del río.
Al ver aproximarse la litera, avanzó un paso hacia los que llegaban y dijo:
-¡Salud! ¿Cómo está hoy Amfortas? ¿Tal vez las hierbas que le trajeron han mitigado su mal?
Uno de los caballeros de la comitiva le contestó:
-¿Cómo puedes suponerlo, tú que todo lo sabes? Su dolor todavía se ha tornado más duro y cruel. Lívido por el continuo insomnio, esta mañana ha ordenado otra vez que le bañemos en el lago.
Gurnemanz suspiró con tristeza.
-Estamos locos si creemos poder aliviarle. Sólo siente alivio el que se cura. De nada valdrán las hierbas ni las bebidas; nada podrá calmarle.
Pero Gurnemanz agregó para sí mismo:
-Creo que sólo hay un remedio... Y es el único...
¿Puedes decirnos cuál es? -preguntó uno de los caballeros del séquito, que había oído sus últimas palabras.
-¡Rápido! ¡Al baño! -dijo Gurnemanz, eludiendo dar una respuesta.
En aquel momento, uno de los escuderos, señaló hacia un lugar del bosque y gritó:
-¡Mirad!
Una figura extraña acababa de presentarse entre los árboles: una mujer de salvaje apariencia, vestida con pieles de animales. Su larga cabellera negra estaba despeinada y un cinturón de serpiente ceñía su cintura. En su rostro rojizo brillaban unos ojos negros y penetrantes, que tan pronto despedían relámpagos de furia como aparecían fijos y mortecinos.
-¡Ah, es Kundry! -exclamó Gurnemanz al reconocerla.
-¿Nos traes buenas noticias? -inquirió uno de los escuderos.
Kundry se acercó a Gurnemanz y le tendió un frasco tapado.
-Tómalo -murmuró-. Bálsamo...
-¿De dónde procede esta medicina? -preguntó Gurnemanz.
-De un país que se halla mucho más lejos de lo que puedas imaginar. Si esto no sirve, Arabia ya no tiene nada más para su alivio. Pero no me hagas más preguntas... ¡Estoy cansada! Kundry se echó en el suelo como una bestia herida, y Gurnemanz fue hacia la litera en que descansaba el desdichado Amfortas.
-¿Quieres probar la medicina que te ofrezco?
-¿De dónde procede este raro frasco? -inquirió el herido.
-Lo han traído de Arabia especialmente para ti.
-¿Y quién lo ha traído? -preguntó de nuevo Amfortas.
-Aquella mujer que está tendida en tierra -dijo Gurnemanz-. ¡Eh, Kundry! ¿Quieres venir?
Kundry continuaba echada en la hierba. Parecía no comprender que la estaban llamando. Entonces, al oir el nombre de la mujer, Amfortas se levantó ligeramente en su litera, sostenido por uno de los escuderos.
-¿Eres tú, Kundry? -dijo-. ¿Tengo que agradecerte de nuevo tus cuidados? Pues bien: probaré este bálsamo, aunque tan sólo sea para agradecer tu fidelidad.
Al oír estas palabras, Kundry empezó a gritar, revolcándose en el suelo entre terribles convulsiones.
-¡No, no! ¡No sirve de nada! ¡No hace falta! ¡Vete! ¡Vete al baño!
Amfortas la contempló complacido y dio la orden de partida. Los escuderos volvieron a levantar la litera y se dirigieron hacia el lago, acompañados de la comitiva de caballeros. Gurnemanz los siguió con la mirada y suspiró con tristeza.
Uno de los escuderos que se había quedado al lado de Gurnemanz examinaba asombrado, las extrañas convulsiones de Kundry y, al advertir que se quedaba quieta, le dijo:
-¡Eh! ¿Qué haces? ¿Por qué te arrastras?
Kundry no respondió; parecía no oír nada. El otro escudero se volvió hacia su compañero y dijo:
-Temo que, con sus brujerías, esta mujer haga que Amfortas se pierda para siempre.
Gurnemanz, que había guardado silencio, alzó la cabeza y fijó en los dos hombres su triste mirada.
-¿Es qué os ha hecho daño alguna vez? -preguntó-. ¿Es o no es ella la que trae noticias de remotas tierras, donde los nuestros combaten, de tierras tan distantes que hasta desconocemos dónde se hallan? ¿Es que no es ella la que con eterna fidelidad y constante fortuna nos trae toda suerte de mensajes? Nunca le habéis pedido pan, ni ella os lo ha pedido; nada la liga a nosotros. Sin embargo, cuando estamos ante un peligro, va y viene anhelante, sin esperar jamás nuestro agradecimiento. Pienso que si su comportamiento es un agravio, nos proporciona, no obstante, grandes beneficios.
-Pero nos odia -manifestó uno de los escuderos-; fíjate como nos mira, con ojos llenos de desprecio.
-Creo que es pagana y acaso sea, además, bruja -dijo el otro escudero.
Gurnemanz movió la cabeza.
-Sí, quizás esté maldita. Ahora vive aquí, pero, ¿quién sabe si está expiando crimenes cometidos en otra vida?
Y volviendo la vista hacia la mujer, que seguía echada en el suelo, añadió:
-Hace tiempo que la conozco y Titurel ya la conocía antes de que yo llegase allí. Cuando estaba construyendo el castillo para albergar los tesoros divinos, la halló entre unas matas. Según me explicó, estaba rígida, como muerta. Yo mismo la encontré de igual forma poco después del día desgraciado, en que Klingsor se apoderó de la lanza sagrada, con la que hirió a Amfortas. ¡Eh! ¿Me oyes? -gritó, dirigiéndose a Kundry-.
Dime, ¿dónde estabas tú cuando Amfortas perdió el arma sagrada? ¿por qué no quisiste ayudarnos en aquellas circunstancias?
Kundry permanecía callada y sombría, como si no hubiese oído la pregunta. De repente se levantó de un salto y gritó ante el rostro de Gurnemanz.
-¡Jamás os he ayudado!
Al oir el grito de Kundry, uno de los escuderos lanzó una estentórea carcajada y en tono sarcástico dijo:
-Si es tan valiente y tan fiel, ¿por qué no la mandas a buscar la lanza?
Gurnemanz movió su venerable cabeza encanecida por los años y murmuró:
-¡No, no es posible! ¡Oh, lanza prodigiosa, arma de Dios! Te he visto blandida por indigna mano y ahora no nos queda otra esperanza que el dulce presagio transmitido a Amfortas después del desastre: "La plegaria vuelve juicioso al puro y sencillo de espíritu. Sea esperando aquél a quien yo he elegido".
-"La plegaria vuelve juicioso al puro y sencillo de espíritu..." -repitió como un eco uno de los escuderos.
En aquel momento se oyeron gritos que llegaban del lago al que había sido conducido Amfortas. Gurnemanz y sus compañeros se consultaron ansiosamente con la mirada. Uno de los escuderos desenvainó su espada. Un cisne salvaje, con una flecha hundida en el pecho, cayó a los pies de Gurnemanz. En los últimos estertores de su agonía agitaba con desesperación sus alas enrojecidas por la sangre. Del lago llegaron corriendo dos caballeros del séquito de Amfortas. Uno de ellos se arrodilló y arrancó la flecha del pecho del cisne. Las alas habían dejado de agitarse; el cisne estaba muerto.
-¿Quién lo ha herido? -inquirió Gurnemanz.
Todo se había desarrollado con una rapidez extraordinaria. Pero en aquellos breves instantes, la muerte del cisne había desvanecido la augusta paz que imperaba en el bosque. Una atmósfera de opresión y angustia dominaba el ambiente.
Uno de los caballeros que llegaron del lago respondió a las preguntas de Gurnemanz:
-Estábamos viendo volar el cisne sobre las aguas del lago; era un bellísimo espectáculo. Amfortas lo estaba considerando como un favorable presagio de esperanza. Pero, de improviso, una flecha...
El que hablaba se interrumpió al llegar los otros caballeros que habían apresado a un hermoso joven vestido con una piel de oso, con un arco en la mano y de cuyo costado colgaba un carcaj lleno de flechas iguales a la que había herido al cisne.
-¡Ha sido él! -exclamaron algunos de los allí reunidos.
-Que ha sido él -dijo uno de los caballeros- lo demuestran este arco y esta flecha que ha herido al cisne, la cual es igual a las suyas.
-¿Eres tú quien ha matado al cisne? -preguntó Gurnemanz.
El joven parecía indiferente a todo cuanto ocurría en torno suyo. Sus ojos, transparentes como el agua, no manifestaban el menor resentimiento y brillaron al oír la pregunta de Gurnemanz.
-¡Sí, he sido yo! -contestó-. Todo lo cazo al vuelo.
-¿Has sido tú? ¿No estás preocupado por tu mala acción? -dijo Gurnemanz-. ¿Cómo te has atrevido a matarlo en este bosque sagrado en donde sólo te rodeaba la paz? ¿Es que no han sido mansas las bestias contigo? ¿No te han sido dóciles? ¿Sobre las ramas no cantaban, complacientes, los pájaros? ¿Y el fiel cisne, qué daño te hizo?
Volaba sobre el lago buscando a su compañera, para consagrar de este modo el baño de nuestro rey. ¿Es qué te agrada hacer locos disparos con tu arco? Era un animal grato a todos. ¿Quizá no lo era para ti? Fíjate, lo has herido en el pecho, su sangre tiñe la hierba, las alas cuelgan inanimadas, su blanco plumaje empieza a oscurecer y sus ojos se enturbian. ¿No ves esta mirada?
El joven, que había escuchado conmovido las tristes palabras de Gurnemanz, rompió el arco y tiró las flechas.
Gurnemanz siguió diciendo:
-¿Eres capaz de sentir arrepentimiento y de darte cuenta de tu mala acción? ¿Reconoces tu pecado? ¡Ah!
¿Cómo pudiste hacerlo, muchacho?
-No pensé en nada de eso -repuso el prisionero, cubriéndose los ojos con las manos y muy conmovido.
-¿De dónde vienes? le preguntó Gurnemanz.
-No lo sé.
-¿Quién es tu padre?
-No lo sé.
-¿Quién te mostró este camino?
-No lo sé.
-¿Cuál es tu nombre?
-No lo sé.
-Tengo muchos nombres, pero ahora no recuerdo ninguno.
-De modo -insistió Gurnemanz- que no sabes nada de nada.
Y después, volviéndose a los escuderos, gritó:
-¡Regresad al lago! No descuidéis el baño de nuestro señor. ¡Rápido!
Cumpliendo la orden, los escuderos retornaron al lago. Uno de ellos recogió el cuerpo del cisne. En el claro del bosque quedaron uno frente a otro, Gurnemanz y el recién llegado. Olvidada de todos, Kundry seguía tendida en tierra como una fiera. Una paz sobrenatural imperaba en el ambiente cuando Gurnemanz dijo:
-Vamos a ver. Si no sabes nada sobre todo lo que te pregunto, dime qué es lo que sabes, porque sin duda, debes conocer algo.
-Tengo madre, se llama Herzeleide. El bosque y los verdes prados nos servían de hogar.
-¿Quién te entregó el arco? -inquirió Gurnemanz.
-Lo fabriqué yo mismo para espantar a las águilas.
Gurnemanz examinó detenidamente al joven que de modo tan extraño hablaba.
-Sin embargo, -dijo-, pareces de noble estirpe. ¿Por qué tu madre no te dio a conocer mejores armas?
Kundry se había levantado y se fue aproximando a los dos hombres. Al observar que el recién llegado permanecía callado y no respondía a la pregunta de Gurnemanz, respondió por él:
-Se llama Parsifal. Cuando su madre le dio la vida, su padre, Gamuret, había muerto batallando. Herzeleide, deseando salvar a su hijo de tal muerte, se lo llevó lejos, sin armas, a un bosque desierto. ¡La loca! -concluyó, con una terrorífica carcajada.
-Sí, -respondió Parsifal-. Y un día pasaron cerca de aquel bosque, cabalgando sobre hermosos corceles, unos hombres que deslumbraban con sus brillantes armaduras y sus blancos mantos. Yo quería acompañarlos y ellos se reían mientras proseguían su camino, y decían que iban al castillo del Grial. Yo los seguía, pero jamás pude alcanzarles. Atravesé valles y montañas, desiertos y espesos bosques; caminaba sin cesar, lo mismo si era de noche que de día, y tenía que recurrir al arco para defenderme de las fieras y de los hombres.
Al escuchar estas palabras, Kundry se acercó a Gurnemanz y le gritó:
-Es verdad. Venció a gigantes y a malvados; todos temían a este muchacho tan valeroso.
Gurnemanz sonrió y, poniendo su mano sobre el hombro de Parsifal, le preguntó en tono afectuoso:
-¿Dónde está tu madre?. La abandonaste y, afligida, debe llorar por tu causa.
-Ya no llora -interrumpió Kundry-. Su madre ha muerto.
-¿Qué dices? -exclamó Parsifal-. ¿Ha muerto? ¿Cómo lo sabes?
-Yo estaba a su lado cuando murió; tuvo tiernos recuerdos para ti.
Parsifal, terriblemente excitado, se precipitó sobre Kundry, y la sacudió con violencia. Parecía no creer lo que acababa de oír. Gurnemanz avanzó para separarlos.
-¡Detente! -exclamó-. ¿Qué mal te ha hecho esta mujer? Debe ser verdad lo que dice, pues Kundry no miente nunca.
Parsifal estaba rígido, con el rostro lívido, como petrificado. Kundry corrió hacia una fuente cercana, en la que llenó un cuerno y volvió para dar de beber a Parsifal. Este cogió, inconscientemente el agua que le ofrecían.
-Jamás hago bien -dijo Kundry-. Deseo la paz, el reposo; pero no encuentro sino la fatiga. Quiero dormir, dormir... ¡No! ¡Dormir jamás! Tengo miedo.
Y lanzando un terrible grito, desapareció entre los árboles del bosque.
-Veo que el rey vuelve del baño -dijo Gurnemanz-. Debe de ser mediodía. Ven muchacho, quiero llevarte al santo Banquete. Si eres puro, el Grial te alimentará con pan y vino.
-¿Quién es el Grial?
Gurnemanz rodeó con su brazo los hombros del muchacho. Le señaló el camino y respondió:
-No se puede decir, pero si tú fueses el elegido del Grial, nunca perderías la Gracia. Y te diré otra cosa, puesto que creo que te he reconocido: no hay camino alguno que conduzca al Grial; es él mismo quien sirve de  guía.
***
Cuando Gurnemanz y Parsifal entraron en el templo del Grial, un impresionante silencio imperaba bajo las bóvedas de piedra y entre el grandioso bosque de columnas. Los pajes comenzaban a encender las lámparas del recinto sagrado. Pronto se iniciaría la ceremonia.
Gurnemanz fijó su penetrante mirada en los ojos del joven y le dijo:
-Presta atención y demuéstrame con claridad si es que eres tú el puro y sencillo espíritu que ha sido elegido para el sitial de la sabiduría.
Los caballeros del Grial comenzaron a penetrar en el interior del templo; detrás de ellos entraron los escuderos. Las altas bóvedas repetían el eco de los majestuosos cantos litúrgicos. Los caballeros se habían ido poniendo en torno a la mesa. Por último, entraron los pajes que llevaban el estuche que contenía el Santo Grial y los servidores que transportaban la litera en la que yacía el desdichado Amfortas.
El anciano Titurel fue el primero en hablar ante la asamblea. Se dirigió a Amfortas:
-Hijo mío -dijo-, ¿piensas oficiar? ¿Podré ver el Santo Grial y vivir? ¿O debo morir sin que el Señor me ampare?
-¡Ay! ¡Desgraciado de mí! -se lamentó Amfortas-. Oh, padre mío, reza tú el oficio nuevamente; te lo ruego.
¡Vive tú y déjame que muera!
-Aún vivo dentro de mí por voluntad de Dios -repuso Titurel-, mas ya soy débil para servirle. Hazlo tú y purga tu pecado.
Y, dirigiéndose a los pajes, ordenó:
¡Mostrad ya el Grial!
-¡No, no lo mostréis aún! -exclamó Amfortas-. ¡Ah! Ningún hombre, ninguno, puede darse cuenta de mi tortura al contemplar la fuente de todos los bienes. Porque, ¿qué son la herida y sus intolerables dolores, comparados con el tormento infernal de estar condenado a celebrar el oficio? Me veo forzado a implorar la Santa Gracia en favor de los puros, yo, que soy el culpable. ¡Clemencia!
Sostenido por dos pajes, Amfortas se levantó del lecho y se arrodilló ante la mesa de mármol en la que había sido colocado el Grial. Poniéndose de nuevo en pie, cogió el cáliz en sus manos y lo levantó en alto, enseñándolo a todos. Acto seguido, reuniendo sus últimas fuerzas, Amfortas hizo la señal de la Cruz y consagró el pan y el vino.
Parsifal permanecía en silencio y contemplaba extasiado la escena que tenía lugar ante sus ojos. Los pajes habían comenzado a repartir el pan y el vino entre los caballeros. Gurnemanz hizo una seña a Parsifal para que se acercara con él a la mesa, pero Parsifal pareció no darse cuenta de ella. Se hallaba sumido en un éxtasis sublime y no parecía comprender lo que ocurría a su alrededor.
De improviso, Amfortas sintió que se le abría de nuevo la herida. Los pajes le acostaron en la litera y, levantándola del suelo, emprendieron la marcha hacia el exterior del templo. Detrás de ellos y con el mismo ceremonial que se empleara al entrar, fueron saliendo todos los presentes. Gurnemanz se disponía a marcharse cuando observó que Parsifal aún permanecía inmóvil en el mismo lugar en que le había dejado. Se acercó a él y le dijo:
-¿Todavía estás aquí? ¿Sabes qué es lo que has visto?
Parsifal hizo un movimiento negativo con la cabeza.
-Entonces -prosiguió Gurnemanz-, sigues siendo sólo un loco. ¡Vete ahora mismo! Prosigue tu camino y recuerda sólo esto: deja en paz a los cisnes y mata a las fieras, si es que puedes.
***
En la vertiente meridional de Monsalvat, en la tierra dominada por los musulmanes, rodeado de un delicioso jardín, se hallaba el castillo de Klingsor. En lo alto de una de las torres estaba el laboratorio del mago.
Instrumentos de magia se veían amontonados en todos los rincones. Sobre una enorme mesa, ante la cual estaba sentado Klingsor, había unas redomas que contenían humeantes filtros. Klingsor sostenía en la mano un espejo metálico en el que podía contemplar lo que acontecía en otros lugares.
De repente, sobre la brillante superficie del metal apareció la imagen de Parsifal, que se dirigía hacia el castillo. Klingsor miró enfurecido esta aparición y, abandonando el espejo, por medio de un conjuro mágico, invocó la presencia de Kundry. Obedeciendo al poder diabólico de su amo, Kundry se presentó en el centro del laboratorio, lanzando un escalofriante alarido.
-¿Dónde estabas? -preguntó Klingsor-. ¿Otra vez con los hombres del Grial? Te tratan como a una bestia y tú continuas acercándote a ellos. ¿No prefieres quedarte a mi lado? ¿Por qué volviste a huir después de haberme traído a Amfortas, el más puro guardián del Grial?
Kundry no era capaz de responder a su amo. Su cuerpo se estremecía tembloroso y sólo gemidos brotaban de sus labios. Klingsor prosiguió:
-Quieres servir a los hombres castos ¿verdad? Quieres compensarles de la traición que les hiciste, ¿eh? Pues no esperes ayuda de ellos. Todos se venderían y yo podría destruirlos con el arma que cogí a su mismo rey.
Y cambiando de tono añadió:
-Pero hoy tenemos que vencer a un hombre más peligroso. Su escudo es la sencillez de espíritu.
-Yo... -murmuró Kundry-. Yo no quiero.
-Tú querrás, ya que tienes que obedecerme. Soy tu amo y tu encanto nada puede contra mí. Por otra parte, debes recordar que quien pueda vencerte te hará libre. Así pues, ésta es tu oportunidad. ¡Prueba con el héroe que se aproxima!
-Yo... -murmuró de nuevo Kundry-. Yo no quiero.
-¡Querrás! -dijo Klingsor.
Parsifal llegó al jardín encantado. A la entrada del recinto tuvo que combatir con los guerreros que hasta allí habían llegado, atraidos por las mujeres diabólicas al servicio de Klingsor. Una vez que Parsifal hubo vencido al último de sus enemigos, penetró en el jardín encantado. Salieron a su encuentro las "muchachas-flores", vestidas con velos de colores pálidos. Ellas eran los instrumentos infernales del pérfido Klingsor.
-¿Te gustan las flores? -preguntó una de ellas.
-¿No quieres matarnos también a nosotras? -inquirió otra.
-¡Jamás lo haría! -repuso Parsifal.
Otra de las "muchachas-flores" se acercó a él y, sonriendo, le dijo:
-No obstante, nos has producido un gran mal. Has matado a nuestros compañeros de juegos. ¿Con quién jugaremos ahora?
-¿Jugar? ¡Conmigo!
Al escuchar la respuesta de Parsifal, las "muchachas-flores" se rieron alegremente. Una de ellas, acercándose al héroe, le puso una corona de flores en la cabeza y le dijo:
-Nos gustas. No nos dejes más. ¡Quédate con nosotras!
Otras agregaron:
-¡Ven, ven! Queremos vivir contigo. ¡Te daremos alegría y amor!
Parsifal vacilaba. Algo raro prevenía a su ingenuo carácter de que estaba dejándose envolver en las redes de la tentación de Klingsor. Las "muchachas-flores" le rodeaban e insistían:
-¿Por qué quieres huir? ¿Eres cobarde con las mujeres? ¿No te atreves a ser amigo de ellas?
-Eres frío y duro, malo y tímido. ¡Eres frío!
Parsifal seguía retrocediendo hacia la entrada del jardín mágico. Pero, súbitamente, se detuvo. Había sonado, imperiosa, una voz:
-¡Parsifal, quédate!
Era la voz de Kundry. ¡Parsifal! Este era el nombre que le daba su madre; la voz de Kundry continuaba oyéndose tentadora:
-¡Quédate, Parsifal! Te sonríen la salvación y el amor.
Y agregó, dirigiéndose a las "muchachas-flores":
-Amantes ligeras, huid. Sólo sois flores que muy pronto os marchitáis. Este héroe no es compañero que corresponde a vuestros juegos.
Parsifal permanecía inmóvil. Las "muchachas-flores" desaparecieron, riendo, entre los árboles. Entonces apareció Kundry. Se había transformado en una mujer de extraordinaria belleza. Era casi imposible reconocer en ella a la fiera que se arrastraba por el bosque. Al verla, Parsifal, exclamó:
-¿No es un sueño lo que veo? Nunca he visto ni he soñado lo que veo ahora. ¿También eres una flor de este espléndido jardín?
-No, Parsifal -contestó Kundry-. Lejos, muy lejos está mi patria. Yo he visto a tu madre Herzeleide velar tus sueños cuando, luego de haber muerto tu padre y queriendo librarte de un fin semejante, te llevó con ella al bosque. Yo fui testigo de su dolor, de su terrible pena, cuando, al fin perdió tu rastro. Estuvo esperándote día y noche, hasta que su queja fue enmudeciendo y el dolor destrozó su corazón, y ... Herzeleide... murió.
Parsifal había escuchado con gran emoción el relato de Kundry y, al oir sus últimas palabras, cayó de rodillas a sus pies.
-¡Madre, dulce y tierna madre! -exclamó-. Tu hijo fue el que te hirió más profundamente. ¿Cómo pude olvidarte?
-Consuélate -dijo Kundry-. La culpa te ha sido perdonada. El amor, debes comprenderlo -y al pronunciar estas palabras se abrazó a Parsifal-, el amor que tu padre Gamuret sintió por Herzeleide cuando encendió la llama de la pasión en su pecho, el fuego que te dió vida, el que vence a la locura y a la muerte, te trae hoy, como recuerdo de amor de aquella madre, el primer beso.
Y levantando la cabeza de Parsifal, Kundry besó sus labios. Parsifal se levantó de un salto. Estaba pálido y se llevó la mano al corazón. Entonces exclamó:
-¡Amfortas! ¡La herida! ¡Tu herida me quema! ¡Oh! ¡Oh, loco de mí! He visto sangrar tu herida... y ahora la siento sangrar dentro de mi pecho... Oigo la queja del Cielo porque el templo está siendo profanado. Y yo, el loco, el tímido, he desperdiciado el tiempo en juegos de niños. ¡Dios mío!
Kundry se aproximó a Parsifal e intentó volver su rostro hacia ella, mas Parsifal la rechazó con energía.
-¡Aléjate de mí, espíritu del mal!
-¡Eres cruel! -le gritó Kundry-. Si sientes penas que no sólo son tuyas, también deberías sentir las mías. Si eres redentor, ¿por qué no me salvas, uniéndote conmigo? Tú eres el que he esperado, muriendo de angustia. El cielo y la tierra están contra mí y sólo en tí puedo hallar la salvación.
-Te condenarás eternamente conmigo -replicó Parsifal- si por un solo instante olvido mi misión, perdiéndome en tus brazos. Por el contrario, tendrás amor y salvación si quieres enseñarme el camino que me conducirá hacia Amfortas.
-¡Pues no lo encontrarás! -gritó Kundry furiosa-. Deja que se pierda aquel hombre débil, aquél que fue herido con su propia arma. ¡Ten piedad de mí! ¡Sólo deseo que seas mío durante una hora! Yo seré tuya sólo una hora; y enseguida te llevaré hasta el camino.
Tras pronunciar estas palabras, Kundry se acercó al héroe, pretendiendo abrazarle. Pero Parsifal la rechazó con firmeza.
-¡Aléjate ya, mujer infernal! -exclamó.
Entonces Kundry prescindió de las súplicas y miró a Parsifal de un modo terrible.
-¡Pronto! ¡Detenedlo! ¡Caminos, cerraos ante él! ¡Ojalá halles todos los caminos de este mundo, menos el que buscas!
Kundry, de repente, interrumpió sus imprecaciones; Klingsor acababa de aparecer sobre la muralla del castillo encantado. Su terrible silueta se veía fantásticamente recortada en el cielo, empuñando la lanza sagrada, el arma de Dios.
-¡Basta ya! -gritó Klingsor-. El loco será detenido por la lanza de su maestro.
Y arrojó el arma contra Parsifal. Sin embargo, la lanza sagrada quedó suspendida en el aire sobre la cabeza del héroe.
Klingsor quedó aterrorizado. Un silencio impresionante parecía hacer más irreal el aspecto del bosque encantado. Parsifal cogió la lanza y lentamente hizo con ella la señal de la Cruz.
-Con este signo deshago tu magia -dijo-. También cerrará la herida que tú hiciste con ella y convertirá en polvo y ruinas todo este falso esplendor.
Apenas hubo acabado de hablar, un tremendo terremoto derrumbó el castillo. Los árboles del bosque encantado se retorcieron sobre sí mismos y se oscureció el sol. Paulatinamente volvió a hacerse la luz; el jardín encantado se había convertido en un espantoso desierto. Kundry yacía en el suelo y Parsifal se volvió hacia ella.
-Ya sabes dónde puedes encontrarme -le dijo.
***
Era la mañana del Viernes Santo. Poco después de la salida del sol, Gurnemanz oyó un gemido entre unos árboles próximos a la cabaña de ermitaño donde vivía. Atravesó el riachuelo, que corría desde la fuente por el prado cubierto de flores de la primavera, y se dirigió hacia unas matas de espinos. Allí se hallaba el cuerpo inanimado de Kundry.
-¡Despierta! ¡Despierta a la luz! -exclamó él, procurando reanimarla-. El invierno se ha ido y se acerca el buen tiempo.
Kundry continuaba inconsciente. entonces Gurnemanz la arrastró hasta la fuente. Su cuerpo estaba frío.
Aunque parecía muerta, no podía estarlo, ya que ella había lanzado el gemido que oyera Gurnemanz. Y, en efecto, al contacto del agua de la fuente fue recobrando el sentido poco a poco. Abrió los ojos y miró a Gurnemanz con fijeza. Apenas le reconoció se puso en pie, arregló sus vestidos y su cabellera y comenzó a ordenar los objetos que había en torno de la cabaña de Gurnemanz.
El caballero del Grial sonrió.
-¡Estás loca! ¿No tienes acaso nada que decirme? ¿Ni siquiera me agradeces el haberte librado del sueño que te habría conducido a la muerte?
-¡Servir! Sólo deseo servirte.
-Pues tendrás poco trabajo. Nos enviamos mensajes y cada cual busca las hierbas que le son necesarias.
Kundry entró en la cabaña, cogió una de las ánforas y volvió a salir, dirigiéndose hacia la fuente. De improviso levantó la cabeza y descubrió la figura de un extraño visitante. Se dirigió a Gurnemanz, diciéndole:
-Alguien se aproxima...
El recién llegado vestía una armadura negra por completo, la visera de yelmo ocultaba su rostro, y empuñaba una lanza con la punta hacia abajo. Se acercó a la fuente y sentóse tranquilamente junto a ella.
-Salud, viajero -dijo Gurnemanz-. Si te has perdido, ¿puedo encaminar tus pasos?
El caballero de la negra armadura permaneció silencioso.
-Si es que algún voto te obliga a guardar silencio -siguió diciendo Gurnemanz-, yo, en cambio, me veo obligado a decirte algo: estás en un lugar sagrado y nadie puede venir armado con lanza, espada y yelmo cerrado. Y hoy aún menos. ¿Acaso no sabes que es día sagrado? El extraño visitante permanecía completamente inmóvil, sin dar señales de comprender las palabras de Gurnemanz.
-¿Con qué paganos has estado, que no sabes que hoy es el día más sagrado? ¡Viernes Santo! Así, pues, deja las armas y no ofendas a Dios en este día.
El caballero de la negra armadura se puso en pie, clavó su lanza en tierra y puso a los pies de Gurnemanz el escudo y la espada. Luego se arrodilló y levantó la visera de su casco.
Gurnemanz contempló con atención su noble rostro. De repente le reconoció: era Parsifal. Sorprendido, retrocedió unos pasos hasta donde se hallaba Kundry y le preguntó:
-¿Lo recuerdas? Es el que mató al cisne.
Después, sus ojos se fijaron en la lanza.
-Es aquél a quien yo rechacé -dijo-. ¡Ah! Conozco bien la lanza sagrada. ¡Bendito sea este día!
-Bendito sea -respondió Parsifal-, puesto que hoy he vuelto a encontrarte.
-¿Tú también me reconoces? -exclamó Gurnemanz conmovido-. ¿Me has reconocido a pesar de las desgracias que se han abatido sobre mí? Dime, ¿de dónde vienes?
Entonces Parsifal respondió que, por espacio de mucho tiempo, había estado recorriendo los caminos del mundo, sin encontrar la senda del bien. Refirió cómo había soportado infinidad de sufrimientos y sostenido terribles combates. Explicó cómo había estado a punto de perder toda esperanza de devolver al Grial la lanza sagrada y cómo se había dejado herir por las armas de otros, sin defenderse, para reintegrarla pura a su templo.
Gurnemanz, a su vez, contó las desgracias que habíanse abatido sobre el templo del Grial. la última vez en que Amfortas rezara el santo oficio fue aquélla en la que estuvo presente Parsifal, sin entender el significado de la ceremonia que se desarrolló a su vista. Torturado por los sufrimientos del alma y por los espantosos dolores de la herida que jamás se cerraba, Amfortas sólo anhelaba la muerte. Los caballeros del Grial ya no recibían ningún mensaje ni aviso de guerra santa, y vagaban por los bosques, solitarios y míseros, sin tener un jefe.
Titurel, el anciano héroe, sin poder consolarse con la vista del Grial, había muerto como mueren todos los hombres.
Cuando hubo concluido el relato, Parsifal le preguntó:
-¿Puedes acompañarme hasta donde se encuentra Amfortas?
-Sí, ciertamente -contestó el anciano Gurnemanz-. Nos aguarda en el santo templo y nos ha prometido que nos enseñaría de nuevo el Grial y que volvería a rezar el ya olvidado oficio, en memoria del alma de su padre.
Mientras tanto, Kundry había vuelto de la fuente y venía con un ánfora llena de agua y un frasco de perfume, dispuesta a lavar los pies de Parsifal, cumpliendo la antigua ley de la hospitalidad. Parsifal la contempló con admiración.
-Quieres lavarme los pies -murmuró-, y yo también quiero que este amigo derrame el agua sobre mi cabeza.
-Bendito seas -dijo Gurnemanz al bautizarle-, y quedas purificado de todo pecado por el agua bendita. Que la angustia se aleje de ti.
-Quieres ungirme los pies -dijo Parsifal-, y yo también deseo que mi cabeza sea ungida por el amigo de Titurel, y que hoy mismo me salude como se saluda a un rey.
Al escuchar estas palabras, Gurnemanz cogió el frasco de perfume de las manos de Kundry y, vertiéndolo sobre la cabeza del héroe, dijo:
-Consagro tu cabeza y te saludo como rey. Tú eres el más puro.
Parsifal se levantó. Una luz sobrenatural brillaba en su mirada. Hizo un gesto a Kundry, quien se arrodilló a sus pies, y tomando agua en sus manos, la vertió sobre la cabeza de la mujer, diciendo:
-Hoy empieza mi misión. Recibe el bautismo y cree en el Dios, que te salvará:
El encanto del Viernes Santo imperaba sobre la paz de aquel bosque. Ramas, flores y capullos parecían transmitir una verdad dulce y secreta, tan pura como la misma Naturaleza. la inocencia del día de la Redención se extendía sobre la tierna hierba, y las flores de los prados sonreían.
El viejo Gurnemanz habló del siguiente modo:
-Es mediodía; ya es hora. Permite, señor, que tu siervo te acompañe.
Y quitándose su propio manto de sus hombros, lo echó sobre la espalda de Parsifal.
***
Se abrieron las puertas del templo del Grial. Por una de ellas entraron los caballeros de las capas blancas y fueron ocupando sus puestos en las mesas. Cuatro de ellos llevaban el ataúd de hierro con el cuerpo de Titurel.
Por la otra puerta pasaron los pajes que portaban el estuche con el Santo Grial. Todos entonaban cánticos religiosos, que se elevaban hasta las bóvedas y se difundían majestuosamente por el interior del templo. Cuatro de ellos conducían la litera en la que descansaba Amfortas.
Sostenido por dos pajes, Amfortas avanzó, vacilante, hacia la caja de hierro en donde yacía el cuerpo de su padre. Los dos caballeros de más edad levantaron la tapa y dejaron al descubierto el cadáver amortajado deTiturel.
-¡Padre mío! -exclamó Amfortas-. Tú, el más puro, a quien un día los ángeles entregaron el divino tesoro. A ti, héroe sagrado, te traigo la muerte. Padre mío, te lo suplico, dirige a Dios estas palabras: "¡Apiádate! Concede a mi hijo la paz".
En aquel momento se presentó Parsifal, seguido de Gurnemanz y de Kundry. Todos se hicieron a un lado, dejándole paso. Una extraña majestad emanaba de su persona. El aire iluminado parecía circundar al héroe, cuando con la punta de la lanza que empuñaba tocó el pecho de Amfortas.
-Sólo un arma puede hacer el milagro -dijo-. La lanza cicatriza la herida que ella misma abrió. Estás curado y la salvación ha descendido sobre ti.
Y, volviéndose a todos, alzó la lanza.
-La lanza sagrada, este tesoro divino, os devuelvo.
Todos los caballeros se levantaron y Parsifal ordenó a los pajes:
-Abrid el Santo Grial; que sea enseñado a todos.
Entonces se arrodilló ante el cáliz, y el Espíritu, en forma de paloma blanca, descendió a través del rayo de luz y fue a ponerse sobre la cabeza de Parsifal.
Un cántico celestial se elevó entre las columnas del templo hacia las resplandecientes bóvedas. Y mientras tanto, Kundry, redimida, caía dulcemente a los pies del héroe. Parsifal cogió el Grial y concedió la divina bendición a los santos caballeros...


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